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Ocho formas en las que las pantallas están destrozando nuestra vida familiar

22/10/2013 11:25 CEST | Actualizado 22/10/2013 11:41 CEST
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Para escribir su nuevo libro, The Big Disconnect: Protecting Childhood and Family Relationships in the Digital Age, Catherine Steiner-Adair EdD -tutora clínica en el departamento de psiquiatría de Harvard, asesora en colegios y psicoterapeuta privada- entrevistó a más de mil niños de entre cuatro y 18 años para descubrir los efectos de la tecnología en sus relaciones y su vida social y emocional. Sus hallazgos no fueron ni sorprendentes ni tranquilizadores: la tecnología se está convirtiendo en un “padre” más; pasar demasiado tiempo ante una pantalla dificulta el desarrollo infantil; y la obsesión de los padres por sus dispositivos perjudica la comunicación con sus hijos e incluso fractura las familias.

Coincidiendo con el comienzo de curso, The Huffington Post ha pedido a Steiner-Adair que nos diga las ocho cuestiones fundamentales que deben saber sobre las pantallas los padres con hijos de cualquier edad.

1. No ponga a su bebé delante de una pantalla. Jamás.

Si no le convence el consejo de la Academia Americana de Pediatría, piense en lo siguiente: “Todavía no conocemos la interacción química entre un smartphone y el cerebro de un recién nacido”, dice Steiner-Adair. Un estudio de 28.000 niños realizado en 2010 en Dinamarca descubrió que el contacto con los teléfonos móviles antes y después de nacer parecía producir un mayor riesgo de problemas de conducta.

Aparte de eso, una de las cosas más importantes que necesita aprender un bebé, dice Steiner-Adair, es a tranquilizarse. “Si le damos [a un niño pequeño] un dispositivo con pantalla, el que sea, cuando está irritado, lo que le estamos enseñando es a no tranquilizarse”, dice. “Le estamos dando un estimulante. El cerebro del bebé es maravilloso, y lo que necesita son buenos estímulos y tranquilidad de sus padres. Los padres son la mejor 'app' para el niño”.

2. Y piénseselo también antes de poner a un niño de uno o dos años.

“Un niño solo dispone de los cinco primeros años para desarrollar neurológicamente lo que denominamos el sensorium, la parte del cerebro en la que se generan la pre-alfabetización, el movimiento cinestético y el desarrollo del lenguaje”, dice Steiner-Adair. Ese tipo de desarrollo del cerebro se produce jugando al aire libre, construyendo, bailando, saltando, coloreando, es decir, actividades que implican una dedicación multisensorial. Una actividad saludable que es, en definitiva, lo contrario a pasar un dedo por la pantalla, afirma Steiner-Adair. Aunque reconoce que existen juegos y aplicaciones que no están mal -ella aconseja a los padres que visiten la página de Common Sense Media en busca de recomendaciones-, insiste en que sustituir un juego físico con un juego en la pantalla no es lo que necesita un niño a esta edad.

3. Los profesores pueden decirnos si el niño pasa demasiado tiempo ante la pantalla.

Los educadores entrevistados para el libro de Steiner-Adair dicen que los niños que pasan demasiado tiempo delante de pantallas juegan de manera distinta y menos creativa que otros niños. Los que juegan a 'Mario Bros' o 'Angry Birds' en el patio del colegio están desaprovechando su capacidad de crear sus propios relatos, dice Steiner-Adair. “En lugar de exclamar: ‘¡Mira cuánto subo!' cuando están en el columpio, dicen: '¡Mira, he subido al siguiente nivel!”.

Los profesores también dicen que los estudiantes que dedican mucho tiempo a los videojuegos parecen tener menos paciencia para estar sentados y quietos en clase, sobre todo mientras les leen. “La capacidad de prestar atención no se desarrolla igual de bien cuando los niños están acostumbrados a interactuar con una pantalla que les produce satisfacción instantánea, estímulo instantáneo y las respuestas para pasar al siguiente nivel”, explica Steiner-Adair.

4. Nuestros hijos odian nuestras pantallas.

Steiner-Adair asegura que lo que ha visto una y otra vez, en sus entrevistas a cientos de niños, es que les frustra, les entristece y les irrita tener que disputarse la atención de sus padres con los dispositivos de pantalla.

“A los niños no les gusta nada que sus padres vayan a recogerlos hablando por teléfono y ni siquiera se vuelvan para preguntarles ‘Hola, cariño, ¿qué tal ha ido el día?’, sino que les manden callar y les indiquen que esperen un minuto, con lo que, en realidad, les están diciendo que no son tan importantes como la persona que está al teléfono”.

Los trayectos en coche de casa al colegio y de vuelta, como los ratos de cenar, bañarse y leer, son rituales diarios en los que los padres deben estar presentes y sin teléfono, dice Steiner-Adair. “Los niños no necesitan que les dediquemos toda nuestra atención durante todo el día, pero sí en esos momentos para hablar, leer y cumplir la difícil tarea de educar: lidiar con las rabietas, enseñarles a recoger su ropa”. Si usted cree que sus hijos no notan que está distraído, se equivoca. Uno de los niños entrevistados por Steiner-Adair le dijo: “Echo de menos los viejos tiempos en los que las familias eran más importantes”.

