Todas las mañanas, Angela Merkel prepara el desayuno de su marido, calibra el comportamiento del euro en la apertura de los mercados y pasa a deglutir balances económicos y rivales políticos con la misma premiosidad con la que escancia café sobre la taza de su taciturno consorte, Joachim Sauer, un talento en química cuántica. La amorosa rutina de primera hora, confesada a corresponsales diplomáticos hace un año, durante vuelo oficial de Nigeria a Berlín, convive con su peligroso autoritarismo y un refinado gusto por el estofado de conspirador, preferiblemente de su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), según el libro La madrina, publicado a finales de agosto por Gertrud Höler, adscrita a la vieja guardia oficialista.
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El País | Publicado: 08/09/2012 10:49