¿Por qué los adolescentes buscan emociones fuertes?

¿Por qué los adolescentes buscan emociones fuertes?

WIKIMEDIA COMMONS

A los adultos parece que no le gustan los adolescentes. “Van como locos”. “Beben por beber”. “No respetan nada”, son sus frases habituales para describirlos. ¿Es cosa de viejos o hay una base científica para estas afirmaciones? Aunque hay datos que muestran que se produce un desfase en el desarrollo de la parte emocional del cerebro y la reflexiva, la ciencia no las tiene todas consigo.

Las últimas cifras disponibles del INJUVE, el Instituto de la Juventud, muestran que más de la mitad de los chavales de entre 15 y 19 años beben con regularidad y un 20% de ellos reconocen practicar el binge drinking (tomarse cinco o copas o más en menos de dos horas). El informe Juventud en España del mismo organismo revela que casi un tercio de las parejas de adolescentes no suelen usar ningún método anticonceptivo en sus relaciones.

Y, en el extremo de las conductas arriesgadas hay un dato demoledor: Según el Instituto Nacional de Estadística, la tasa de adultos condenados por un delito en España es de 5,7 por cada 1.000 habitantes. Mientras, la tasa de menores de 14 a 17 años condenados por cada 1000 habitantes de ese mismo rango de edad fue en 2012 de 9,3, un 40% más. ¿Por qué?

Desde un punto de vista biológico, la adolescencia es, en todas las especies, la época de descubrir y aprender. Se descubre uno a sí mismo, las relaciones con el otro sexo o se prueban los límites de la autoridad. Es hasta natural. Sin embargo, una cosa es la búsqueda de nuevas emociones y otra conductas que puedan hacer daño a uno mismo o a los demás. La teoría mas atractiva entre los psicólogos y neurocientíficos es la hipótesis del sistema dual del desarrollo cerebral. Durante las dos primeras décadas de vida, y en especial en los últimos años de esta franja, las diferentes partes del cerebro humano se desarrollan a un ritmo diferente. En la adolescencia, habría un desfase entre la maduración de las regiones subcorticales, que intervienen en el procesamiento de los afectos y las recompensas, y las regiones prefrontales, implicadas en el control cognitivo y lo que los neurólogos llaman cerebro ejecutivo. Como les ocurre a las chicas en el plano físico, el cerebro emocional de los adolescentes se desarrolla antes que el racional.

“Reconozco que la hipótesis del desfase de desarrollo es atractiva y creo que es por eso que está siendo difícil reemplazarla por otras teorías más matizadas”, dice Kate Mills, investigadora del Instituto de Neurociencia Cognitiva del University College de Londres. Mills, junto a varios colegas ha realizado un estudio empírico para ver si existe este desfase y si podría ser el causante del comportamiento arriesgado de los adolescentes.

Aunque la muestra no era muy grande, sólo 33 individuos, la gran ventaja de este estudio es que ha seguido la evolución de ellos desde que eran niños y hasta que se convirtieron en adultos. Por un lado, registraron su evolución cerebral mediante la técnica de imagen por resonancia magnética (MRI) en tres momentos de su vida. Por el otro, ya adultos, los entrevistaron para saber qué conductas arriesgadas habían seguido. Entre las más extremas estaban el consumo de drogas, el sexo sin protección, conducir borrachos o haber cometido algún hurto o robo.

La mitad reconocieron haber incurrido en alguna de estas prácticas y sólo tres juraban haber sido buenos chicos. A nivel cerebral, en la mayoría de los sujetos se comprobó que, en efecto, había un desfase entre el desarrollo del cerebro emocional y el ejecutivo. Así, 27 de ellos presentaban una maduración temprana de la amígdala, zona cerebral clave en el procesamiento y almacenamiento de reacciones emocionales, respecto al córtex prefrontal. Este desfase desaparece a medida que los chicos se acercaban a la treintena.

Sin embargo, al cruzar los datos de la evolución cerebral con la autobiografía de los entrevistados, no había una correlación clara entre conductas arriesgadas y desarrollo cerebral. Es decir, sí hay desfase pero no pruebas concluyentes de que se traduzca en cambios funcionales del cerebro que afecten a la conducta.

“Estoy de acuerdo en que la correlación entre desarrollo cerebral y conducta durante la adolescencia es todavía una cuestión abierta”, sostiene Mills. Pero no cree que los neurocientíficos tengan suficientes datos para explicar la conexión entre la maduración desigual del cerebro y las conductas arriesgadas de los jóvenes. “Tenemos algunas ideas y se han realizado varios experimentos que muestran correlaciones entre conductas determinadas y medidas cerebrales pero ningún estudio con técnicas MRI ha encontrado algo definitivo que se acerque a las razones por las que los adolescentes toman más riesgos, si es que los toman”, añade.

Pero la posición de Mills y sus colegas no es la única. Su estudio aparece en la última edición de la revista especializada Developmental Neuroscience que publica un monográfico sobre la cuestión con el gráfico título de Cerebros adolescentes: ¿piensan diferente?

La revista recoge varios experimentos que refuerzan la tesis del desfase cerebral, al menos en parte de sus posiciones. Otro de los trabajos recoge un sencillo experimento para testar la reacción más básica de los humanos y de todo animal: ante una amenaza, prepárate para luchar o huir. Este mecanismo de alerta activa todo el organismo y lo prepara para la defensa. Un grupo de investigadores quiso ver cual de las dos estrategias, si huir o luchar, era más prevalente entre los adolescentes.

Comprobaron que los jóvenes, en particular los chicos, reaccionaban más impulsivamente (lucha) ante señales de amenaza que los adultos aunque se les había pedido que no lo hicieran. Además, este patrón de conducta específico de los jóvenes va en paralelo a una mayor actividad de las regiones cerebrales especializadas en el procesamiento de las emociones, de nuevo la amígdala.

“No se puede decir que los jóvenes estén programados para la pelea pero sí quizá programados para un enfoque reactivo ante el conflicto en vez de alejarse de él”, apunta Betty Casey, coautora de este último estudio y directora del Sackler Institute.

El problema de estas divergencias entre los científicos puede residir en qué se considera una conducta arriesgada y para quién lo sea. Como dice Mills, “las conductas de riesgo que reciben más atención parecen ser las relacionadas con la salud o el crimen. Sin embargo, hay otro tipo de riesgos que ella y sus colegas llaman sociales.

“Si nos fijamos en un escenario típico de conducta arriesgada y lo vemos a través de la lente de los riesgos sociales en vez de un riesgo para la salud, puede ser que una persona no incurra en riesgo al fumar con sus amigos si a lo que se arriesga es a la exclusión por no hacerlo”, recuerda Mills.

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