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Bruselas después de Bruselas: ¿volvemos a la normalidad?

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BRUSELAS
AFP
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Bruselas después de París, tras los ataques de noviembre pasado en la capital de Francia, se convirtió en una ciudad fantasmal. Durante cuatro días, los cafés se quedaron desiertos, las escuelas vacías y las redes de transporte sin actividad. La búsqueda de los autores de los ataques parisinos – provenientes de Molenbeek, un suburbio de Bruselas- paralizó todo y cambió por completo el paisaje de la ciudad: la policía, las fuerzas especiales y el ejército tomaron posiciones. Y desde entonces conformaron un elemento más de la vida de los bruselenses que, poco a poco, volvieron a la normalidad.

En una conversación hace un mes entre tres españoles y una eslovena en un café de la Rue Namur, los interlocutores explicaban a una amiga que estaba de visita cómo era la vida en la ciudad desde los ataques de París. Todos convinieron en que habían vuelto a la normalidad, siguiendo con sus rutinas de siempre a pesar de la presencia militar. Una de ellas afirmó: “Bruselas no creo que sea el objetivo de los terroristas, vienen de aquí, es su ciudad, y ¿a quién le importa Bruselas? Van a por lo grande, París, Berlín, Londres…”. El comentario refleja uno de tantos mecanismos psicológicos que los habitantes de Bruselas experimentaron para seguir con su día a día.

Pero, ¿cómo será Bruselas después de estos ataques en la propia Bruselas? Frente a lo que sucedió tras París, el gobierno belga ha reducido ya el máximo nivel de alerta antiterrorista (de 4 a 3), las escuelas y universidades han permanecido abiertas los días posteriores a los ataques y los bruselenses se han apresurado a retomar sus posiciones en los cafés y las brasseries, aunque la vida de la ciudad y sus habitantes está todavía lejos de digerir lo ocurrido. Las sirenas constantes por todos los rincones de la ciudad son un recordatorio constante de que las investigaciones sobre lo ocurrido y sus responsables continúan abiertas. El gobierno está inmerso en un ejercicio de introspección ante los detalles que ponen en serias dudas su capacidad para defender al país de esta amenaza.

“Esta vez ha sido diferente, al día siguiente de los ataques el restaurante volvió prácticamente a la normalidad, no cómo tras los atentados de París, que estuvimos sin clientes varios días. Creo que es mejor así porque no podemos permanecer encerrados en nuestras casas, la vida debe seguir”, reflexiona una camarera española del Fin de Siècle, un restaurante típico belga del centro. Sobre las 14:30, una hora española para comer en una ciudad con horarios europeos, el lugar se va llenando. Son grupos de jóvenes españoles, una reconocible presencia por el volumen elevado de sus voces y su capacidad de compartir los platos aunque aquí no sea costumbre.

“Llegamos ayer con Ryanair a Charleroi [el segundo aeropuerto al sur de Bruselas donde viajan las aerolíneas de bajo coste] y el avión estaba medio vacío. Pensamos en cancelar el viaje tras los ataques pero, sinceramente, un atentado te puede pillar en cualquier capital de Europa”, afirma uno de ellos. Una Grand Place medio vacía al inicio de las vacaciones de Semana Sana revela que muchos otros turistas se lo han pensado dos veces antes de venir. O sencillamente no han podido llegar dado que el aeropuerto principal de Zaventem, uno de los lugares atacados, continúa cerrado.

A cincuenta metros de Fin de Siècle se encuentra el edificio de la Bolsa de Bruselas, uno de los lugares más emblemáticos del centro. Es aquí donde los españoles celebraron las victorias de la Eurocopa y el Mundial y donde los belgas se reúnen con similares motivos. Esta vez el lugar se ha convertido en epicentro de las manifestaciones de repulsa a lo sucedido. La lluvia de la mañana ha apagado las velas y algunos mensajes escritos con tizas de colores sobre el suelo y la fachada del edificio se han resentido levemente. El sol y las nubes se alternan en una armonía que evoca las sonrisas y las lagrimas de quienes siguen acercándose por el lugar. La rabia da paso poco a poco a la esperanza y un coro de voces adolescentes sentado en las escaleras del edificio canta acompañado de un chico que toca la guitarra.

“Formidable, formidable, eras formidable y yo era un mediocre”, repiten los versos de la célebre canción de Stromae, el artista de hip hop bruselense de mayor proyección internacional. “Tu vivirás siempre grande y bella y tu unidad invencible tendrá un mensaje inmortal…”, cantan para concluir el himno de Bélgica. Su improvisado escenario está compuesto de decenas de banderas, europeas y del más allá y todo tipo de mensajes de indignación por lo ocurrido. Hay una gran bandera azul con las estrellas amarillas, con una inquietante cuestión: “¿Es este nuestro sueño?”, en relación a la Unión Europea.

Mientras las sirenas no cesan, la policía belga continúa haciendo redadas y la información es casi siempre confusa, sobre todo cuando está impulsada por la instantaneidad y la velocidad que exigen las redes sociales. La policía ha detenido a tres sospechosos de preparar atentados en Francia y en una de sus operaciones han disparado a un hombre en la calle. No se sabe todavía con precisión los detalles de lo ocurrido.

Dominique, una profesora de francés que trabaja en el Parlamento Europeo, comparte los dilemas de tantos bruselenses en un telegráfico mensaje en Facebook: “Operación antiterrorista a 100 metros de mi casa: tiros, explosiones, policías, periodistas. ¡Brrr! ¿Me atrevo a salir de casa o me conformaré con salir al balcón?”. Muchas preguntas similares aguardan en las próximas semanas a los bruselenses en su intento de volver a la normalidad.

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