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'El maestro del Prado', de Javier Sierra: Los arcanos que esconde el museo (VÍDEOS, FOTOS)

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Javier Sierra demuestra una erudición envidiable. Autor conocidísimo de best-sellers, se coloca frente a El Jardín de las delicias, de Jeroen Anthoniszoon van Aeken, El Bosco, y disecciona la obra por todos los ángulos posibles.

Disfruta relatando lo que ve. Lo que su mirada observa dentro de esta obra maestra del arte. Una visión que choca de plano con el ‘discurso oficial’ de los libros de texto, expertos y críticos del arte.

La cita es un martes por la noche en un Museo del Prado vacío. No hay ni un alma. Un truco perfecto para trasladar la idea fantasmagórica que evoca cada página de El maestro del Prado (Planeta), la última novela del también autor de La cena secreta o El ángel perdido.

LLEGA EL MAESTRO

La génesis del libro es perturbadora. Sierra asegura que en 1991, recién llegado a Madrid, enriquecía los estudios en la carrera de periodismo con visitas al Museo del Prado. Una tarde, se quedó deslumbrado ante La perla, de Rafael. A los varios minutos de contemplación sintió una presencia extraña. Un hombre ya mayor observaba con similar pasión el mismo cuadro.

Esa enigmática presencia se convertiría, más de 20 años después, en protagonista de su novela. De hecho él es El maestro del Prado. Su propuesta al jovencísimo Sierra era irrechazable: iniciarle en el conocimiento de los símbolos secretos que esconden muchas de las mejores obras de la pinacoteca madrileña.

Arranca un viaje de conocimiento. Pero también de enigmas, persecuciones y arcanos. También una historia en la que se coquetea con el enamoramiento. Un roce sin consumación.

CONTRA EL DISCURSO OFICIAL

El libro, exquisitamente ilustrado, se centra en pinturas como El jardín de las delicias y ‘tumba’ su visión oficial, entendida como un tríptico que refleja cómo la corrupción de la carne deriva en la destrucción infernal.

Sierra da la vuelta a esta interpretación en El maestro del Prado. Según su teoría, el Bosco perteneció a la secta de los adamitas, que defendían la desnudez del cuerpo —la inocencia del Edén— y la esperanza en una regeneración del ser humano “que está en fase de disolución” para alcanzar el paraíso. Eso es lo que refleja el cuadro, esa es la tesis que defendió el maestro al joven Sierra, la vuelta de tuerca a un discurso establecido.

“Es el único cuadro del Bosco que no está firmado”, relata Sierra. Se para, sonríe y añade: “O quizá sí”. Lo firmó de forma gráfica, sostiene, retratándose en en la esquina inferior derecha: sería el único personaje vestido. “El Jardín de las delicias era una obra de arte que tendría una función espiritual para los adamitas, para esta secta a la que pertenecía El Bosque”, explica.

Sierra defiende la veracidad de su historia. Hubo un maestro, hubo varias citas con él y, en un momento dado, desapareció. Era una figura de carne y hueso, no un fantasma. Porque aquel que quiera ver presencias similares puede hacerlo en la propia pinacoteca. En la sala de pinturas italianas se encuentran "los únicos fantasmas del Prado", defiende Sierra. Se trata del tríptico de Botticcelli La historia de Nastagio degli Onesti del Decamerón, unas tablas —en realidad son cuatro, aunque el Prado sólo acoge tres— por las que, efectivamente, pululan fantasmas, amores frustrados y enseñanzas varias.

Las enseñanzas de El maestro del Prado no se quedan ahí. Su particular visión de La Gloria, de Tiziano, La transfiguración, de Rafael, El triunfo de la muerte, de Brueguel el Viejo, El retrato de Carlos V tras la victoria de Mühlberg, de Tiziano o La Perla, de Rafael.

Visiones provocadoras que muchos estudiosos del arte interpretarán como absolutas herejías.

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