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El secreto de un gran vino: el precio importa más que el contenido

08/05/2015 21:45 CEST | Actualizado 02/06/2015 16:37 CEST
GTRESONLINE

Desde que el vino dejó de ser un refugio de borrachines sin recursos para convertirse en un emblema cultural, comenzaron a proliferar los cursos de cata a los que todo urbanita con pretensiones debe apuntarse para demostrar su estatus socioeconómico. Hoy no se puede presumir de distinción sin esgrimir ante otros un refinado gusto por los buenos vinos y una bien entrenada capacidad para apreciarlos y describirlos con el lenguaje propio de un sumiller, sin que falten las notas de azafrán, de cuero o incluso de grafito... Pero ¿realmente discernimos estas sutiles diferencias?

Al parecer, no; ni siquiera somos capaces de discriminar groseramente entre vinos baratos y caros. Esta es la conclusión de un estudio que descubre cuál es el factor que nos permite diferenciar un gran caldo de otro peor: el precio.

Dos investigadores alemanes reclutaron a un grupo de voluntarios y les dieron a probar cinco vinos de precios diferentes, entre los cinco y los 90 dólares la botella. Durante las catas, los participantes fueron sometidos a un escáner de resonancia magnética funcional. Después, los sujetos debían calificar cada uno de los vinos. El experimento tenía un intríngulis del que los voluntarios no estaban informados: en realidad estaban probando repetidamente solo dos vinos, uno barato y otro caro, ambos presentados con precios diferentes.

Los investigadores, Hilke Plassmann, de la Escuela de Negocios INSEAD (Francia), y Bernd Weber, de la Universidad de Bonn (Alemania), se dedican a investigar la neurociencia del marketing; las estrategias de comercialización no solo afectan a nuestras decisiones de compra, sino que manipulan nuestra actividad cerebral hasta tal punto que nos convencemos de las cualidades que la publicidad atribuye a los productos. En medicina esto tiene un nombre: efecto placebo.

El estudio de Plassmann y Weber, que se publicará próximamente en la revista Journal of Marketing Research, demuestra que el precio de un vino ejerce un poderoso efecto placebo en los consumidores. Los vinos que se presentaron a los participantes como más caros no solo recibieron mejores valoraciones, sino que el cerebro de los voluntarios los disfrutó como si realmente fueran de calidad superior. “Los sujetos mostraron un efecto significativo del precio en la utilidad percibida a nivel de comportamiento y, más importante, también a nivel neuronal”, escriben los investigadores.

MANIPULADOS POR EL MARKETING

botellas

Así pues, el marketing nos manipula, sobre todo si somos de los que se dejan llevar por la búsqueda de experiencias placenteras. “La idea es que la señal del marketing, como el precio alto, les hace anticipar una experiencia de consumo gratificante y su alta sensibilidad a estas experiencias amplifica sus expectativas sobre cuán placentero será el sabor del vino caro”, explica Plassmann a El Huffington Post.

También, curiosamente, somos presa fácil si tenemos un perfil más analítico. “Si tienes una gran necesidad cognitiva, necesitas algo en tu entorno, como la marca o el precio, que te ayude a interpretar tus experiencias”, expone la investigadora. “Las personas analíticas, que obtienen placer de la deliberación, confían más en estas señales del marketing”.

De todo ello concluiríamos, mal que nos pese, que no todos estamos capacitados en el mismo grado para apreciar un gran vino con objetividad. Y concluiríamos bien, en opinión del químico enólogo, consultor y catador Juan Manuel Gonzalvo. “Los sentidos (vista, olfato, gusto y tacto) que se necesitan para obtener una opinión crítica de un vino son diferentes en cada persona y tienen distinta sensibilidad”, apunta. Y en esto, la ciencia le respalda; al igual que no todos tenemos una visión perfecta, tampoco somos iguales ante el olfato o el gusto.

Los estudios muestran que la capacidad de detectar olores a mayores o menores concentraciones varía de unas personas a otras. Hay quienes son totalmente insensibles a ciertos olores, y solo algunos son superdegustadores o hiperósmicos, aquellos que tienen una sensibilidad extraordinaria a los sabores o los olores, respectivamente.

Lo anterior no implica que la formación y el entrenamiento que se imparten en los cursos de cata sean despreciables. “Alguien con un olfato superior a la media obtendrá más información acerca del aroma de un vino, pero es posible que no lo sepa interpretar sin buena memoria o experiencia de cata”, añade Gonzalvo. Con esto, parecería que un buen equipamiento sensorial y una trabajada experiencia deben ser los marchamos que distinguen a los catadores profesionales, sumilleres, críticos, bodegueros y otros expertos a quienes se les supone esa capacidad de discernir el grano de la paja sin necesidad de agarrarse a una marca o una etiqueta. Y sin embargo, tampoco parece ser el caso.

