Tronceda es un refugio que parece haber vencido al tiempo. Situado en la provincia de Ourense, a 45 kilómetros de la capital, este pueblo conserva en algunas partes el aroma de los años 60, cuando fue abandonado. Sus calles, estrechas, sinuosas y repletas de maleza, están rodeadas de edificios bajos, de piedra y muchos de ellos en ruinas, vencidos por la humedad y ocultos entre rastrojos. Otros, los menos, se mantienen en pie, despertando la curiosidad sobre qué habrá allí dentro y si todavía conservarán alguna pertenencia de sus últimos huéspedes.

Pero esa es solo una cara de Tronceda. La otra mantiene el mismo estilo, pero modernizado, más cuidado y con vecinos que han comprado los viejos edificios para rehabilitarlos. De esa forma, han conseguido la ‘resurrección’ de la localidad, que hasta hace poco más de una década era uno de los 2.648 pueblos abandonados que hay en España, según el INE.

Tronceda no es el único caso de ‘resurrección’. En los últimos años decenas de pueblos muertos han revivido gracias a iniciativas de todo tipo, la mayoría relacionadas con el turismo rural o la agricultura ecológica. Un tipo de proyecto que está en auge en tiempos de crisis.

COMPRAR UN PUEBLO POR 62.000 EUROS

“En los últimos años, el número de solicitudes diarias de información que recibimos ha pasado de 20 a cerca de 300”, explica Rafael Canales, gerente de la web Aldeas Abandonadas. Esa página funciona a modo de inmobiliaria de pueblos abandonados y en ella se pueden encontrar decenas de ofertas, la mayoría en Galicia, Asturias y Cataluña.

La más barata ahora mismo es una aldea en Lugo a la venta por 62.000 euros y formada por seis edificaciones, manantial de agua y 13.000 metros cuadrados. Pero hay anuncios de hasta casi un millón de euros.

“El 90% de los propietarios son particulares, muchas veces personas beneficiarias de herencias que ya no piensan ir a ese pueblo. El tipo de comprador ha cambiado en los últimos años. Hace cinco años, el 80% tenía la idea de montar un negocio de hostelería. Ahora ese porcentaje ha caído hasta el 30%. El resto lo quieren para uso propio, para trabajar desde allí sin los agobios de la ciudad”, explica Canales, quien indica que en 2012 el 60% de los que compraron un pueblo fueron españoles. Este año, sin embargo, el 80% son extranjeros.

UN PUEBLO VIVO 40 AÑOS DESPUÉS

El caso de Tronceda es, sin embargo, distinto. Allí nadie compró el pueblo de repente, sino que se fue rehabilitando poco a poco. “Hace 19 años llegamos los primeros repobladores, que éramos tres personas que frecuentábamos otro pueblo rehabilitado, Matavenero, en León. Después, la gente fue conociendo poco a poco el pueblo y fueron llegando más vecinos”, explica José María Cófreces, quien recuerda que en aquella época la localidad llevaba 25 años vacía

Ahora en Tronceda hay 24 vecinos (17 adultos y siete niños) y es una “pequeña Europa” porque hay gente de Francia, Holanda, Bélgica, Castilla y León, Galicia, Madrid y Baleares. Los vecinos practican la agricultura ecológica para consumo propio y, la mayoría de ellos, son artesanos o artistas. “Aquí la gente no tiene más recursos que su capacidad de inventar, por eso experimentamos mucho”, explica Cófreces, quien señala que tiene en mente un proyecto de “turismo responsable” y otro para hacer “cerveza ecológica”.

Aunque la aldea pertenece al Ayuntamiento de Castro Caldelas, una localidad cercana, el Consistorio “deja hacer” a los vecinos y permite que el pueblo “mantenga su dinámica”. “Esto es una suma de objetivos porque cada uno tiene su proyecto. El mío era lo que está pasando: que la gente hiciese un pueblo vivo con perspectivas”, explica Cófreces, que asegura que está muy influenciado por la Universidad Rural Pablo Freire que busca rescatar conocimientos de los “sabios” ancianos.

tronceda

SOLANELL, EN CAMINO

En un estado más embrionario que Tronceda se encuentra Solanell, en la provincia de Lleida. Abandonado en 1972, hace poco más de un año el arquitecto Saül Garreta compró el 70% de los edificios. Llegó por asuntos profesionales y acabó enamorado de la localidad. Ahora viven cuatro personas allí, pero Garreta espera llegar “en cinco o seis años” a 60 gracias a la próxima puesta en marcha de un albergue rural y al reciente descubrimiento de restos neolíticos en la zona.

“El objetivo es revivir el pueblo conjugando lo mejor de la tradición y lo mejor de la globalización. Creemos que las cosas se pueden hacer de otra manera, que no hay que basarse en el crecimiento con el único objetivo de hacer dinero. Buscamos un negocio sostenible, que no sea una ONG pero que parta de una base ética con productos de proximidad, transmisión cultural…”, explica Garreta, quien ha establecido una alianza con la cooperativa Sostre Cívic para gestionar las viviendas que se construyan y ha puesto en marcha ‘Horts de Solanell’ para vender esos productos.

En la misma línea, pero iniciando todavía el proyecto de recuperación, se encuentra Juan Luis Jerez, que en 2009 compró junto a otros socios la localidad zaragozana de Lacasta. Jerez busca ahora apoyos para la “puesta en marcha de microeconomias locales que, además de generar empleo, den sentido al conjunto de la actuación creando una forma alternativa de vida sostenible e independiente”.

De momento, nadie vive en Lacasta de forma permanente, pero Jerez no se desanima. “Empezar de cero siempre es un reto interesante porque no hay condicionantes previos, todo está por hacer”, destaca.

lacasta

TURISMO, NUDISMO, ENSEÑANZA DE IDIOMAS…

La idea que tuvo Lola Carrizo fue distinta. Hace seis años empezó a buscar junto a su marido otro lugar en el que vivir. Mirando en la provincia de La Rioja les llamó la atención el pueblo abandonado de Velilla. Ahora, tienen cuatro casas rurales que han rehabilitado y otros vecinos que ya no iban al pueblo se han animado a volver para mantener sus casas.

Las formas de reactivación de localidades abandonadas son de lo más variado. Por ejemplo, Valdelavilla, en Soria, se ha convertido en referente de la enseñanza de inglés al repoblarse –fue abandonado en los 60- y convertirse en 2001 en el primer pueblo de España donde el idioma oficial es el inglés. Desde entonces, miles de personas han pasado por la aldea para participar en programas de inmersión lingüística.

Isín, en el pirineo aragonés y abandonado en 1966, ha sido rehabilitado para personas discapacitadas –las instalaciones y el entorno son completamente accesibles- y El Fonoll (Tarragona) es el único poblado nudista de España desde que hace 15 años lo comprase y repoblase su actual dueño, Emili Vives. Distintas formas de un mismo fenómeno: la resurrección de pueblos olvidados.

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