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Juegos Olímpicos 2016: Río no quiere ser Munich

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MUNICH
Uno de los terroristas en la Villa Olímpica de Munich en 1972 | YOUTUBE
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Moshé Weinberg dormía plácidamente en su apartamento de la Villa Olímpica en Múnich cuando, a las 04.40 de la madrugada, un ruido tras la puerta le despertó. Hasta entonces descansaba después de una noche de fiesta con el resto de sus compañeros, que participaban en los Juegos Olímpicos de 1972, cita bautizada como “Juegos Felices”. El apodo respondía al objetivo de dejar atrás la mala imagen de la Alemania de Hitler en los juegos de Berlín de 1936, pero ese ruido que alertó a Weinberg acabó con toda esperanza de que así fuera. Detrás de la puerta estaban ocho palestinos, miembros del grupo terrorista Septiembre Negro, dispuestos a cualquier cosa para que el mundo escuchara su mensaje.

El comando, vestido con ropa deportiva y armado con fusiles AK-47 y granadas, había logrado introducirse en el 31 de la calle Connolly, sede de la delegación israelí en la Villa, gracias a la ayuda de varios deportistas estadounidenses que creían que volvían de fiesta. Más tarde se supo que los terroristas también contaron con la ayuda logística de grupos alemanes neonazis y que se sirvieron de las insuficientes medidas de seguridad: pese a lo relevante de la cita, la organización se gastó menos de dos millones de dólares en la protección del recinto y atletas.

Alterado por el brusco despertar, Weinberg gritó y alertó al resto de sus compañeros, lo que permitió que nueve atletas escaparan, mientras que otros ocho de la delegación israelí quedaron atrapados en el edificio. El entrenador de lucha libre trató de acabar con el asalto atacando a los terroristas con un cuchillo y ayudado por el levantador de pesas Josef Romano, que le robó el arma a uno de ellos, pero ambos fueron asesinados. A las 5 de la mañana los integrantes de Septiembre Negro ya tenían controlada la situación e hicieron saber sus demandas: exigían la liberación de 234 presos palestinos antes de las 15.00 horas. De no hacerlo, matarían a todos su rehenes.

UN ATAQUE EN DIRECTO

Los terroristas ya habían logrado uno de sus objetivos: que el mundo supiera quiénes eran y qué querían, ya que fue la primera vez que una situación de estas características se retransmitía en directo por los medios de comunicación. Gracias a ello se vio cómo uno de los asaltantes, que se identificó como Issa, negociaba con el el ministro del Interior, Hans-Dietrich y el director de la Villa Olímpica, Walther Tröger. Entonces el terrorista manifestó que los Juegos les ofrecían “una vidriera a través de la cual ellos tenían que mostrarle al mundo las penurias que el pueblo palestino sufría a manos de Israel”.

Dadas las dimensiones de la crisis, los negociadores lograron que los asaltantes retrasaran varias veces su ultimátum, hasta alcanzarse las 17.00 horas. La angustia se sumaba a la creciente indignación popular, que no entendía cómo el COI no suspendía los Juegos. Finalmente lo hicieron a las 15.00 horas, obligados por la presión que también ejercían las cerca de 80.000 personas que se habían desplazado hasta la Villa.

Habían pasado 12 horas de negociación cuando los terroristas empezaron a ser conscientes de que sus demandas no iban a ser satisfechas, optaron por un giro drástico en su estrategia: pidieron volar a El Cairo con los rehenes para continuar allí con sus planes. Fue entonces cuando las autoridades alemanas vieron la oportunidad de tenderles una trampa: serían transportados en dos helicópteros hasta el aeródromo militar de Fürstenfeldbruck, donde acabarían con el secuestro. Pero sus planes fracasaron y, pese a la euforia inicial -se llegó a anunciar que la operación había sido un éxito y que los rehenes estaban vivos-, durante la operación cinco terroristas fueron abatidos, tres detenidos y todos los israelíes murieron.

SUCESIÓN DE ERRORES

Pese a lo relevante de la cita deportiva que albergaba Munich, este ataque demostró cómo es posible encadenar múltiples errores en muy poco tiempo. A la evidente falta de auténtica seguridad hay que sumarle que se tenían que haber reforzado los agentes disponibles y expertos en este tipo de situaciones, puesto que el Ejército alemán no podía operar en tiempo de paz, obligando a la policía de la ciudad a hacerlo en su lugar. Además, nunca se llegaron a conocer con certeza las dimensiones de la amenaza, puesto que siempre se pensó que había cuatro o cinco terroristas, cuando en realidad había ocho. Es más, los francotiradores alemanes que debían actuar en la operación final en realidad no lo eran: fueron seleccionados por practicar tiro los fines de semana.

Con todo, y pese a la consternación general, los Juegos sólo se suspendieron el 5 de septiembre, el día de los hechos. Al día siguiente se celebró en el estadio olímpico de Múnich un memorial por los muertos, pero durante el discurso ofrecido por el presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Avery Brundage, no hubo ninguna referencia explícita a los deportistas asesinados, lo que provocó quejas de la delegación israelí. Tanto Israel como Egipto, Siria y Kuwait retiraron a sus atletas en señal de protesta por los atentados.

LOS JUEGOS DE RÍO

Los Juegos siguieron bajo el argumento de que los terroristas no podían condicionar la celebración, pero lo cierto es que lo sucedido lo cambió todo para siempre. Aquellos Juegos quedaron grabados a fuego. Ahora que ha llegado el turno de los de Río de Janeiro su recuerdo ha vuelto, y más ahora que el terrorismo es una amenaza creciente a nivel mundial. Los recientes atentados en Niza o Múnich, perpetrados por “lobos solitarios”, han puesto en jaque a Europa y al mundo, obligados a vivir en un clima de amenaza constante.

En Brasil el temor es palpable y, desde el pasado 21 de julio, la Policía Federal brasileña ha detenido a 12 sospechosos de preparar atentados y tener vínculos con el Estado Islámico. Estas detenciones supusieron la primera aplicación de la ley antiterrorismo aprobada este año. Sin embargo, lejos de calmar, la legislación está siendo muy cuestionada en Brasil, puesto que se considera que es el resultado de la presión internacional, principalmente por haber sido elegido para albergar los Juegos Olímpicos. Pero además de a la amenaza terrorista, los brasileños se enfrentan también a la escasez de recursos para la seguridad, sobre todo a nivel local, como Río de Janeiro, donde se celebrarán los Juegos.

Pese a todo, Brasil insiste en estar preparado para las competiciones y en que no se repetirán errores del pasado. De momento, el pasado 3 de agosto se cerró un poco más la herida de Múnich’72: las víctimas israelíes fueron homenajeadas 44 años después, un reconocimiento que llevaban exigiendo décadas. Una ceremonia y un minuto de silencio en la Villa Olímpica de Río de Janeiro inauguró un Espacio de Luto, que se incluirá de ahora en adelante en cada cita olímpica, con dos rocas de la antigua Olimpia recubiertas de vidrio en una parte arbolada de la villa de los atletas.

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