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Los niños palestinos se enfrentan a las heridas y a la pérdida de sus familiares por los ataques aéreos

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La niña palestina Shayma Al-Masri, de cuatro años, herida en un hospital de Gaza tras un ataque aéreo de Israel que ha matado a su madre y a sus dos hermanos. | REUTERS

Cuando Kenan y Nour, dos primos de 5 años, se despiertan uno al lado del otro en camas de hospital, suplican ver a sus padres. Estos dos pequeños, ahora ensangrentados y vendados, son demasiado jóvenes para entender la destrucción que hay a su alrededor.

Un ataque aéreo israelí alcanzó a su familia el martes cuando se reunían en la calle para romper el ayuno del Ramadán. Nour ahora es huérfano, pues sus dos progenitores murieron en el ataque. El padre de Kenan, su hermana de 21 años y otros tres miembros de su familia también fueron asesinados, según cuenta su abuela, Amal.

“Estamos intentando que se calmen”, explicaba Amal, visiblemente agotada. “Les decimos que la guerra va a acabarse, pero siguen en shock. Siguen preguntando por sus padres. No sé quién se va a ocupar de sus familias ahora”.
Kenan y Nour son sólo dos de los cientos de palestinos heridos durante la última ofensiva israelí en la Franja de Gaza, que empezó el martes como respuesta ante los lanzamientos de cohetes desde Gaza que duraron semanas. Mientras continúa el conflicto entre Israel y Hamás, la organización islámica que gobierna Gaza, han sido asesinados más de 170 palestinos. Decenas de ellos eran civiles y, entre ellos, había al menos 36 niños.

Unas plantas más abajo de la habitación del Hospital Al-Shifa donde se encuentran Nour y Kenan, el joven Muhammad Abu Taweela, de 16 años, trata de recuperarse. Mira por la ventana y ve el mar, pero es imposible ignorar los sonidos de los ataques aéreos israelíes, de los drones y de los cohetes de Gaza. Tiene el ojo izquierdo hinchado y cerrado, y la cara inflamada debido a la metralla que se incrustó en su cara en un ataque de drones israelí. Dijo que ese martes estaba jugando con sus amigos en la puerta de su casa al este de Gaza cuando un vehículo cercano explotó.

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Muhammad Abin Taweela espera en el Hospital Al-Shifa de Gaza para ver si puede viajar a Egipto para que le operen y extraigan la metralla de su cara.

“Sólo queríamos pasárnoslo bien”, explicaba con dificultad por las heridas de la cara. Ahora espera un permiso de los oficiales egipcios para poder viajar a Egipto y operarse. No obstante, es uno de los muchos pacientes que espera un tratamiento así, y la frontera sólo se abrió el jueves durante un breve período de tiempo.

Existe una sensación agobiante de desesperación entre los pacientes del hospital heridos de guerra, muchos de los cuales se enfrentan también a una pobreza demoledora. El propio hospital también lucha por mantener a los pacientes y tratar de curar sus heridas. Según el doctor Ashraf al-Qedra, portavoz del Ministerio de Salud de Gaza, el hospital tiene carencias de aproximadamente el 55% de sus materiales, como por ejemplo gasas, y una escasez del 30% en medicamentos.

Asimismo, muchos hospitales se ven afectados por la grave escasez de combustible. Israel ha limitado el número de camiones que tienen permiso para entrar en Gaza transportando combustible, alimentos y otros productos básicos. Y la mayoría de los túneles de contrabando desde Egipto, por donde la gente introducía todo tipo de cosas, desde armas hasta medicinas pasando por materiales de construcción, han sido destruidos. Los empleados del hospital aseguran que apenas tienen combustible suficiente para que funcionen generadores y ambulancias.

“Sólo podemos sobrevivir un par de días más con estos suministros”, afirmaba al-Qedra el jueves en un despacho abarrotado del hospital.

Sobre la frontera fortificada de Israel, continuamente se escuchan por todo el país sirenas estruendosas que advierten a la población de los cohetes lanzados desde Gaza. La región del sur cercana a Gaza ha sido la más atacada, pero en Tel Aviv y en Jerusalén también han sonado las sirenas estos últimos días.

Muchas personas viven con miedo a que uno de los cientos de cohetes lanzados pueda alcanzar a sus familias. No se ha informado de ninguna muerte en Israel, especialmente debido a la llamada Cúpula de Acero, un sistema de defensa antimisiles que, según los oficiales israelíes y estadounidenses, tiene una tasa de éxito del 90% en la intercepción de cohetes.

Con el fin de reforzar su campaña frente a Hamás, Israel ha reclutado a 33.000 soldados de sus reservas. Shuki Haidu, guía turístico israelí en Jerusalén, fue reclutado a principios de esta semana para cumplir con su deber.

“No quiero meterme en esto”, decía por teléfono desde la base militar en el sur de Israel, refiriéndose a la nueva ronda de ataques. “Mi hijo está en la guardería. Pero no se puede hacer nada más”.

Incapaz de explicar a su hijo lo ocurrido, le dejó una nota diciéndole simplemente que estaba “en un tour”.

Un alto comisario de los derechos humanos de Naciones Unidas afirmó el viernes que la campaña aérea israelí podría estar violando las leyes internacionales humanitarias. Sin embargo, Israel asegura que los ataques van dirigidos a Hamás, considerada una organización terrorista por los Estados Unidos, y que Hamás utiliza civiles como escudos humanos.

Muchos supervivientes en el Hospital Al-Shifa piensan que Israel está atacando a civiles como una forma de castigo colectivo, o que al país no le preocupa asesinar a civiles cuando arremeten contra milicianos sospechosos.

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Kenan, de 5 años, duerme en el Hospital Al-Shifa tras haber sido herido en un ataque aéreo israelí esta semana.

“O consideraban que era sospechoso que hubiera tanta gente, o simplemente querían matar a todas las personas que fuera posible”, decía la abuela de Kenan en referencia al ataque aéreo que el martes mató a su hijo.

“¡La gente que están matando son civiles!”, exclamaba Shadi, que se negó a dar su apellido, sentado junto a su sobrino de 14 años, Firas Sukar, que sobrevivió a un ataque de drones israelí en un supermercado el pasado miércoles. “Es como si Israel no pudiera encontrar verdaderos objetivos”, decía sacudiendo la cabeza.

Pero Firas no parece aturdido a pesar de lo cerca que ha estado de la muerte. Dice que se siente afortunado. Al fin y al cabo, ha sobrevivido, a diferencia de los otros dos chicos que estaban a su lado, los cuales, según nos dice, murieron. Tras haberse sometido a una operación de urgencia para extraerle la metralla del estómago, parece que va mejorando.

Firas asegura no tener miedo de volver a casa. Cuando le preguntan cómo se sentía tras el ataque, él simplemente responde: “Siento que he vuelto a nacer”.

Pero su tío, un mercader que afirma rezar por un alto al fuego, mira al frente con terror. “Mi hija sólo tiene 3 años”, dice. “Cada vez que oye una explosión, se pone a chillar y grita: ‘¡Que vienen!’”.

Abeer Ayyoub colabora informando desde la ciudad de Gaza y Shira Rubin desde Jerusalén. Este artículo se publicó originalmente en The Huffington Post. Traducción de Marina Velasco Serrano