5. El hecho de que podamos estar conectados con el trabajo las 24 horas del día no significa que debamos estarlo.

Muchos padres alegan que uno de los motivos de que permanezcan conectados cuando están en familia es que tienen la sensación de que deben estar disponibles para sus jefes. “O sacrificas la oportunidad de ser un buen padre o una buena madre, y el reducidísimo tiempo que tienes para educar a tus hijos, o sacrificas y pones en peligro tu trabajo y tu forma de ganarte la vida”, dice Steiner-Adair. “Es una situación que no beneficia a nadie y en la que cualquiera de las dos opciones es mala”.

Estar constantemente de guardia o tener miedo a perdernos algo si no miramos todo el tiempo nuestro correo significa que estamos preocupados y tensos cuando deberíamos estar disfrutando de la familia. Steiner-Adair dice que, para que las condiciones de trabajo actuales cambien, los padres deben pedir a sus jefes unos horarios modulados y dejar clara su necesidad de desconectar de vez en cuando.

6. Las pantallas no son buenas para el matrimonio. Y eso no es bueno para los hijos.

Steiner-Adair pide a los padres con los que habla que respondan con sinceridad a esta pregunta: “Al despertarse por la mañana, se da la vuelta en la cama para mirar el teléfono y comprobar los mensajes, o se da la vuelta en la cama para acurrucarse con su pareja?” Los niños se dan perfecta cuenta de si sus padres están distanciados.

En sus entrevistas con niños, muchos le cuentan las discusiones constantes entre sus padres por las normas sobre aparatos (por ejemplo, nada de teléfonos en la mesa) y dicen que sus padres son unos hipócritas porque se saltan las reglas familiares que ellos mismos han fijado. “Los niños ven que sus padres están hablando de algo importante y de pronto uno de ellos coge el teléfonos a mitad de conversación”, dice. “Uno deja con la palabra en la boca al otro. ¿Qué mensaje es ese sobre nuestra relación con las personas a las que más queremos?”

7. Para ser buenos padres, tenemos que cuidar de nosotros mismos.

“Los adultos hacen el mismo uso de las pantallas que los niños, para evitar relacionarse tanto con su entorno como consigo mismos”, dice Steiner-Adair. Cada vez es más frecuente que, cuando los padres tienen unos minutos libres, los empleen para mirar Facebook, enviar mensajes y cosas así. “Es mucho más fácil que coger una revista o tumbarse en el sofá y tener un instante de relajación, o salir a dar un paseo y tomar el aire, todas esas cosas que sabemos que nos convienen”. A algunos padres les puede parecer que mirar Instagram o repasar las noticias es una forma de relajarse, pero Steiner Adair lo ve con escepticismo. “Mirar el correo electrónico no es relajarse”, dice. “Leer una pantalla diminuta no relaja los ojos en absoluto”.

8. Lo siento, pero no tiene ni idea de lo que están haciendo sus hijos en internet. Ahora bien, eso no significa que deba renunciar a intentarlo.

Steiner-Adair remite a un estudio de McAfee de junio de 2013, Digital Deception: Exploring the Online Disconnect Between Parents and Kids, como prueba de que los padres no suelen tener ni idea de lo que hacen sus hijos en internet, y dice que esa ignorancia perjudica gravemente a los niños.

Uno de los hallazgos del estudio es que el 80% de los padres no saben cómo comprobar lo que hacen sus hijos en internet. No solo eso, sino que el 74% de ellos “se reconocen derrotados y aseguran que no tienen el tiempo ni las fuerzas suficientes para seguir la pista a sus hijos, así que confían en que todo vaya bien”, según los autores del informe. Pero Steiner-Adair dice que no podemos resignarnos a sentirnos derrotados y que debemos pensar en todo el contenido nocivo que los niños pueden fácilmente encontrar en la red.

Durante sus entrevistas para el libro, dice Steiner-Adair, varios adolescentes le hicieron preguntas sobre escenas sexuales que habían visto en el ordenador. “Me decían: ‘¿Me puede explicar por qué a una mujer puede gustarle que la estrangulen mientras practica el sexo? ¿Por qué puede querer que hagan pis encima de ella?’” El estudio de McAfee descubrió que más del 57% de los jóvenes entre 13 y 23 años utilizan internet para buscar contenidos sexuales, pero solo el 23% de los padres creen que lo hacen.

Sin embargo, Steiner-Adair ve un rayo de esperanza, por lo menos, en uno de los datos de McAfee: casi la mitad de los adolescentes preguntados dicen que cambiarían lo que hacen en internet si supieran que les vigilan sus padres. “Eso significa que podemos influir”, dice Steiner-Adair. Además de asegurarnos de que usen el ordenador siempre en una habitación común de la casa, recomienda que padres e hijos firmen un acuerdo que establezca de forma clara lo que es aceptable y lo que no y que lo pongan en un sitio en el que se vea bien. “Hay que firmarlo y ponerlo a la vista no solo para recordárselo a los hijos, sino también porque, cuando vienen otros niños de visita, así es más fácil para el hijo decir: ‘No, si visitamos esta página me meteré en un buen lío. Mis padres son los peores”, dice Steiner-Adair. “Eso es lo que queremos que digan nuestros hijos. Queremos ser los peores padres del mundo”.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia