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Cuando el padre de uno de los terroristas del Bataclan intentó traerle de vuelta de Siria

16/11/2015 16:24 CET | Actualizado 16/11/2015 16:24 CET
JOHN MOORE/GETTY

En la primavera de 2014 un hombre de 67 años viajó a Siria desde Francia. Un periplo de tres semanas por tierras con más de 50 grados para buscar a su hijo, que había caído en las redes del Estado Islámico, y convencerle de que volviese a su pueblo, el único sitio donde pensaba que podía escapar de la muerte o la cárcel. Fue en vano. Samy Amimour, de 27 años, no hizo caso a su padre, Mohamed. Pero sí volvió a Francia. Ha sido uno de los terroristas que se inmolaron en la sala Bataclan después de una carnicería en la que mataron a al menos 80 personas en los atentados múltiples de la noche del 13 de noviembre.

El diario Le Monde entrevistó a Mohamed en diciembre de 2014 cuando la suya era una historia más de padres desesperados que tratan de frenar el yihadismo de sus hijos radicalizados. Meses después, conociendo el desenlace de la vida de su hijo, el relato cobra otra dimensión y descubre vacíos en la seguridad y el control de los movimientos de los reclutas del Estado Islámico.

Mohamed se plantó en la frontera entre Turquía y Siria sin avisar a su hijo, y una vez allí, le llamó para que le ayudase a pasar. Una semana después embarcaba en un minibus con "hombres, mujeres, niños, rusos, europeos, magrebíes". A 80 kilómetros al noreste de Alep, en Minbej, después de atravesar un desierto minado, vieron ondear la bandera del Estado Islámico y sus compañeros de viaje aplaudieron.

Tuvo que esperar varios días hasta que el 30 de junio vio aparecer a su hijo, procedente de Raqqah, con muletas y con otro tipo que nunca les dejó a solas. "Fue un reencuentro muy frío. No me llevó a su casa, ni me contó cómo se había herido ni si seguía combatiendo", recordaba su padre, que le dio una carta de su madre. Ante la frialdad de su hijo intentó comprender su contexto hablando con algunos de sus compañeros, que le mostraron imágenes de asesinatos "horribles". Los peores, cuenta, eran los convertidos.

Dos días después Mohamed volvió a atravesar la frontera sirioturca sin problemas. Desde Estambul voló al norte de Europa sin que nadie le parase para identificarle. A su llegada, la policía tampoco contactó con él para que les informase. Mohamed asumió al final que su viaje no había servido para nada.

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