Desde su pequeña bodega Fieldbrook Winery, en California (Estados Unidos), el oceanógrafo retirado Robert Hodgson lleva años levantando ampollas en el sector vinícola con sus estudios, en los que ha demostrado que la cata profesional tampoco se libra de una buena dosis de relativismo.

LOS CATADORES, CATADOS

mano copa

La idea de Hodgson partió de su propia experiencia, al comprobar que sus vinos tan pronto eran encumbrados en ciertos concursos como ignorados en otros; algo que, según ha verificado, no solo ocurre con sus productos, sino con la inmensa mayoría de los vinos en los certámenes de su país. Si, como se nos hace creer, la calidad de un buen vino es algo incuestionable, sus valoraciones deberían ser consistentes, más aún cuando se trata del mismo catador. Hodgson ha demostrado que no es así: sus experimentos de cata ciega, repetidos a lo largo de cuatro años en el certamen de vinos de la Feria Estatal de California, revelan que solo dos de cada diez jueces del concurso son consistentes en sus valoraciones, incluso cuando se trata de probar el mismo vino de la misma botella. “El azar juega un papel significativo en la evaluación de los vinos por parte de los expertos en los concursos”, resume Hodgson para El Huffington Post.

Apoyándose en sus conocimientos de estadística, una asignatura que impartía antes de su retiro, el vinatero ha creado y publicado en la revista Journal of Wine Economics un test para evaluar el desempeño de los jueces de cata. Y los resultados no son precisamente motivo de orgullo: “Cuando el test se aplica a los resultados de un importante concurso de vinos, pocos jueces lo aprueban”, escribe Hodgson. “De mayor interés es que muchos jueces que suspenden tienen una vasta experiencia profesional en la industria del vino”, agrega. “Por tanto, los concursos no proporcionan recomendaciones fiables de la calidad de los vinos”, concluye.

Las investigaciones de Hodgson no son las primeras que sugieren un amplio grado de relativismo en la valoración de los vinos. Quizá uno de los casos más extremos sea el de un experimento llevado a cabo en 2001 por la Universidad de Burdeos (Francia), en el que un grupo de 54 estudiantes de la Facultad de Enología identificó como tinto un vino blanco que había sido teñido de rojo con un colorante sin olor. Algunos de estos resultados pueden achacarse a la bisoñez de los participantes; pero si Hodgson se ha granjeado tantas antipatías no es solo porque sus investigaciones sean científicamente irreprochables, sino porque sus conclusiones socavan el sanctasanctórum del vino, la élite cuyas opiniones guían a millones de personas y mueven miles de millones de euros.

El bodeguero cita otro famoso experimento, dirigido por un crítico de vinos, que reunió 6.000 catas ciegas. “Robin Goldstein ha mostrado que la mayoría de la gente no puede discriminar entre vinos caros (de acuerdo a su calidad) y baratos. Los expertos solo muestran una ligera capacidad para distinguirlos”.

EL VINO NOS SUPERA

botellas

Para Hodgson, la causa de toda esta falibilidad es clara: nuestra biología es limitada. “La habilidad de discriminar la calidad de forma consistente supera la capacidad humana”, argumenta. Por su parte, Gonzalvo reconoce que la complejidad de los vinos sitúa el listón muy alto: “El mundo del vino es lo suficientemente profundo, complejo y extenso para que sea muy difícil que alguien sea un verdadero experto”. “Además, la interpretación que hacemos de estas sensaciones depende de nuestra experiencia, de nuestras preferencias, incluso de nuestro estado de ánimo y de otras condiciones externas”, alega.

El enólogo, que ofrece sus recomendaciones a los consumidores a través de la web Uvinum, admite que sus calificaciones pueden ser opinables, pero defiende su coherencia: “Puede que mi valoración no sea correcta para otro experto o para un consumidor, pero es mi opinión y suele ser estable; si vuelvo a catar un vino, vuelvo a valorarlo muy parecido”.

En resumen, lo único cierto es dónde están la constancia y la objetividad, lo que no varía, lo que jamás engaña: la etiqueta. “Las etiquetas afectan de modo muy importante a las decisiones de compra de vinos”, afirma Hodgson. Incluso Gonzalvo concede que los profesionales también pueden caer en la trampa de dejarse llevar por el precio o el prestigio de una marca, pero insiste en que un auténtico experto debe diferenciarse en la cata: “La única forma de hacer algo realmente objetivo al cien por cien es no ver la etiqueta hasta después de catar el vino concienzudamente”.

¿Catas de doble ciego, como en los ensayos de fármacos? Si algo nos dicen los experimentos científicos aplicados al vino es que, en este sector, el placebo mueve más voluntades que la ciencia. Y por tanto, más dinero.

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