POLÍTICA

Viviendo con lobos: entre el problema y la oportunidad

04/04/2015 18:35 CEST | Actualizado 04/04/2015 18:35 CEST

"Se nota cuándo va a venir el lobo. Se siente un viento, como un escalofrío. La gente mayor lo sabe bien". Lo afirma, en apariencia convencido, el camarero de un bar de Lubián, un municipio zamorano que raya con Galicia. En la zona, como en la cercana Sierra de la Culebra, están acostumbrados a convivir con el lobo, que lleva allí desde siempre.

La presencia del animal, origen de mil leyendas, lo impregna todo y crea cultura: la costumbre de los pastores de tener mastines, uno de los antídotos contra los ataques del lobo; creencias como que la grasa del carnívoro alivia algunas dolencias; construcciones tradicionales como trampas que han resistido durante décadas en pie; turismo basado en el animal; refranes como "Carqueixa brotada, loba preñada; carqueixa florida, loba parida"...

Para el lobo, el río Duero marca una frontera. Al sur se considera que está prácticamente en peligro de extinción, su caza está prohibida y si hay que matar algún ejemplar debe ser la Comunidad quien lo haga. Pero al norte todo cambia: la ganadería convive con el lobo desde hace décadas y su gestión depende de cada Comunidad Autónoma. Cataluña lo protege completamente y Asturias y País Vasco sólo permiten la eliminación selectiva en controles de población.

AL BORDE DE LA DESAPARICIÓN POR EL VENENO

En cambio, Castilla y León, Galicia, Cantabria y La Rioja permiten su caza estableciendo cupos, una estrategia que genera las críticas de los ecologistas, quienes subrayan que se debería establecer un censo serio de cuántos animales de este tipo hay, algo que ahora no existe. A mediados del siglo XIX se extendía por toda la península ibérica, pero su presencia disminuyó dramáticamente durante los años 70 debido a la caza y a la proliferación del veneno. Castilla y León calcula que en sus terrenos al norte del Duero había 152 manadas -que pueden incluir entre cuatro y diez ejemplares- en 2013, cuando se concedieron 137 permisos de caza.

Los ecologistas afirman que este sistema de cupos responde a las presiones de los colectivos ganadero y cinegético y que no soluciona el conflicto existente entre la protección del lobo y la ganadería, temerosa de los ataques de estos carnívoros. Esa lucha se evidenció hace una semana, cuando apareció un lobo colgado de una señal de tráfico en Asturias justo cuando se aprobaba una normativa que por primera vez permite su caza en reservas regionales en monterías autorizadas de otras especies. Los ecologistas interpretaron el gesto como una medida de presión para que la ley saliese adelante.

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"El lobo vivo genera más ingresos que su caza", afirma rotundo Theo Oberhuber, coordinador de Ecologistas en Acción, quien subraya que la guerra no está basada en aspectos económicos: "El lobo genera unos daños de dos millones de euros al año, que no justifican la presión social que se genera. Eso es lo que cuesta la construcción de 250 metros de autopista."

Jorge Echegaray, licenciado en Ciencias Ambientales y experto en lobos, añade que los ataques no son un problema real para la mayoría de los ganaderos en extensivo y apunta que sólo entre el 1 y el 1,4% de ellos tienen estos problemas. Critica que en los últimos años han aumentado los cupos de caza al norte del Duero para luchar contra la caza ilegal pero que la estrategia no ha funcionado, dado que al menos el 50% de los lobos muertos lo son por furtivos. "Matar al lobo sale impune", zanja.

¿CON LOBOS NO HAY PARAÍSO?

Pero no todos piensan como ellos. Como ejemplo, el grupo de Facebook llamado "Con lobos no hay paraíso", formado por ganaderos y pastores de Asturias que creen que "si se permite a los lobos que ocupen todo el territorio regional y hagan inviable el manejo ganadero y el pastoreo las consecuencias serán lamentables para el conjunto de la sociedad". Por eso, exigen el "control poblacional permanente y la delimitación de zonas de cría y campeo".

También hay quienes creen que la coexistencia entre lobos y ganadería es posible. Alberto Fernández, ganadero de la localidad zamorana de Santa Colomba de Sanabria, es, para los ecologistas , un ejemplo de cómo la ganadería y el lobo pueden convivir. Junto a sus 1.600 ovejas corretean alegres once mastines que buscan ansiosos las caricias de los humanos. Su tamaño impone casi tanto como sus dientes afilados, pero obedecen al instante. "¡León!", le grita Alberto a uno de ellos. Y el animal responde servicial. A su lado, una mastina ha parido hace tres días. El ganadero coge los cachorros y la perra ni se inmuta.

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mastines

cachoros

Pero esos pacíficos mastines se convierten en fieras cuando algún animal se aproxima al ganado. "Con los 11 que tengo es imposible que se acerque el lobo", dice orgulloso el ganadero, que presume de que su rebaño no ha sufrido nunca un ataque. "Claro que antiguamente el lobo preparaba buenas escabechinas, pero es que los pastores iban con una perrita muerta de hambre", explica.

