El director Ang Lee (Taiwán, 1954) vive del cine y de la paciencia. Con esta última, desarrolló durante los últimos dos años -con ayuda de la tecnología digital- un tigre y un mar picado, elementos fundamentales de La vida de Pi, la película basada en el libro de Yann Martel que se estrena el 30 de noviembre en España.

El ganador de dos premios Oscar, a mejor director por Brokeback Mountain y mejor película extranjera por Tigre y dragón, ha trabajado en 3D para contar la historia de un chico del sureste de la India, Piscine Patel, y su odisea a la deriva en el Océano Pacífico en compañía de un tigre.

La gestación de la película no fue sencilla. Lee buscó entre 3.000 jóvenes al protagonista, construyó un tanque autogenerador de olas en Taiwán y recreó una copia de un salvaje tigre de Bengala a través de la animación digital.

Con la misma serenidad con la que resistió los embates de una producción costosa (93 millones de euros), Lee ha promocionado el resultado de su obra por todos los continentes. El Huffington Post ha conversado con el cineasta taiwanés en París, donde esta semana recibió la medalla como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras.

Cuando el director entra al salón de un hotel cercano al Elíseo para la entrevista, lo hace tranquilo y sin que nadie lo note. Ha estado toda la mañana contestando las preguntas de los periodistas sobre la película o lo que él llama su “odisea al lado de Pi”. Sonríe, saluda, y da la impresión de ser más bajito de lo que es (mide 1,70 metros). Se le nota cansado, pide un cojín para recargar su espalda, bebe agua y se muestra dispuesto a abordar su enésima conversación sobre el tema.

A Lee le atraen las historias complicadas y La vida de Pi no ha sido la excepción. La idea de rodar la travesía de un chico indio que debe sobrevivir en un bote salvavidas al lado de un tigre, y lograrlo sin aburrir a su público, le atrajo desde que los estudios Fox se lo plantearon en 2010. “La historia era sumamente dramática. No es una película sobre el naufragio, es una historia sobre un tigre y un chico en un pequeño bote salvavidas. De alguna forma es un western. Era desafiante e interesante”, comenta.

UNA PELÍCULA IMPOSIBLE DE HACER

La historia del libro de Yann Martel estaba considerada como “imposible de plasmar en el cine”, tanto que directores como M. Night Shyamalan y Alfonso Cuarón desistieron de dirigirla. “Con éxito o fracaso tiene que haber un significado al final de la historia”, pensó Lee al aceptar la propuesta, pese a que también estuvo tentado de dejarla.

Con el material en la mano, decidió que para que los espectadores se adentraran en el relato debía plantearlo en tercera dimensión y, de cierta forma, dejar de lado el libro. Ya logró algo similar en 1995, cuando dirigió Sentido y Sensibilidad, la adaptación del libro de Jane Austen. Desde entonces, el cineasta taiwanés tenía claro que su trabajo era crear algo nuevo a partir de obras literarias consagradas.

“La película está inspirada en el libro, toma mucho material de él pero esencialmente ha sido un viaje cinematográfico. Le dije a mi equipo desde el principio que el libro era la línea de inicio, no la meta”, dice, mientras explica que no espera que su película sea tomada como un fiel retrato del best seller de Martel.

Como si de diamantes se trataran, cada una de sus películas es totalmente distinta a las otras. De la animación del cómic Hulk en 2003, por ejemplo, pasó a un drama del amor homosexual en Brokeback Mountain en 2005.

Esta vez se trata de un naufragio mitad fantasía y mitad realidad en el sureste asiático, y Lee asegura que su mejor herramienta en esta ocasión ha sido ir un paso más allá y producir la película fuera de Estados Unidos. “Al estar fuera de la caja que es Hollywood podíamos ser muy creativos y aún así emplear los recursos de Hollywood”.

De hecho, al cineasta se le abren un poco más los ojos y sonríe cuando habla de todo lo que tuvo que luchar para obtener los colores brillantes de la India y las olas bravas del Pacífico. Cuando al actor Suraj Sharma, que interpreta a Pi Patel, se le ve nadando en medio de la tormenta, nadie imagina que en realidad se trata de un tanque autogenerador de olas de 30 metros de ancho con capacidad para 4,5 millones de litros hecho en Taiwán.

Lee decidió volver a su país para rodar la secuencia más larga y complicada de la película. En la ciudad de Taichung pidió apoyo al Gobierno local para construir el tanque en el aeropuerto y después de seis meses de planificación su idea echó a andar. “Recuerdo la primera vez que vi el tanque de agua trabajando, llevábamos tres semanas rodando, no creí que fuera a funcionar”, explica mientras ríe al reconocer la ingenuidad con la que comenzó este proyecto.

LA ODISEA EN 3D

El director no se imaginaba La vida de Pi de otra forma que en 3D. La introducción a la vida del protagonista en la India y su posterior naufragio se valen de la tercera dimensión para crear cercanía y empatía con él. Además, la ferocidad del tigre de Bengala, que acompaña a Pi en la búsqueda de la supervivencia, fue creada en estudios de animación a través de ordenador, según las características de cuatro ejemplares reales.

Las películas del taiwanés tienen personajes con una importante conexión con sus sentimientos. La de Pi, asegura, es sobre su transformación. “Podría decir que se trata de una historia de construcción del amor, una ecuación en la que el tigre es un reflejo de las emociones de Pi”, reflexiona el cineasta con tranquilidad y cuidado, como si no quisiera equivocarse al opinar de ello.

Pese a que Lee habla en un perfecto inglés es posible percibir en algunas frases su acento taiwanés. En 1978, el cineasta se mudó de allí a Estados Unidos para estudiar cine en Chicago y Nueva York, pero no triunfó hasta 1993 cuando su película El banquete de boda fue propuesta para varios premios.

Hablar de los galardones le incomoda. Y aunque algunos críticos, ya sitúan a La vida de Pi en las favoritas de los Oscar (La revista TIME la define como “la nueva Avatar”), Lee es bastante modesto. “Lo veo como algo positivo, puedo ser tímido algunas veces respecto al tema porque me siento incómodo compitiendo con otras películas, pero no soy cínico”.

Antes de despedirse, habla con humildad de su admiración por el director aragonés Luis Buñuel. De cuando conoció sus películas al llegar a Estados Unidos, procedente de una Taiwán afectada por la Guerra Fría, y de cómo su filmografía transformó su visión sobre el mundo entonces dividido entre comunismo y capitalismo. “Era simplemente brillante”, expresa y suspira mientras se levanta para seguir la intensa promoción de su obra.

Quizá la vida de Lee, como la de Pi, ha sido una larga travesía llena de paciencia.

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