La capital británica representa un accidente en el actual mapa de la acción exterior española. El ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, ha querido devolver protagonismo al servicio diplomático nombrando a embajadores «de carrera» al frente de todas las legaciones. Con una excepción: Londres. Aquí, el Gobierno ha querido situar a un peso pesado del Partido Popular con hilo directo con el titular de la cartera y con el jefe del Gobierno para librar dos batallas cruciales. Una anclada en el pasado, la del contencioso gibraltareño, y otra en la que España se juega su posición futura en el mundo, la proyección y protección de la «marca España» en la «capital global».

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