Dice que los mastines comen 20 kilos de pienso al día y que entre eso, las vacunas y el seguro de los perros, se gasta entre 3.000 y 4.000 euros al año. Mucho mejor, asegura, que sufrir los ataques del lobo o que contratar un seguro. Pero los mastines no son suficiente para prevenir los ataques. Los expertos recomiendan también, y Alberto lo cumple, que una persona acompañe siempre al rebaño y que lo guarde por la noche.

"Aquí hay ganaderos que sufren ataques y tienen mastines, pero me gustaría ver a esos perros. Hay que procurar que no se engrasen, hay que dedicarles tiempo, enseñarles, hacer que se críen desde cachorros con el ganado para que lo vean como alguien de la familia", señala.

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mastin

MÁS AYUDAS PARA PREVINIR LOS ATAQUES

Alberto subraya que quiere el lobo vivo, pero con una gestión coherente por parte de la Junta que, dice, ahora mismo no existe. De hecho, ganaderos y ecologistas coinciden en que la Administración no se preocupa lo más mínimo por los primeros y reclaman más ayudas para prevenir los ataques. "El lobo es un hijo de puta, pero es necesario", concluye el ganadero. Y cerca de allí, en la Sierra de la Culebra, lo saben bien. En la localidad de Villardeciervos un centro de turismo rural expone merchandising relacionado con el lobo: carpetas, libros, agendas, camisetas...

En esa zona, el 46% de la ocupación hotelera se atribuye a los turistas que acuden para conocer al lobo y en algunos establecimientos llega al 90%. La facturación anual es de 440.000 euros solo en pernoctaciones y en comidas, según el biólogo Javier Talegón, impulsor del turismo lobero de la zona con su empresa Llobu. De acuerdo con sus datos, la caza del lobo da bastante menos dinero: deja 40.000 euros.

LOS PROBLEMAS AL SUR DEL DUERO

Pero al sur del Duero, el lobo sigue siendo el temido animal de los cuentos. Hace décadas que desapareció y ahora está regresando, por lo que los ganaderos no están acostumbrados a su presencia. El mayor conflicto se concentra en las provincias de Segovia y Ávila, una provincia que, con el apoyo de la Diputación y de 185 municipios, se declaró en 2013 “tierra libre de lobos”, una forma de pedir al Gobierno regional que no haya este tipo de animales allí.

"Yo hice esta ganadería cuando aquí no había lobos. Mis abuelos sólo lo conocían del cuento", se lamenta Fernando Pastor, un ganadero del municipio segoviano de Armuña. Critica a la Junta porque, asegura, no les han dado apenas instrucciones sobre cómo hacer frente al lobo, un animal protegido en estas tierras.

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fernandi

"METER AL LOBO ES METER LA GUERRA"

"No somos borregos. Si se nos explican las cosas las entendemos", expresa Pastor bajo el infinito cielo castellano. Los ganaderos y los ecologistas coinciden en señalar que la Junta no ha dado nociones sobre cómo protegerse del lobo ni ninguna información sobre el animal y denuncian el abandono que sufren. Eso hace que por la zona corran bulos y leyendas que algunos se creen a pies juntillas.

"Son ellos, los de la Junta, los que han soltado aquí al lobo. Y, en la ganadería, meter al lobo es meter la guerra. Yo lo sé porque, cuando tenía ataques, sólo los sufría los sábados y domingos, que era cuando los que cuidaban del lobo se iban a descansar y no le alimentaban", dice rotundo Ramón Hernández, ganadero de Armuña que tiene 1.000 ovejas.

Ramón, convencido de que el lobo debe vivir sólo en las montañas, sufrió al lobo entre 2001 y 2004. Ahora hace años que ya no lo ve por allí porque, subraya, murieron todos los ejemplares por una enfermedad. Afirma que la Junta no quería reparar los daños porque decía que eran obra de perros. Así que un día colocó un cebo y cazó a una loba, que acabó muriendo, para demostrar que el lobo estaba allí. Le pidieron dos años de cárcel, aunque dice que acabó ganando los juicios.

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ramon

Por allí tampoco se estilan los mastines. Ramón recuerda que tuvo uno, pero que le daba más problemas que el lobo porque "son animales difíciles" para cuyo entrenamiento se requiere una formación que nadie les ofrecía. "Lo único que me dieron fue un pastor eléctrico -una valla electrificada que ahuyenta a los lobos-".

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pastor electrico

Los ganaderos de Castilla y León también se quejan de que la Junta no les paga directamente los daños que les causa el lobo, sino que les subvenciona un seguro cuyo precio sube cada año si sufren ataques. "¿Por qué me tengo que pagar yo un seguro? Si el lobo es de la Junta, debería correr ella con los gastos que genere", reflexiona Ramón. Y repite como si fuera un mantra: "Cuando mata a una oveja, el corazón le late muy fuerte y necesita más. Meter al lobo es meter la guerra".

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