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El laborismo británico sigue girando a la izquierda mientras acecha la sombra de la ruptura

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Foto: REUTERS

Un fantasma recorre Europa…, y es el de la implosión de la izquierda, quizá cuando más necesaria es en Europa, con tanto auge de la ultraderecha y tanta debacle social. Si le escandalizan los tortazos más o menos evidentes que se dan los barones con Pedro Sánchez o la rivalidad cada vez más tensa entre Pablo Iglesias y Errejón, si está harto de ver la cansina relación entre PSOE y Podemos mientras el PP se hace fuerte, sepa que hay casos igual de dramáticos bien cerca. Sólo tiene que darse un viaje a Reino Unido -mejor en avión, no sea que tenga usted la piel oscura y le paren en el muro de Calais- y acercarse a la conferencia anual de los laboristas británicos que se celebrará desde mañana domingo 25 de septiembre hasta el próximo miércoles 28.

Pero antes, hoy sábado, ya se han anunciado los resultados de las primarias abiertas al liderazgo del partido. El actual líder, Jeremy Corbyn, ha sido reelegido con el apoyo del 61.8% de los votantes. El golpe de estado interno capitaneado por el otro candidato, Owen Smith, y animado por buena parte de los parlamentarios laboristas, ha fracasado. Sólo han obtenido un apoyo del 38.2%.

¿Pero cómo es que llegan así de mal al congreso anual del partido?

En primer lugar, porque el establishment del partido, formado en parte por asesores y miembros de los Gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown, no ha aceptado el resultado de las primarias de 2015, llamados, como se creían, a relevar a la vieja guardia del Nuevo Laborismo. Nadie daba un duro por la victoria de Corbyn. De hecho, algunos de los parlamentarios que le dieron su aval para presentarse ni siquiera pensaban votarle, y lo hicieron para fomentar una cierta sensación de pluralidad que incluyera al ala más izquierdista del partido, entre ellos a ese diputado rebelde de barba blanca representante de la circunscripción londinense de North Islington, un tal Jeremy Corbyn, que siempre había antepuesto sus convicciones políticas a la disciplina de partido en temas como la guerra de Irak, la política económica o la privatización de servicios públicos.

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Foto de Tony Blair en los noventa/ GETTYIMAGES

Pero resulta que el nuevo sistema de votación -una persona, un voto, y no el voto ponderado entre militantes, parlamentarios y miembros de los sindicatos asociados-, que además permitía participar a los simpatizantes, previo pago de tres libras, sirvió para que Corbyn canalizara en torno a su figura de hombre honesto el apoyo de miles de personas hasta entonces alejadas del laborismo, muchas de ellas jóvenes, y de antiguos militantes y simpatizantes más a la izquierda que han creado un movimiento de base llamado Momentum, cuyo proyecto de transformación va mucho más allá del legado del Nuevo Laborismo y su visión de un Reino Unido más cosmopolita y multicultural, con unas industrias financieras y culturales boyantes, con un aspecto mucho más cool, pero con una estructura socioeconómica que ha mantenido en lo esencial las bases de la revolución conservadora de Thatcher.

Desde su victoria, a Corbyn le han llovido palos de todos lados. De la prensa, sobre todo la de derechas, que no ha parado de meterse con él por cosas como no cantar el himno nacional en un acto en recuerdo de la llamada Batalla de Inglaterra, que se produjo durante la II Guerra Mundial. O por votar contra la participación de Reino Unido en los bombardeos en Siria. O, sencillamente, por llevar una vestimenta poco elegante. Ni siquiera la prensa progresista lo ha defendido especialmente, criticando a menudo sus actuaciones durante las sesiones de control al Gobierno y sus resultados en encuestas y elecciones parciales que, aunque con ligeras mejoras, tampoco permiten soñar con recuperar el Gobierno pronto. Incluso el periodista y escritor Owen Jones, que ha apoyado abiertamente a Corbyn, considera que ha habido “una estrategia poco efectiva para hacer llegar un mensaje popular y resistir” los ataques mediáticos.

El anticorbynismo se endureció enormemente tras el referéndum del Brexit, por lo que algunos consideran una actuación mediocre de Corbyn durante la campaña por la permanencia en UE, donde muchos de los votantes de zonas tradicionalmente laboristas optaron por el Brexit, como se puede ver en este reportaje de la web Novara Media.

Buena parte de los miembros laboristas en el Parlamento pusieron en duda el europeísmo de Corbyn, que siempre ha sido un escéptico de la UE. Y sobre todo, dieron alas a un mensaje que se ha repetido hasta la saciedad en los medios: Corbyn es inelegible ("unelectable"), y por eso hay que echarlo a toda costa, sin pensar quizá que la sangría laborista viene de lejos, como en la mayor parte de los partidos socialistas y socialdemócratas de Europa. Para ello le hicieron un voto de censura en el grupo parlamentario -172 contra Corbyn frente 40 que lo apoyaron- y dimitieron buena parte de los miembros de su Gobierno en la sombra, uno de los cuales era el diputado galés Owen Smith, su oponente en las primarias.

Una cruenta campaña para las primarias

Pero ni con esas: Corbyn es un hombre quijotesco, terco para algunos, y ha decidido ir hasta el final en la carrera por el liderazgo, a pesar de los obstáculos que le han puesto por el camino:

Primero, sus oponentes intentaron que la ejecutiva del partido lo obligara a recabar el aval del 20% de los diputados y eurodiputados para poder presentarse de nuevo al liderazgo, a sabiendas de que era muy difícil que los obtuviera. Como la ejecutiva decidió que el que ya era líder tenía derecho a presentarse automáticamente a la reelección sin avales, recurrieron a la vía judicial, con escaso éxito también.

