La simple idea es aterradora. En palabras de Herman van Rompuy, "inconcebible", pero no "imposible". ¿Puede la crisis económica acabar con el período de paz más prolongado en siglos? Sólo se puede extraer una conclusión de los dos discursos escuchados en la mañana de este lunes en Noruega. Sí.

Van Rompuy, el presidente del Consejo, y José Manuel Durao Barroso, el presidente de la Comisión, se dividieron milimétricamente tiempo y aplausos en Oslo al recoger el premio Nobel de la paz. Subieron al estrado con Martin Schulz y hablaron ante una veintena de jefes de Gobierno, entre ellos Mariano Rajoy. En la sala se encontraba hasta Ramón Luis Valcárcel, presidente de Murcia que asistía en calidad de presidente del Comité de las Regiones, un organismo de carácter consultivo.

Valga el compendio de líderes y la falta de una sola voz (más patente que nunca por el bajo perfil de la política exterior común), para mostrar gráficamente el momento actual de la Unión Europea. Una UE en peligro, según Van Rompuy:

"En un momento en que la prosperidad y el empleo, las piedras angulares de nuestras sociedades, se ven amenazados, es natural que los corazones se endurezcan, que nuestros pensamientos sean más mezquinos, que se reabran antiguas fracturas y reaparezcan viejos estereotipos. Para algunos, no solo las decisiones conjuntas, sino el mero hecho de decidir juntos, puede llegar a estar en tela de juicio" (lee el discurso completo y en español aquí).

Las muestras de incredulidad y protesta que siguieron a la concesión del Nobel de la Paz se hicieron patentes también en Oslo. Allí, en la víspera de la entrega del galardón, se concentraron miles de personas, activistas pro derechos humanos y de partidos de izquierda para protestar contra lo que consideran el desperdicio de un premio tradicionalmente prestigioso. Todo ello mientras los líderes comunitarios afilaban sus discursos y saboreaban un momento inevitablemente agridulce.

La tarea de la UE, un proyecto de indudable éxito pese a la adversidad actual, consiste precisamente en asegurar que los que piensan en ella como un cuento de hadas sigan creyendo en él, según el presidente del Consejo:

"En estos tiempos se abre ante nosotros otra tarea histórica: mantener la paz allí donde reina. Después de todo, la historia no es una novela, un libro cuyas tapas podemos cerrar tras un final feliz: somos plenamente responsables de lo que pueda acontecer en el futuro".

Aunque velado, el mensaje era claro. La violencia verbal, los prejuicios, el moderno dominio de unos países sobre otros a través de la economía global se han impuesto en la mesa de negociación europea. Los países del sur como vagos y los del norte como virtuosos, los del euro como responsables y los de fuera de la unión económica como desentendidos de una responsabilidad histórica, los países del este como pedigüeños de fondos estructurales y de cohesión, los miembros más viejos hastiados por la solidaridad con los más desfavorecidos. Todas esas imágenes constituyen el día a día de una UE donde afloran de nuevo los partidos extremistas que se creían episodios del pasado. Y, lo que es peor, esas actitudes en partidos de vocación mayoritaria y que gobiernan.

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Tanto Barroso como Van Rompuy se esforzaron en destacar la historia de los últimos 60 años frente a los riesgos actuales. "A día de hoy, uno de los símbolos más visibles de nuestra unidad está en las manos de todos. Es el euro, la moneda de la UE", enfatizó Barroso. Pero no sólo. Las cenizas de las que resurgió Europa tras la II Guerra Mundial conforman en la actualidad la región del mundo más avanzada, según él:

"Todo ello [la lección aprendida del pasado] inspira el compromiso de la Unión con nuestros países vecinos y nuestros socios internacionales, de Oriente Medio a Asia, de África a las Américas. Define nuestra posición contra la pena de muerte y nuestro apoyo a la justicia internacional encarnada en la Corte Internacional de Justicia y en la Corte Penal Internacional. Es el hilo conductor de nuestro liderazgo en la lucha contra el cambio climático y a favor de la seguridad alimentaria y energética. Es la base de nuestras políticas sobre desarme y contra la proliferación nuclear. Como continente que pasó de la devastación a ser una de las economías más poderosas del orbe, que cuenta con los sistemas sociales más progresivos, que es el mayor donante de ayuda del mundo, tenemos una responsabilidad especial frente a millones de personas necesitadas.

Es tiempo, para Van Rompuy, de recuperar ese espíritu que ha dado resultados. Y para ello, el presidente del Consejo parafraseó al "Yes we can" que llevó a Barack Obama a la presidencia de EEUU en 2008.

"Qué audaz fue, por lo tanto, la apuesta de los padres fundadores de Europa al afirmar que sí podemos acabar con el ciclo interminable de violencia, que podemos poner fin a la lógica de la venganza, que podemos construir, juntos, un brillante futuro. ¡Qué gran poder el de la imaginación!"

Puede que todo esté en peligro, según se esforzó en transmitir Van Rompuy en su discurso, pero la que calificó como "arma secreta" de la UE sigue siendo útil:

"Una fórmula sin parangón para estrechar nuestros intereses tan intensamente como para que la guerra sea materialmente imposible. A través de la negociación permanente, sobre un número cada vez mayor de asuntos, con un número cada vez mayor de países. Es la regla de oro de Jean Monnet: "Más vale pelearse en torno a una mesa que en un campo de batalla"

Para terminar, Van Rompuy optó por el patriotismo. "Confío en que asumirán esa responsabilidad con orgullo y que serán capaces de decir, como hoy nosotros: «Ich bin ein Europäer.» «Je suis fier d’être européen.» Estoy orgulloso de ser europeo".

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