Cuando fue elegido en 2009, Herman van Rompuy se propuso acabar con la célebre pregunta de Henry Kissinger, el antiguo secretario de Estado de EEUU, que nunca sabía a quien llamar cuando quería hablar con Europa. El presidente del Consejo de Europeo, de 65 años, repitió en varias ocasiones que con él la pregunta ya tenía respuesta e incluso llegó a bromear con el propio Kissinger, a quien dos años después entregaría una tarjeta con sus datos personales, en caso de que le quedase alguna duda.

Sin embargo, cuando falta más de un año y medio para que acabe su mandato, el presidente del Consejo y director de orquesta de todas las cumbres ha anunciado su retirada de la política sin que nadie crea en Bruselas o en el resto del mundo que ha cumplido con su cometido. Más de tres años después de asumir el cargo, Van Rompuy apenas es conocido por la ciudadanía europea (que aún no sabe pronunciar su nombre) y no ha conseguido dar contenido al cargo o afianzar la presencia internacional de la UE en el exterior. Van Rompuy escogió este dominigo un medio de comunicación belga para hacer su anuncio, fiel a su propósito de evitar la prensa europea e internacional. "2014 es el fin de mi camino en la carrera política", dijo a la cadena de televisión VRT, de habla neerlandesa.

El cargo de presidente del Consejo fue soñado como el fin de la cacofonía europea, como una figura que aglutinaría las voces de los 27 socios, tendría autoridad para hablar en nombre de Europa y acercaría a las instituciones a los ciudadanos, tanto dentro como fuera del viejo continente. Junto al presidente del Consejo, para el que llegaron a sonar nombres como los de Felipe González o Tony Blair, se reforzó el poder del Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad, donde los 27 situaron a la baronesa británica Catherine Ashton.

Van Rompuy y Ashton demostraron muy pronto la distancia entre ese sueño y la realidad, por otra parte a medida de personalidades políticas como Nicolas Sarkozy y Angela Merkel, que reclamaban presencia internacional. A la personalidad de Van Rompuy, que llegó a presumir ante los periodistas de haber hecho toda su carrera política ignorando a los medios de comunicación, se unió una crisis que ha agrietado aún más la toma de decisiones en la UE, amplificando la importancia de Alemania.

BIG BANG DE CARGOS COMUNITARIOS EN 2014

Su marcha reaviva una de las pasiones de los pasillos comunitarios: las cábalas y conspiraciones sobre el reparto de cargos, que vivirá un momento álgido en 2014. En junio del año que viene se celebrarán las elecciones europeas y se producirá una intensa renovación en la Comisión Europea, donde el portugués José Manuel Durao Barroso habrá cumplido diez años como presidente.

Por tanto, en 2014 toca renovarlo casi todo: la mayoría de izquierdas o de derechas determinará el color político de los puestos más importantes en liza: presidente del Consejo (la institución que reúne a los Gobiernos), de la Comisión (el ejército de técnicos que diseña las directivas) y el Parlamento Europeo, co-legislador y única institución elegida por un mecanismo de democracia directa. Según vayan ocupando alguno de los cargos, los líderes europeos deberán hacer equilibrios con los demás para mantener un equilibrio geográfico (con puestos para todas las regiones de Europa), ideológico e incluso de género.

Las quinielas sitúan al primer ministro polaco, Donald Tusk, con grandes posibilidades para alcanzar la presidencia de la Comisión o del Consejo, los dos grandes puestos. Según fuentes comunitarias, contaría con el necesario (aunque no suficiente) respaldo de la canciller alemana, Angela Merkel, que antes tendrá que pasar su examen particular en forma de elecciones generales, previstas para otoño.

La Alta Representante, Catherine Ashton, también está amortizada. Reino Unido y Francia podrían repartirse el puesto de mando de la diplomacia europea, que cuenta con un galo como número dos, al intercambiarse esos dos puestos. Sin embargo, la ecuación es mucho más compleja, ya que otros políticos europeos aspiran a recolocarse. Es el caso del alemán Martin Schulz, ahora presidente del parlamento, que aspira a presidir la Comisión en caso de que la izquierda triúnfe en las elecciones, pero que también encaja como Alto Representante.

La comisaria luxemburguesa, Viviane Reding, y el francés Michel Barnier, ambos conservadores, también tienen grandes ambiciones y coquetean con la presidencia de la Comisión o, en su defecto, el Parlamento Europeo.

Las elecciones de 2014 tendrán como principal novedad que contarán con un candidato por formación política para presidir la Comisión Europea, tratando de evitar campañas electorales sólo en clave nacional. El nuevo presidente del Ejecutivo comunitario contará también con un nuevo comisario español. Joaquín Almunia, que aterrizó en Bruselas en 2004 cuando Pedro Solbes se convirtió en ministro de Economía de José Luis Rodríguez Zapatero, no goza de las simpatías del PP y con toda seguridad será relevado por alguien de confianza del actual presidente.