Pero no todo fueron derrotas para los oponentes de Corbyn, que han conseguido limitar el número de potenciales votantes en las primarias, permitiendo participar sólo a los militantes que ya estaban afiliados al partido seis meses antes de que se convocaran -a sabiendas que una buena parte de los nuevos miembros lo hacían indignados por el golpe contra Corbyn- y a los simpatizantes que pagaran una cuota de veinticinco libras, en lugar de tres, como en las anteriores primarias. Finalmente tuvieron derecho a votar 640.000 personas (343.500 militantes, 168.000 afiliados a sindicatos afines y 129,000 simpatizantes registrados), aunque lo hicieron 507.480.

Pero las acusaciones de juego sucio van de un lado a otro, y los partidarios de Owen Smith se quejan del clima hostil y “abusivo” generado por la gente de Corbyn, muchos de ellos miembros de Momentum, que ya tiene 18.000 miembros, activistas bregados en mil batallas y representados en algunos medios -como en el documental de la cadena ITV que hay a continuación- como si fueran un ejército de trotskistas empeñados en apoderarse del “alma del partido laborista”, como afirmaba hace unos días en la televisión Neil Kinnock, líder de los laboristas a finales de los ochenta y principios de los noventa.

Porque lo cierto es que muchos ex líderes laboristas están traumatizados con los años ochenta, en los que Thatcher campaba a sus anchas y el laborismo moraba en sus infinitos cuarteles de invierno, en una derrota que no solo fue política, sino también cultural. Fueron los años del líder izquierdista Michael Foot -bastón en mano seduciendo a los militantes, pero dejando fríos a los votantes más pragmáticos-, que empezaron con una escisión del ala europeísta y socialdemócrata del partido en 1981 y acabaron con una derrota histórica frente a Thatcher en 1983, la peor desde 1918. Nadie desde 1979 hasta la victoria de Tony Blair en 1997 consiguió que el laborismo retornara al poder en 18 años.

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Foto de Michael Foot en los ochenta/ GETTYIMAGES

Los dirigentes laboristas más importantes hasta la llegada de Corbyn han apoyado a Owen Smith, y también algunos de los más mediáticos actualmente, como el nuevo alcalde de Londres, Sadiq Khan. Y sin embargo, su campaña no ha terminado de cuajar. En medio ha hecho algunos comentarios sexistas en sus críticas a la primera ministra conservadora, Theresa May, y a otras líderes políticas. También se le ha criticado su trabajo como lobbyist en la farmacéutica Pfizer, como hacen en este otro vídeo de Novara Media.

A poca gente parece haberle importado demasiado su decidida apuestas por convocar un nuevo referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la UE. Y es que quizá el principal problema de Owen Smith es que ha sido el candidato de un sector del partido asociado con el establishment, con ese centro-izquierda tan moderado, tan moderado, que se ha quedado atrapado en una cosmogonía ideológica donde Tony Blair y David Cameron son casi dos caras de la misma moneda.

En ese contexto, el discurso antiausteridad de Corbyn ha conseguido mantener el apoyo de las bases, de la mayoría de los sindicatos e, incluso, de los aliados que se han mostrado relativamente críticos con él, como Owen Jones:

Y su apuesta por nacionalizar el servicio ferroviario, por poner la sanidad en manos exclusivamente públicas, por revitalizar los servicios de asistencia social, por democratizar la economía, suenan casi a ruptura, a reconexión con las comunidades obreras y con el precariado, como refleja este documental grabado por el director británico Ken Loach.

¿Y ahora, qué?

No está claro, sin embargo, que, a pesar de su victoria, Corbyn consiga unir al Partido Laborista, aunque en los últimos días haya tendido "una rama de olivo" a quienes intentaron acabar con su liderazgo. Sus críticos siguen calentando el ambiente, como hizo hace unos días Ed Balls, asesor de Gordon Brown y candidato a suceder a este como líder laborista hace unos años:

Ni siquiera es seguro que no se produzca una ruptura dentro del partido o alguna deserción a los más moderados liberal-demócratas, cuyo sector más progresista proviene precisamente de la escisión que hubo en laborismo británico en 1981. Pero en un plano político más amplio, está la pregunta de si en un mismo partido pueden convivir sensibilidades ideológicas tan diferentes. Hace unos días, la periodista Barbara Ellen, representante de ese ambiente londinense cultural y urbano con inclinaciones levemente progresistas, hacía una reflexión interesante en su columna para The Guardian:

"Corbyn y sus seguidores piensan con cierta arrogancia que los votantes más centristas y moderados del Partido Laborista siempre estarán ahí, protestando, quejándose, pero siempre ahí. Y eso no va a ser así, por lo que sé de mucha gente que conozco. Dicho de manera clara: si Corbyn gana, nos vamos, y nos llevamos nuestros votos con nosotros".

Y si esas sensibilidades ideológicas terminan en partidos diferentes -como de hecho ocurre en España-, ¿serán capaces de trabajar conjuntamente, aunque sea de manera circunstancial, para confrontar esas políticas derechistas cada vez más agresivas?

Pero también hay detrás de todo una pregunta casi filosófica que interpela con contundencia a la condición humana: ¿cuántas veces tiene que perder el que está acostumbrado a ganar para aceptar que ha perdido y ser leal en la derrota?

Nota del autor: la primera versión de este artículo ha sido ligeramente modificada para actualizarla con los resultados de las primarias laboristas.