INTERNACIONAL

El discurso de Netanyahu en EEUU: no era el uranio, eran las urnas

04/03/2015 12:34 CET | Actualizado 04/03/2015 12:35 CET

Benjamín Netanyahu quiere perpetuarse como primer ministro de Israel pero ha empezado haciendo campaña a 10.000 kilómetros de casa, en Estados Unidos. Mientras sus adversarios se conformaban con ver cómo se estrenaban sus humildes anuncios en las televisiones locales, a Bibi se le abrían las puertas del Congreso de Washington con la ovación de lo más conservador de la casa para que diera un discurso que tenía el programa nuclear de Irán por excusa y una nueva legislatura al frente de su conservador Likud, la cuarta, como objetivo final. “No eran las centrifugadoras, eran las urnas”, resume gráficamente el analista Nahum Barnea en su columna del Yediot Aharonot. No es la primera vez que el Congreso de EEUU invita a un jefe de Estado, pero quizá sí la primera en que se le recibe como a un héroe local.

Del discurso del que ahora habla el mundo vienen oyendo en Israel desde hace tres meses, cuando se conoció la invitación de los republicanos norteamericanos para que Netanyahu hablase ante los diputados. Tenían un objetivo doble: reforzar a un líder conservador de un país aliado y dar un revés al presidente demócrata Barack Obama, afeándole su acercamiento a Teherán para negociar una salida a sus investigaciones atómicas, un proceso en el que EEUU cuenta con la ayuda del resto del G5 + 1 (Reino Unido, Francia, Rusia, China y Alemania).

Netanyahu ha decidido apostar fuerte, jugarse aún más las relaciones con su principal socio histórico, el que le entrega cada año 3.000 millones de dólares sólo para seguridad, por ejemplo, o está dispuesto a vetar resoluciones de la ONU que convengan a los palestinos. Sabe que, en los momentos críticos, estará ahí, pese a su dedo en el ojo de la actual administración. Con Obama no es que se lleve mal. Es que no se lleva. La animadversión entre los dos líderes se evidencia hasta en sus lánguidos apretones de manos y sus sonrisas forzadas.

En 2012, el israelí se hizo fuerte en un discurso prebélico en el que se mostraba dispuesto a atacar Irán para frenar su enriquecimiento de uranio, la base para que funcione tanto un reactor nuclear destinado a dar luz a la gente como una bomba atómica. Obama respondió en 2013 con una histórica distensión con los ayatolás, iniciando un diálogo aún no cerrado para circunscribir su potencial nuclear al uso civil, aumentando las inspecciones internacionales que certifiquen que no suponen una amenaza para el mundo.

En ello están, hoy mismo, en Suiza. Irán ha rebajado de un 20% a un 5% el nivel de enriquecimiento de su uranio y ha permitido el acceso, limitado aún, a técnicos internacionales que lo verifiquen. Netanyahu decía entonces que faltaban menos de nueve meses para que Teherán lograse “la bomba”. Anoche, obviando las novedades, repitió: “Pueden lograrla en menos de un año”. El Mossad, el mes pasado, reconoció que tenía sus dudas de esos avances acelerados.

Hay ocho puntos en el acuerdo por pactar y sólo se ha avanzado en dos, e incluso no se han detenido las sanciones internacionales a Irán, especialmente en el petróleo y las finanzas, que lo han golpeado severamente. Pero para Netanyahu no es suficiente. Habló de un “mal acuerdo”, del peligro de aceptar un pacto temporal por diez años que sólo atrase la “pesadilla nuclear”.

Nada es inminente. Ni el acuerdo ni, parece, el peligro, pero el primer ministro israelí, que es un genio cuando se trata de su supervivencia política, ha puesto la alerta en primer plano, ganando enteros ante su gente, a la que la seguridad arrastra a las urnas y para quien Irán es, según el 87% de la población, un verdadero “peligro existencial” para los judíos. “A largo plazo, quizá haya daño para las relaciones de Israel con Estados Unidos. A corto plazo… ¡bingo para Netanyahu!”, sintetiza Ben Caspit, el politólogo del diario Maariv.

Y MIENTRAS, OBAMA...

Obama estaba en una reunión sobre Ucrania mientras su aliado hablaba en el Congreso. No lo escuchó. Dice que ha leído la transcripción del discurso. Y que no dice “nada nuevo. “El primer ministro no ha ofrecido alternativas viables”, valoró. Su vicepresidente, Joe Biden, estaba de viaje en América Latina. Y el secretario de Estado, John Kerry, viajaba, justo, camino de reunirse con los iraníes, porque deben lograr un acuerdo antes del 31 de marzo. Una cincuentena de diputados demócratas se ausentó de la sala. Su más alta representante ayer fue Nancy Pelosi, que se marchó antes de que Netanyahu acabara. “Sus palabras son un insulto a la inteligencia de los Estados Unidos”, sentenció al salir, confesando su rabia.

Los medios norteamericanos se llenaron de “fuentes” y “asesores” que filtraban un sentimiento común: “escuece” la “intromisión” de Netanyahu en su política exterior. Eso no gusta en un Gobierno cada vez más enfadado por el crecimiento desaforado de las colonias israelíes en suelo ocupado palestino (Netanyahu ha iniciado casi 7.000 casas, una cifra récord, y ha dado permiso a 14.000 más en pleno proceso de paz) y por declaraciones poco consideradas por parte de ministros israelíes (“Que le den ya el Nobel a Kerry y nos deje en paz”, dijo Moshe Yaalon, el titular de Defensa, meses atrás). De momento, EEUU está haciendo menos campaña contra Palestina en organismos como la ONU. De momento, cada vez informa menos a Israel de los pasos que da con los iraníes. Signos de enfado que los analistas lo creen que vayan a más.

Ni una palabra ha dicho el equipo de Obama sobre uno de los ejes del discurso del israelí: la comparación entre Irán, “el mayor financiador mundial del terrorismo”, y el autoproclamado Estado Islámico (EI), que hoy es la perturbadora amenaza yihadista del mundo. Ya hace tres años, Bibi decía que Teherán era “como Al Qaeda con armas nucleares”. Una manera de buscar la empatía con Occidente. El EI no es sólo amedrentador para Israel o sus amigos del mundo desarrollado, sino para Irán, que ve a las puertas de su país (Irak, Siria) a un enemigo robustecido, sunitas frente a su naturaleza chií, un riesgo de guerra sectaria latente. Ante enemigos comunes surgen alianzas, de ahí en parte el acercamiento sobre el programa atómico y el deshielo con Occidente.

Tras el sonado discurso, tan ruidoso, la vida sigue igual para los israelíes: economía congelada, paro al alza, la burbuja tecnológica ligeramente desinflada, los indignados recuperando manifestaciones por la inaccesible vivienda… Y la seguridad sigue siendo una prioridad absoluta. Por eso Netanyahu habla de la amenaza iraní. Por eso se hace fuerte en una materia en la que sus opositores no tienen músculo. Por eso, con la izquierda adelantándole por poco en las encuestas, hoy puede decir que de Washington se ha traído un par de escaños más.

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