Fátima Mohand Abdelkader ha regresado al infierno, ha vuelto al club del odio del que había logrado escapar con la ayuda de su novio Salam. Por arrancarla de sus garras, él murió torturado por los miembros de la secta yihadista Takfir Wal Hijra (anatema y exilio) en un río de Farhana, al otro lado de la frontera de Melilla con Marruecos. Ella señaló con el dedo a sus asesinos y juró vengarlo. Después de cuatro años, Fátima ha pasado de la lucha al silencio, ha cambiado su chaqueta blanca y los vaqueros con los que paseaba libre por La Cañada de Hidum, el barrio más deprimido y abandonado de Melilla, por un niqab negro que la cubre de la cabeza a los pies y por el que solo asoman sus ojos negro azabache. Una mirada cautiva que no puede dirigir a ningún otro hombre que no sea su padre, su hermano o el barbudo salafista con el que acaba de casarse.
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El País | Publicado: 15/07/2012 11:41