Cuesta creer que el Tajo a la altura de la ciudad de Toledo haya sido lugar de baño. El agua huele mal y entre la espuma aún flota alguna carpa muerta. Es viernes. Han pasado tres días desde que miles de peces muertos tapizaran el río que rodea la ciudad. Las carpas y barbos flotando son solo un síntoma de años, décadas, de dejadez y mala depuración, de un río esquilmado. A esto se le ha sumado que este es el curso más seco en la cabecera desde que en 1912 empieza la serie histórica.

Lee el artículo completo en El País