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Nueve cosas por la que querrás estrenar tu coche... y no quedarte con el de tu madre

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COCHE_NUEVO
ISTOCK
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La primera vez que te lo dejó alucinaste. Significaba el colmo de la independencia para ti. Pero han pasado los años y ya no ves el viejo automóvil familiar con los mismos ojos. Le sigues teniendo cariño, sí, pero es evidente que vuestra relación se ha desgastado.

Ni él es el que era, ni tú tampoco. Le cuesta la misma vida arrancar por las mañanas, no tiene reprís y, lo peor, amenaza con dejarte tirado. Para colmo, siguen estando ahí esos pequeños detalles que antes te hacían gracia y ahora te pasas la vida escondiendo —¡ay como se te ocurra tocarlos!—, sobre todo cuando tienes ‘visita’. Repasemos:

1. Museo kitsch

De las cosas que recuerdas con más pesadumbre es montarte en el coche con 16 años sin que nadie hiciera nada por quitar de una vez la pegatina de “Bebé a bordo”. Pero es que, cuando fuiste tú el que se puso al volante, el cachondeo fue generalizado, agudizado por aquel tremendo adorno en el que junto a tu foto y la de tu hermana rezaba la leyenda: “Mamá, no corras”.

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2. El perro de la parte de atrás del coche

Dos décadas de traqueteo permanente y amortiguadores al límite no le han producido ni una contractura. Es lo que tienen los clásicos. Su movimiento de cuello se debe a leyes físicas inmutables, pero su constancia está comenzando a perder la gracia, sobre todo porque, y eso lo has descubierto con los años, cada décima de segundo emite un 'ruidito' que te pone enfermo. ¿Será por el tapete de encaje que tu abuela tejió para sus posaderas?

3. La guantera es una leonera

Cada cierto tiempo pasa lo peor. Algún amigo jugueteando abre la guantera y empiezan a caer al suelo del coche toda clase de objetos inverosímiles. A saber: una bayeta sucia, un mapa de carreteras de 1990, una cinta con chistes de Arévalo, una carpeta con papeles amarillos (¿el seguro de hace 15 años?), una caja con 'bombillitas', una linterna, un muñeca de Pin y Pon de tu hermana… Entonces, avergonzado, piensas en deshacerte de todo en la próxima papelera. Pero no, lo metes todo como puedes, cierras bruscamente y respiras.

4. Olores, qué dolores

Hasta donde te llega la memoria, este coche nunca ha olido bien. Primero el ‘fumeque’, muy propio, con o sin niños, de ‘aquellos maravillosos años’. Y luego el extraño mundo de los ambientadores. Y es que más de una vez te has planteado la posibilidad de llamar a Íker Jiménez para ver él si puede explicar por qué el pino de cartón que cuelga del retrovisor desde hace 20 años aún, de vez en cuando, te deleita con sus perfumes. Un Walking Dead nasal en toda regla.

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5. El santoral para los calendarios

Con todos los respetos, empiezas a estar cansado de viajar en un altar móvil. El San Cristóbal, patrón de los conductores (por si se te olvida), ya no hay quien lo despegue del salpicadero. Lo mismo que los tres imanes con sus respectivas vírgenes regionales y su mítica leyenda: “Yo conduzco, ella te guía”. Solo falta el San Pancracio con su perejil. ¡No des ideas!

6. Material pesado

Cuando a veces le cuesta subir la rampa del garaje, lo primero que te viene a la cabeza es qué pasaría si soltaras lastre. Y no, no nos referimos a tus amigos, sino a esa barra antirrobo de hierro macizo que sigue tirada debajo de tu asiento, o al recio radiocasete con asa que dejó de funcionar hace más de tres lustros. Pero que pesar, pesa lo suyo.

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7. ¡Esa manta!

Otra cosa no, pero nadie a estas alturas puede dudar de la calidad que atesora la manta roja de cuadros que campea a sus anchas por la parte de atrás desde tiempos inmemoriales. Y la verdad es que de algún apuro te ha sacado en pleno invierno, aunque empiezas a sospechar que actualmente no pasaría ningún control sanitario. Quizá, eso sí, sea ella sola, ahora que tiene cierta prestancia, la que decida partir a un lugar más higiénico, donde la traten con amor.

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8. Qué había en el fondo

Nunca entendiste qué demonios tenía que ver con el resto de la decoración. Aunque ahora que te has hecho fuerte en este habitáculo, comienzas a entenderlo todo. El complemento perfecto al museo kitsch que mueves de acá para allá cada día es ese pomo del cambio de marchas en resina transparente que esconde… ¡Un momento! ¿Qué rayos había dentro de lo que ahora es una bola amarilla y casi opaca? ¿Conchas?, ¿Insectos? ¡Puagghh…!

9. Por fin algo útil. Pero, ¿para qué servía?

Algunas noches sientes un extraño cosquilleo en la espalda que te mosquea. ¿Será del viejo respaldo de bolas que no te dejan quitar del asiento del conductor? Has escuchado tantas versiones sobre su utilidad que te has vuelto un poco escéptico. Que si masajea la espalda, que si es más fresquito para el verano… Y tú deseando que el perro de la parte de atrás del coche, en un descuido, le hinque el diente y salgan las bolitas rodando calle abajo.

UN CONSEJO

Amigo, todo tiene un final en la vida. Hay pequeñas cosas cotidianas que van mermando nuestras energías, que se entrometen en esa línea de astros cuya estela nos beneficia. Por eso, es el momento de cambiar de coche. Es más, de tener tu propio automóvil, uno más seguro, cómodo y potente, uno que cumpla de golpe y porrazo con tu sueño de sentirte a gusto en él. Tal vez todo lo que necesites sea decirle a tu madre que hay un Volkswagen Polo esperándote en el concesionario. Y que, eso, que todo tiene un final…

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