Cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo. Dos semanas después de la detención de Paolo Gabriele, el Vaticano sigue sin explicar cuándo, desde cuándo, por qué y para quién robó el mayordomo infiel la correspondencia secreta del Papa.

En consecuencia, los periodistas --en el papel del diablo-- se han puesto a rebuscar por su cuenta y lo que empieza a surgir, en medio de la hemorragia incontenible de filtraciones, es un agujero insondable de escándalos interconectados. Un topo que antes de su detención hizo de agente doble. Una muchacha de 15 años desaparecida hace tres décadas y cuyo rastro vuelve ahora para señalar a un supuesto obispo pedófilo. Y un banquero de Dios caído en desgracia y perseguido hasta la deshonra por un grupo de cardenales furiosos. La interconexión es un pequeño Estado de 40 hectáreas gobernado por hombres ya ancianos cuya teórica función es administrar los asuntos de Dios en la Tierra.

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