Quien va de vacaciones a Ibiza suele querer repetir. Tras acabar la carrera de Publicidad y Relaciones Públicas en su Madrid natal, Ana Villanueva se instaló en la isla que le había enamorado un verano. Lo que no sabía entonces era que acabaría poniendo en marcha su propia ONG en Calcuta con el dinero que ganaría en Space, una de las mecas de la fiesta y el despiporre en la isla.

Un invierno, con el bolsillo lleno gracias a su trabajo en el departamento de comunicación de la discoteca, se fue sola a la India y, en lugar de turismo, acabó haciendo un voluntariado. Empezó en las casas de la fundación de la Madre Teresa de Calcuta. “Experimenté una felicidad que nunca había sentido. Es lo que te lleva a preguntarte qué has venido a hacer a este mundo”, recuerda por teléfono desde Ibiza.

Repitió otro invierno, en Nepal y de nuevo en India, donde conoció un proyecto educativo que se quedaba sin recursos. “No cierres, que yo me marcho a España y lo arreglamos”, le dijo a Mimi, la mujer india, divorciada y de carácter que había puesto en marcha aquella escuela ella sola. Ana tenía 28 años y acababa de tomar la decisión de cambiar su vida: fundar una ONG propia.

PROPINAS DE CUATRO CIFRAS Y JEQUES ÁRABES

Cuando hablamos con Ana es verano, temporada alta. Es el momento en la que le toca cambiar el slum de Calcuta donde desarrolla su labor con AmaVida por una oficina a pie de playa en Ibiza. Pero vivir en dos mundos deja un jet lag que nada tiene que ver con horarios. “Lo que peor llevo es el cambio del tercer mundo al primero. Allí me adapto enseguida, pero cuando vuelvo a España, mi primer shock lo tengo en el avión, cuando el niño de al lado lleva un iPad en la mano y su hermano, otro. Están llorando y pidiendo cosas. Y eso, cuando acabas de dejar niños con sonrisa de oreja a oreja, que no tienen nada y te dan más ellos a ti de lo que tu les das...”, dice. Hasta el cansancio es distinto en sus dos mundos. “Allí es físico; aquí, mental”, comenta.

Después de tomar la decisión tuvo que anunciarla: “La reacción era un ¡Estás loca!, o que lo pensara en lo bien que estaba en la prensa, en el sueldo que tenía… Nadie me preguntó si era feliz con lo que hacía”, recuerda. Sus padres le sugirieron que se fuera a formar parte de un proyecto en una ONG grande. “Después de trabajar en el mundillo de la noche, donde ves cosas que pasan y que no te gustan, tenía miedo de irme a trabajar a una ONG grande y ver cosas que no me gustasen, porque eso me iba a afectar más todavía que lo otro. En la noche ya sabes lo que hay”, explica.

Han pasado más de cuatro años y ahora, en sus temporadas en España, se siente “psicológicamente equilibrada”. Se lo ha trabajado con yoga y meditación, y superando “lloreras y disgustos”. “Todo eso me permite aceptar lo que veo aquí a diario, un DJ que cobra no se cuánto, alguien se gasta una cantidad desorbitada…”, añade. Y recuerda las historias de la noche ibicenca: los yates tan grandes que sólo en arrancar gastan 600 euros en combustible, las noches locas de jeques árabes que se funden 100.000 euros al día, las propinas de cuatro cifras… Una locura de cifras, porque en su otra realidad mantener a 14 chavales en una casa de acogida, con todos sus gastos de alimentación y educativos de un mes, cuesta unos 1.000 euros.

POLOS OPUESTOS

Organizar su año entre los dos países es la clave para que sigan en marcha dos casas de acogida para 30 menores, una escuela con más de 300 niños y talleres de formación para mujeres. La ONG, en la que trabaja con un equipo local también ha tenido un curioso impulso del destino: cuando necesitaban hacer obras para crear una nueva casa de acogida y así poder separar a los niños y adolescentes por sexos, el número del que habían vendido participaciones en el Sorteo de Navidad del Gordo se llevó uno de los premios secundarios. Un pellizco que les evitó preocupaciones. Ahora se apaña entre lo que recauda durante medio año en Space -no quiere poner un pie en la noche, pero le han hecho un hueco en las oficinas, ayudando en las labores de gestión- y lo que saca promoviendo mercadillos solidarios, con los apadrinamientos de 10 euros al mes y algunas donaciones de empresas.

Tanto llama la atención a su familia y amigos que esté allí como ocurre entre los propios ciudadanos en Calcuta. “Soy mujer blanca, soltera, de 32 años. Para ellos, con esa edad ya debería tener cinco hijos. Me siento respetada, muy protegida en el slum y nunca he sentido miedo. Hablo su idioma y visto como ellos, eso les da confianza. Y de paso, así te miran menos. Tampoco hago nada fuera de lo normal y a las 9.30 estoy en mi casa”. Vive sola, la lado de la escuela, así que se mueve poco del barrio. En su pequeña vivienda tiene un colchón en el suelo, el retrete es un agujero, a veces se cuela alguna rata y, en los días buenos, hay agua corriente.

“Cuando llegas de estar a 40 grados, con un 100% de humedad y la contaminación, te mueres por una ducha y no tienes agua corriente… Entonces dices “¡ay!” y te acuerdas de tu casa”, afirma esta mujer que, por lo demás, ha aprendido lo que parece increíble hoy en día: vivir feliz "sin lo material". Es vegetariana y, además de alguna escapada de retiros de yoga, el único capricho que se concede en España es paté vegetal del herbolario. Así de simple. “Cuando vuelvo aún me sorprendo de la cantidad de ropa que tengo en el armario, que me compraba en aquella época”, dice.

“Vivo en lugares que son dos polos opuestos. Pero he aprendido a utilizar este mundo para intentar mejorar el otro. Space me está dando pasta para que vivan otros niños en India. Verlo con este punto de vista ayuda”, señala.

En India ha conocido a otros emprendedores con proyectos solidarios y también a personas que hacen voluntariados durante unos meses de su vida o que dedican a ello su mes de vacaciones. Si alguien siente la llamada de hacer un cambio de vida y poner en marcha un proyecto, Ana recomienda probar “a poquitos”. Mejor quedarse dos o más meses primero para empaparte de la cultura y experimentar “los pros y contras” de vivir en lugar donde no se tiene ni lavadora. Y después decidir si uno ve allí en el futuro, si quiere pasar allí su vida. “Ojalá se pudiera cambiar el mundo con una varita mágica. No se puede, pero yo el granito de arena lo quiero poner”, dice.