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Gorros de animales de peluche: la moda de la Navidad 2012 (FOTOS)

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M. Porcel

Los cerdos pasean por la Plaza Mayor de Madrid. No están solos. Les acompañan lobos, tigres, elefantes, un puñado de renos y bastantes perros de raza husky, y no solo en la plaza: también en las calles aledañas, en la puerta del Sol, en el palacio de Cibeles, en el metro… Porque los gorros de animales, de peluche, blanditos, de colores y con ojos y boca se han convertido en la sensación de la Navidad… y en la posible salvación de muchos de los puestos y tenderetes de esta época.

Los niños, como Mateo, de diez años (con una vaca en la cabeza), y su hermana Candela, de ocho (ella se decantó por un conejito rosa), son los que más se prestan a llevar estos chismes, cortesía de sus abuelos, en este caso. Mientras se pelean con unos globos en forma de espada y pitan con uno de esos silbatos que se ponen en la lengua (sí, tienen el pack completo), no tienen muy claro si se volverán a poner los sombreros alguna vez más. “Bueno, a lo mejor sí”, dice Candela poco convencida. “Pero no para ir al cole”, deja muy claro Mateo, “no nos dejan ni los profes ni los padres”. Paquita, su abuela, no se niega a comprárselo, sabe que es la moda anual: “En nuestros tiempos había caretas, eran también muy divertidas”.

“¿Que qué se vende más? Los gorros de animales, por supuesto. Es lo que quiere todo el mundo”. Ángela, decenas de navidades vendiendo en la Plaza Mayor, cree que cada año toca una cosa y que este año es esta. Sin más. Suena pragmática, pero sabe de lo que habla. “Llevo aquí treinta años, mi suegra más de cuarenta. Son modas que vienen y van, y ya está”. Años atrás también pasaron otras modas por la plaza: el papel roca viejuno para el Belén, las orejeras, los caganets, o más recientemente esos papanoeles trepadores que subían por todas las ventanas hace unas tres o cuatro temporadas y los Reyes Magos, muy parecidos, que llegaron hace dos. “Ahora de eso no se vende apenas. Modas…”, relata Ángela.

“Claro que hay crisis en la Plaza Mayor, incluso aquí. Un domingo, un puente, está lleno, pero entre semana no hay nadie. Hemos bajado las ventas en un 70%. ¡Un 70%!”. María Jesús Domingo tiene 54 años, su madre ya trabajaba en este mercadillo navideño cuando ella nació y ahora sigue la estirpe su hija “La gente se lleva una cosa, una cosita, pero solo una. Cada año permanecen los clásicos, pero este año la moda es la de los gorros de animales. Ya se vio algo el año pasado, pero ahora hay muchos más modelos, más boom”. El modelo que más venden es el de los huskies, pero tampoco nada exagerado. No como para levantar el negocio en Navidad, ni mucho menos.

AGOTADOS PERO ¿ANTICRISIS?

Los gorros de animales cuentan con ciertas variaciones, entre las más destacadas las de a) arbolito de navidad con bolas incluidos, b) chimenea de ladrillo con piernas de Papá Noel colgando y b) gorro clásico rojo y blanco ¡con música y luces! Los de animales rondan los 5-7 euros, mientras que los más electrónicos suben sobre los 10 euros. Quizá por eso, en tiempos de crisis, los de animales sean los más solicitados. Unas orejeras, clásicos de temporadas anteriores, salen por unos tres euros, y aunque ya han sido invadidas por los colores pastel o por Hello Kitty, han dejado de ser lo más.

“Es que ya no hay nada que sea lo más. Como este año de mal, ninguno”, relata Mª Carmen Lema, que tiene 56 años y medio y lleva 56 en la Plaza Mayor, epicentro de la tendencia navideña. Asegura que ha hecho un primer pedido a la casa distribuidora de unos1.800 gorros. “Solo nos han servido 500 y en el puente se han agotado. Mi hijo tuvo que ir a un almacén de chinos en Valdemoro [al sur de Madrid] a comprar más mientras llegan más”. Y allí los gorros salen más caros que traídos del proveedor, y deben pagarlos en el momento. “Entre el IVA, el párking diario, la cuota de vendedores ambulantes, el datáfono… No sé si sobreviviremos, la verdad”, se lamenta.

Algunas de las casas distribuidoras piensan lo mismo. Una de ellas, que no quiere ser citada, explica que este año han importado unos 4.000 gorros de países como China, Polonia o Ucrania que enviarán a toda España, pero que la temporada navideña “está siendo un auténtico desastre”. “En la Plaza Mayor teníamos más de cien clientes, y no nos quedan ni media docena. Éramos unos 10 distribuidores grandes y quedamos nosotros y alguno más. Y no tenemos asegurada la supervivencia”, lamentan. La crisis y la competencia (sobre todo por las baratísimas importaciones asiáticas) hacen de las suyas.


Los niños no saben de nada de eso. Ellos imponen las modas. Sandro, de dos años y medio y con un gorro de elefante más grande que él, solo quiere ir al tiovivo. Los mellizos Hugo y Diego, de tres años, tienen sus gorros de lobo y león. “Los guardamos en el baúl de los disfraces y así juegan todo el año”, cuenta su madre, Fátima, que se ha decidido por el elefante antes de ir a por un bocata de calamares, otra tradición navideña y madrileña. “Bueno, al bocata de calamares o al burguer”, suspira, mirando a su marido, “porque con ellos…”

Los gorros siguen entrando y saliendo por los laterales de la plaza. Rodolfa y Coconuta (los alias de Chelo y Conchi, que vienen de Málaga) superan los cuarenta y no se quitan sus renos de la cabeza. “Después de lo que estamos pasando, algo habrá que hacer, ¿no?”, ríen. “Y ahora, a por el bocata de calamares y la cañita”. Esa moda sí que no pasa.

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