La rutina era espartana y no admitía el más mínimo desvío. Se despertaban de madrugada. En el patio, al amanecer, las internas cantaban el Cara al sol. El agua estaba racionada y solo se bebían dos vasos al día. También las duchas frías: una a la semana. Las inyecciones con vacunas o medicinas misteriosas eran más frecuentes. Casi diarias. Si alguna interna tenía que hacer sus necesidades, había una hora estipulada para ello. Y se cronometraba.

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