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El Gran Hotel Budapest: el último ejemplo de la ironía estética de Wes Anderson

07/02/2014 09:19 CET | Actualizado 07/02/2014 09:19 CET

Desde mucho antes de ser proyectada, se intuía que El gran hotel Budapest iba a convertirse en la película más estética del muy visual Wes Anderson (Viaje a Darjeeling, Moonrise Kingdom, Los Tenenbaums). "Simplemente fabrico un mundo para que mis actores lo interpreten. Pienso en ellos cuando diseño mis películas, en crear algo lo más excitante posible y que cobre vida en pantalla", ha explicado el director sobre su último trabajo, que ha inaugurado este jueves la 64ª edición del Festival de Cine de Berlín.

No se cansa de hacer referencia a sí mismo en sus obras y, aunque muchos son los elementos comunes que se repiten en ellas, el director estadounidense se las arregla para crear un mundo inédito en cada una de sus historias corales. Esta vez su colorido caleidoscopio humano invade un imaginario hotel de cinco estrellas de la Europa central de entreguerras, desde donde despliega de nuevo su habitual catálogo de excentricidades. El conserje del hotel (Ralph Fiennes), quien sabe como ganarse la lealtad de sus adineradas huéspedes, es acusado del asesinato de una de ellas. Con ayuda de su protegido, el nuevo y desarraigado botones, traza un plan para huir de la cárcel y demostrar su inocencia.

Estas son algunas de las claves recurrentes de su filmografía que pueden encontrarse en su nuevo trabajo, que se estrena en España el próximo 21 de marzo:

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