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Ascenso y caída de Artur Mas

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El president Mas, en una imagen de archivo. | REUTERS
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Artur Mas (Barcelona, 1956) ha insistido en que no deja la política, en que ahora que ya no será president se centrará en sacar a flote su tocada CDC, que aún ni sabe si mantendrá su escaño en el Parlament. Y, pese a todas las "puertas abiertas" y las "posibilidades sobre la mesa", Mas se iba de su comparecencia con un mensaje de agradecimiento a la prensa que no se puede llamar más que despedida, con el rictus triste, la sonrisa melancólica que poco después sacó al abrazar al que será su sucesor, Carles Puigdemont. Tendrá carrera por delante, e incluso podría presentarse de nuevo como candidato a la Generalitat, pero de momento estamos ante la caída de uno de los líderes más carismáticos que ha tenido la política catalana.

Mas siempre reivindicó su sello personal, más allá de su mentor, Jordi Pujol, del que se desmarcó todo lo que pudo cuanta más corrupción se iba conociendo en casa del honorable. Así, se convirtió en el primer presidente de la Generalitat de Cataluña que convocaba una consulta soberanista en el actual período democrático español, un paso del que su predecesor no fue capaz, o no le interesó.

LO QUE DECÍA DE LA INDEPENDENCIA

Era 2002. Pujol le había señalado como su heredero y Mas no era aún muy conocido popularmente. Muchos se preguntaban entonces: ¿Qué piensa Artur Mas? Precisamente este era el título de un libro publicado ese año, en el que Mas decía sobre el independentismo que "un proyecto político para el 15 o el 20 % de nuestra sociedad no le conviene a la posición de liderazgo que quiere el nacionalismo catalán". En aquel libro-entrevista, la joven promesa de CiU apostaba por la "España plurinacional" como "la única posible en el futuro" y decía que "una manera óptima de conseguir el encaje que la haga viable sería una estructura confederal".

"Yo me quiero dirigir a la mayoría del país, y esta mayoría no está hoy por la independencia", afirmaba entonces Mas, que opinaba que "un político que se dedique a hacer un discurso muy excitante dirigido a una parte de la población, que además en el caso de Cataluña es una parte minoritaria (...) creo que es un político que lleva el país hacia un escenario de frustración".

13 años después, es evidente que mucho ha evolucionado el discurso del hombre que ahora definía públicamente la relación entre Cataluña y el resto de España en términos de "David y Goliat". ¿Actuará como el tecnócrata como se le describía en los inicios de su carrera política? ¿Será el corredor de fondo que no se desfondó en la travesía del desierto del Tripartito o la "flecha negra" como le apodaban en sus años de futbolista juvenil? Eran las preguntas que generaba Mas. Nadie lo tenía muy claro. Su inclinación independentista, incluso aliándose con compañeros de cama impensables meses atrás, confirman que su estrategia era personal, casi secreta y tremendamente moldeable.

Y es que cuando a principios de 2001 Jordi Pujol le invistió como sucesor, pocos apostaban a que Mas sería el primer presidente de la Generalitat en convocar trece años después una consulta soberanista y unas elecciones autonómicas a las que, en noviembre, quiso dar un carácter plebiscitario. Caricaturizado en los 90 como un robot en programas de humor de la televisión autonómica y señalado por sus críticos como fruto del "dedazo" de Pujol, Mas ya decía entonces que se veía más relevo que sustituto y parafraseaba a su admirado JF Kennedy diciendo que "el futuro no es un regalo, es una conquista".

20 AÑOS EN EL GOVERN

Tras ser una "gota malaya" para el entonces "olímpico" alcalde Pasqual Maragall en el Ayuntamiento de Barcelona, Mas entró en el Govern en 1995, cuando el entonces conseller de Obras Públicas dimitió por un asunto de corrupción del que más tarde fue absuelto.

Pujol movió banquillo y le llamó a calentar, no sin antes advertirle de que le iban a fotografiar "hasta las plantas" del balcón. Según el libro "Biografía de un delfín", de la periodista Montse Novell, frenó en seco unas obras de la cocina de su casa.

Estaba naciendo un político con más largo recorrido del que le auguraban sus adversarios. De Obras Públicas pasó Economía y su peso en el entorno de CiU fue haciéndose cada vez mayor. Hasta el delfinato.

UNA ALIANZA COMPLEJA

Mas ha sido ganador incansable de las últimas cinco elecciones, como ha recordado este sábado. Sin embargo, llegado a la encrucijada independentista, asustado por el ascenso de partidos como ERC y reconociendo que CDC estaba en horas bajas, decidió enrolarse en Junts Pel Sí, una amalgama de formaciones de todo color y condición, con el soberanismo como única bandera que los envolvía a todos. Pagó el precio. Se quedó en minoría.

Con 62 diputados, Mas no podía hacer nada. Cuarto en las listas de su partido por aquello de repartir juego -el cabeza de cartel fue Raul Romeva- pero candidato a la presidencia, se ha aferrado a la candidatura pese a los votos en contra de la CUP, pactados en asamblea. Los antisistema lo tenían claro: no iban a hacer president al hombre al que habían denunciado por recortar los derechos sociales en Cataluña. La presión ante la inminencia de una convocatoria de elecciones en marzo si él no se iba ha vencido. Y Mas, desarbolado, ha preferido dar un paso atrás y no quedarse con nada. Ahora está por ver si el ave fénix resurge.

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