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Don Quijote de la Mancha, un héroe americano

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DON QUIJOTE DE LA MANCHA
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No hay nada que demuestre que los buenos libros sirven para curar. Pero tampoco nada que lo desmienta: en el año 2008, durante los actos del festival cervantino de la ciudad argentina de Azul, se organizó un desfile de disfraces quijotescos con las escuelas de la zona, algunas con bastantes problemas sociales. En una de ellas estudiaba un niño que se había quedado completamente mudo después de ver cómo su padre mataba a su madre y luego se pegaba un tiro. El niño buscaba la soledad y se aislaba bastante. Pero llegó el día de organizar el desfile y sus compañeros decidieron que él fuera Don Quijote de la Mancha. Querían que supiera que era importante para el resto, que se preocupaban por él. Al poco tiempo, el niño empezó a recuperarse. Y volvió a hablar.

Al cervantista José Manuel Lucía Megías, catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid y presente en el desfile de aquel día, la historia de este niño argentino le parece una demostración del “poder de Don Quijote, que sigue venciendo molinos de viento a lo largo del tiempo y de las geografías”.

Y es que el Quijote es tan americano como español. Si en España se publicó en 1605, ya en 1606 había ejemplares en las principales capitales de América Latina. Y pronto se convirtió en un personaje de las celebraciones populares, como en 1607, en la ciudad peruana de Pausa -un enclave minero-, cuando apareció como personaje en una sortija caballeresca -un torneo a caballo en el que hay que meter una lanza a través de un anillo- que se había organizado para recibir al nuevo corregidor. En el cartel para apuntarse al torneo ya había alguien inscrito como Amadís de Gaula. Pero de repente apareció un caballero de la triste figura.

Por aquel entonces, el Quijote era considerado un libro cómico, algo que no cambió hasta que en el siglo XVIII los escritores británicos como Joseph Andrews o Lawrence Sterne mostraron, a través de sus propias obras, la vena satírica de la obra de Cervantes. Lo normal, pues, era que aquel caballero recién llegado a las fiestas de América, se comportara de una forma torpe y graciosa, acompañado de su escudero Sancho, incapaz de meter la lanza en la sortija del torneo. Igual que ocurría en las fiestas de España.

“Hasta el siglo XX, la lectura americana del Quijote va a ser prácticamente parte de esa lectura española, porque la independencia política no se convierte inmediatamente en independencia cultural”, explica Megías. De hecho, en los primeros años de algunas de las independencias americanas hubo que seguir trayendo el Quijote de España, y no fue hasta 1834 que se imprimió por primera vez en América, en México.

“Yo lo veo como una biblia, tiene una profundidad esencial que a veces no se ve porque se lee de paso", dice un joven puertorriqueño

"En el siglo XX vamos a encontrarnos una lectura americana que reivindica a Don Quijote como un personaje universal. En la Argentina de los años veinte, por ejemplo, estaban los anarquistas. Cuando querían llevar la literatura y sus ideas a las fábricas, en lugar de inventarse personajes nuevos para representarlos en obras de teatro, los obreros anarquistas utilizaban el Quijote como representante de esas ideas de liberación".

A esta lectura americana también ayudaron los viajes de intelectuales españoles a finales del diecinueve o principios del veinte, como Unamuno, que hizo escuela en Montevideo. O la llegada después de intelectuales republicanos tras la guerra civil. O los coleccionistas que empezaron a reunir ejemplares del Quijote, como la biblioteca de Xalambrí en Montevideo. Y también los escritores que han utilizado personajes y técnicas quijotestas. Un ejemplo reciente es Barataria publicada en 2012 en Puerto Rico por Juan López Bauzá.

“¿Pero no ha habido nunca una lectura crítica desde América, alguien que interprete un cierto discurso imperial en la obra, igual que los ingleses reinterpretan ahora a Shakespeare y reflejan su ideología colonial?”

“No, porque en el caso de Shakespeare, este estaba cerca del poder, defendiendo a la reina Isabel frente a los escoceses, por ejemplo. Igual que hacía Lope de Vega, que defendía los valores de la monarquía. Cervantes está más en la frontera, no está defendiendo esos valores, y lógicamente no hay necesidad de esa relectura política. Además, como el Quijote es tan poliédrico, cada cual ha podido asimilarlo como parte de sus ideas. Hay tanto en la obra que uno siempre puede buscar para defender una teoría en un sentido o en otro”.

Para comprobar la visión de la gente, nada como acercarse al Museo de San Juan, donde hay una exposición sobre el Quijote del Instituto Cervantes comisariada por el propio José Manuel Lucía Megías. 120 Quijotes en 56 idiomas, ilustraciones, carteles, fragmentos de películas, dibujos animados, y un montón de alumnos y profesores acercándose en una bonita mañana puertorriqueña con las olas rompiendo en el mar y el sonido del batiente en aire.

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Por allí está una chica muy agradable que se llama Tamara, tiene 23 años y estudia pintura. Cuenta que en Puerto Rico les hacen leer el primer tomo en Secundaria, entre los 17 y los 18 años, pero que ella no lo pudo terminar. “Yo creo que a los 18 años somos muy jóvenes para meterle mano a el Quijote. Fue cuando la maestra me lo explicó en arroz y habichuela -de manera coloquial- cuando lo entendí”. Para ella, el Quijote representa, “como mujer joven, que uno tiene una misión, que a veces lo intenta y lo intenta, pero no lo consigue. Hay algo de frustración”. También es importante Dulcinea, que representa un poco la “prima donna”, el amor platónico. Pero el Quijote es también, según ella, un personaje popular en la cultura popular puertorriqueña, y es tan normal tener figuras de artesanía talladas de Don Quijote con Rocinante como de los reyes magos. Y más popular todavía es el ron puertorriqueño estándar de mejor calidad, cuyo nombre es una versión tuneada del caballero de la Mancha: Don Q.

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Su profesor, Rigoberto, un cubano de cincuenta años, recuerda con gracia que ellos lo empezaban a leer a los once años y pensaban que estaba mal escrito porque el castellano de aquella época les sonaba. Dice que de la obra siempre le llamaron la atención “los estereotipos que la sociedad construye sobre las personas que tienen sueños, y que acaban como personajes marginados”. Pero sobre todo, el mensaje universal: “En nuestra educación siempre se hizo énfasis en que era mucho más que una obra específicamente española. Tiene algo que es polisémico, que funciona en todas las épocas y lugares, que sigue teniendo vigencia”. Y le sorprende, dice, “la picardía” de Cervantes, que eligió a un flaco y un gordo, a dos personajes tan distintos, para que mucha gente se sintiera identificada. “Parece casi una estrategia de marketing”.

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Hay quien considera, como Jothan, de 27 años, educador y guía de la exposición, que a veces se difunde una “idea genérica” del Quijote que puede caer en el simplismo. “Yo lo veo como una biblia, tiene una profundidad esencial que a veces no se ve porque se lee de paso. Pero eso ya es problema de reformas educativas: ¿Cómo podemos tener maestros que no leen? ¿Cómo van a enseñar a la gente más joven?

Se acaba la exposición y fuera del museo quedan las calles tranquilas, adoquinadas y coloniales del viejo San Juan en un día de semana por la mañana. Buen lugar para descansar un poco y tomarse un fresquito maví. Buen lugar para charlar con una camarera impetuosa llamada Norma. Pero mal sitio para ir en coche, como dice el taxista: “Estas calles las hicieron para ir en un caballo”. Uno como Rocinante.

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