POLÍTICA

El independentismo gana las elecciones y pierde el plebiscito

28/09/2015 01:16 CEST | Actualizado 13/06/2017 17:01 CEST

De las tres opciones que había, las elecciones catalanas de este 27-S han dibujado el escenario más endiablado: los independentistas, representados por Junts pel Sí y la CUP, han cumplido la aspiración de Artur Mas de conseguir la mayoría absoluta en escaños, al hacerse con 72 de los 130 que estaban en juego. Podrá ser investido president de Cataluña, pese a que una abstención de la CUP no le permitiría acceder al cargo.

Sin embargo, su proyecto independentista se ha dado de bruces con la realidad de los votos: la suma de su formación con la de los anticapitalistas se ha quedado a tres puntos de alcanzar la mitad más uno de los sufragios. Se mire como se mire, ha perdido el plebiscito independentista: el 52,22% de los votantes se ha decantado por formaciones partidarias de una Cataluña en España frente a un 47,78% que depositó su papeleta aspirando a vivir, dentro de un año y medio, en un país independiente.

El resultado electoral no ha supuesto ninguna sorpresa. Al fin y al cabo todos los sondeos electorales auguraban una mayoría de diputados de las formaciones soberanistas, pero no de votos. Del mismo modo, y sobre todo a partir de los últimos días, apuntaban a un despunte de Ciudadanos. Ahí han errado: no ha sido despunte, sino subidón, de los 21 escaños que le concedían las encuestas más optimistas a los 25 que ha logrado en las elecciones. El partido de Albert Rivera e Inés Arrimadas se ha convertido, por mérito propio, en la principal alternativa al independentismo gracias a sus más de 720.000 votos. "¡Viva España!", coreaban al conocer los resultados los simpatizantes de la formación que nació por y para Cataluña. Todo un símbolo.

Esa unidad de España, ese patriotismo nacional cuyo adalid debería haber sido el PP, ha sido fagocitado por Ciudadanos, que cuenta con el camino expedito para afianzarse como un aspirante serio, muy serio, de cara a las elecciones generales del próximo diciembre. No en vano, el propio Rivera ha marcado ya el camino de los próximos 90 días: "Recuperar España, en manos de PP y PSOE, para los españoles", ha dicho para presumir de que su partido es el "que ha evitado la ruptura de este país". Del lamento de aznariano ("España se rompe") al triunfal "España no se rompe gracias a Ciudadanos".

Los resultados del PP son un fracaso sin paliativos. Y lleva unas cuantas convocatorias electorales así. Apenas ha conseguido 11 escaños, ocho menos que los que obtuvo hace tres años, y 344.000 votos. La apuesta del siempre polémico Xavier García-Albiol, con el que Rajoy buscaba el voto más españolista, ha hecho retroceder a los conservadores a niveles de los 90.

El inmovilismo sin matices del propio Rajoy sólo ha conseguido derivar parte de sus votos al partido de Rivera. "Para supuestamente legitimar una operación ilegal, ni los escaños ni los votos, porque la ley está por encima de otras consideraciones", afirmó el presidente del Gobierno hace menos de una semana. Para el PP el resultado final se ha traducido en pocos votos y escaños.

En buena medida, el PSC ha conseguido aguantar. Que no es poco. Ningún analista político podrá determinar si los ya famosos bailes de su candidato, Miquel Iceta, han servido para trocar una previsible canción de funeral —que sí ha sonado en la sede de Unió— en un revival del I will survive. Su posición favorable al diálogo también ha supuesto un asidero para más de medio millón de votantes que han decidido huir de los blancos y los grises.

El PSC ya no es la gran fuerza que fue en Cataluña —de hecho, se deja cuatro escaños y pierde unos 15.000 votos respecto a 2012, hasta los 515.000—, pero sus resultados constituyen un espaldarazo para Pedro Sánchez y sus aspiraciones de gobernar España: Cataluña ha sido históricamente uno de los graneros que ha catapultado al PSOE hacia el Gobierno en las generales. Y, algo que no es habitual, Iceta ha conseguido mantener al PSC bailando vals frente al ska, ese ritmo peleón al que se acostumbraron durante tantos años en la sede de la calle Nicaragua.

Frente a la calma, el desasosiego de Podemos. Catalunya si que es Pot (que además incluía a EUiA, ICV y Equo) apenas ha conseguido el 8% de los votos y 11 escaños. Lastrado por el candidato fantasma de esta campaña (—alguien sabría ponerle cara a Lluís Rabell?—, el entusiasmo que ha generado a nivel nacional ha suscitado cierta indiferencia, reflejada en 316.000 sufragios, en una contienda donde lo que se dilucidaba era la independencia de Cataluña.

"Este resultado ha sido la consecuencia de un escenario extremadamente polarizado en estas elecciones entre el 'sí' y el 'no', lo que ha hecho difícil a nuestra candidatura poner sobre la mesa la problemática social y económica, que han quedado expulsados del debate", se ha lamentado Rabell. "Hemos apostado por escuchar y por el sentido común y la responsabilidad de Estado y no ha funcionado electoralmente. En esta campaña ha funcionado lo contrario", ha coincidido Pablo Iglesias.

El camino que debe transitar Podemos para asaltar los cielos en diciembre no pasa, definitivamente, por Cataluña.

La CUP, por su parte, es, pese a ser la quinta fuerza política, la llave que permite abrir la puerta del independentismo en Cataluña. De su voto favorable dependerá que Mas sea investido presidente de la Generalitat, algo que, a priori, parece lejano. El candidato del partido, Antonio Baños, ha reiterado que su lista quiere "un Govern de concentración y una figura de consenso que lo presida" que en ningún caso pasa por Mas.

Su crecimiento ha sido significativo, al pasar de 3 a 10 escaños su presencia en el Parlament. Junts pel Sí necesita al menos seis de esos 10 para obtener la victoria independentista en las elecciones por número de diputados.

Los resultados de este 27-S dejan varias lecturas y ninguna certeza. Artur Mas no ha conseguido ese mandato claro favorable al soberanismo al que aspiraba. Era algo que veía venir y, por eso, desde el primer momento se aferró como un clavo ardiendo al factor escaños frente al de votos. El camino, en cualquier caso, estará lleno de obstáculos y pasa inevitablemente por el diálogo con un Gobierno que desde ya tiene la cabeza puesta en las generales de diciembre. Ni Rajoy ni el PP tienen tiempo ahora para Cataluña cuando su futuro político (y personal) se juega en 90 días.

Es previsible que, hasta finales de año, el procés entre en compás de espera, incluso en cierto letargo. Ahora toca hablar de elecciones generales y nada sería peor para la causa independentista que Rajoy consiguiera —pacto mediante, eso ya nadie lo cuestiona— renovar otros cuatro años como inquilino de La Moncloa.

Pero compás de espera no es un soberano punto y final.

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