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Martin Schulz, el librero que cambió la política europea

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MARTIN
EFE
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A los alemanes no les gusta improvisar. Cuando se ven obligados a hacerlo, suelen tener un plan secreto bajo la manga, fieles al oxímoron: la mejor improvisación es la que no se da. Martin Schulz (Hehlrath, Alemania, 1955) ha sabido tejer una exitosa carrera política en la primera línea de la política europea, empezando desde bien abajo. Tras décadas de calculados pasos cortos, de eurodiputado raso a presidente del Parlamento Europeo, Schulz es una de las principales figuras que mueven los hilos de la política europea. Su retirada desplegará efectos todavía inciertos en Bruselas y Berlín.

Schulz no aspirará a un nuevo mandato en enero al frente de la única institución europea elegida directamente por los ciudadanos. Sus actuales planes pasan, según ha anunciado, por regresar a casa y presentarse a las elecciones alemanas el próximo otoño como cabeza de lista del partido socialdemócrata alemán (SPD) por el Land de Renania del Norte-Westfalia. En el aire queda la posibilidad de disputar a Sigmar Gabriel el liderazgo de su partido y a Merkel la todopoderosa cancillería alemana.

También se especula con su hipotético nombramiento como Ministro de Exteriores en el actual gobierno de coalición. La bajada de la cumbre europea podría llevar a Schulz a tomar otra más alta en Berlín, para algunos capital de facto de la Unión.

Una mañana de junio de 2014, semanas después de las elecciones europeas, se reunieron en la sede de Bruselas del Parlamento Europeo los diputados del Grupo Socialista, tanto los nuevos como los que no repetían. Gran concurrencia para escuchar a su candidato, Martin Schulz, dar cuenta de los resultados electorales. Los socialistas habían perdido los comicios -la mayoría simple en el Parlamento en esta legislatura corresponde al grupo popular, seguido por los socialistas- pero no fue aquella mañana un encuentro entre plañideras.

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Imagen de archivo de Juncker (izq) y Schulz (der)

El sueño de Schulz parecía algo más lejos ya que todo apuntaba a que sería Jean Claude Juncker, ex primer ministro de Luxemburgo y candidato de los populares en las elecciones europeas, quien estaba llamado a ser presidente de la Comisión Europea (ese era el compromiso que los líderes europeos habían aceptado: el candidato del partido ganador sería al que el Consejo propondría para ser elegido presidente de la Comisión Europea; un método novedoso, conocido como Spitzenkandidat, que, impulsado por el propio Schulz, terminaba con el sistema a puerta cerrada que había hasta el momento). Pero lejos de la autocrítica, este incombustible político alemán, que combina una merkeliana disciplina –escribe cada noche un par de páginas en su diario- con un fuerte carácter que en ocasiones no termina de controlar, les habló sin rodeos a los suyos: “Si no logro ser presidente de la Comisión, trataré de ser uno de sus vicepresidentes, o al menos comisario. Si no lo consigo seguiré siendo presidente del Parlamento Europeo”. Aplausos para el líder.

Si no logro ser presidente de la Comisión, trataré de ser uno de sus vicepresidentes, o al menos comisario. Si no lo consigo seguiré siendo presidente del Parlamento Europeo

La anécdota ilustra bien las adhesiones inquebrantables de las que ha gozado Schulz dentro del Grupo Socialista en la Eurocámara. Su inteligente manejo del poder y la proyección de su figura –aún más destacada teniendo en cuenta que quienes le han sucedido al frente del grupo socialista, el austriaco Hannes Swoboda y el italiano Gianni Pittella, no tienen su carisma- son las razones fundamentales de su gran capacidad aglutinadora.

Schulz ha sido fiel a su misión de dotar de la máxima visibilidad posible al Parlamento Europeo, convencido de que está llamado a ser el foro central para la discusión pública europea en el emergente proceso de politización que vive el continente. Frente a su
anodino predecesor –el polaco conservador, Jerzy Buzek- Schulz ha mantenido un perfil propio en los asuntos más candentes con los que la Unión ha tenido que lidiar en el último tiempo. Desde el acuerdo con Turquía para lidiar con la crisis de refugiados a las negociaciones del Brexit y más reciente con el bloqueo de la firma del CETA, emergiendo como improvisado conciliador entre unos y otros y reuniéndose después con el primer ministro de Canadá a su paso por Bruselas.

Schulz ha servido también de paragolpes de la Comisión Europea y en especial de su presidente, Jean Claude Juncker, cuestionado por algunos gobiernos por su ímpetu comunitario. Frente a la Europa de los gobiernos, Schulz ha defendido el papel de las instituciones supranacionales como vertebradoras del interés general. Y también ha denunciado frecuentemente la incapacidad de los populismos, que quieren todo o nada, para solucionar los problemas de los ciudadanos, como explicaba en esta entrevista con El Huffington Post en junio de 2015.

Schulz llegó a la Eurocámara en 1994 tras la gestión de diez años de su propia librería en Würselen, una localidad de 40.000 habitantes cerca de Aquisgrán, y una historia de traumas y superación personal en las espaldas, con la amenaza del alcoholismo
incluida. Una lesión prematura en la rodilla le apartó de su primer sueño: el fútbol. “De un día para otro, fracasé en mis estudios y el fútbol se terminó y entonces me sumergí en una crisis profunda y empecé a beber mucho”, reconocía en una conversación con el Financial Times en Estrasburgo hace tres años.

Desde los 18 años militó en el SPD y se dedicó a la política municipal llegando a ser uno de los alcaldes más jóvenes de Alemania. Con orígenes humildes, Schulz heredó la política en su casa. Su madre fundó una sección local del conservador CDU y su padre, de familia minera, fundó una agrupación local del SPD. “Fueron sobre todo mis hermanos mayores quienes defendían que uno no debía permanecer ajeno a las cuestiones políticas y sociales”, reconoce Schulz en su libro Europa: la última oportunidad (RBA Libros, 2013).

Sigue teniendo validez la idea de que Alemania es demasiado grande para Europa y demasiado pequeña para el mundo

Su carrera ascendente en la Eurocámara refleja bien la forma estratégica con la que los alemanes proyectan su influencia en la Unión Europea. Frente al desinterés que la mayoría de partidos nacionales europeos muestran por la actividad de sus europarlamentarios en Bruselas y Estrasburgo, los dos grandes partidos alemanes, el SPD y la CDU, suelen mantener durante varias legislaturas a sus eurodiputados, convencidos de que sólo el tiempo les puede hacer crecer en la Eurocámara y posicionarse con fuerza en el entramado de la política europea. Schulz fue diputado raso durante diez años hasta que ascendió a líder del grupo socialista en 2004. Desde entonces hasta ahora, de forma directa o a través de una indiscutida influencia sobre los líderes que le han sucedido, ha dominado la política socialdemócrata en la Eurocámara.

“Los alemanes debemos tener en cuenta esta mezcla de miedo y admiración cuando hacemos política europea, pues sigue teniendo validez la idea de que Alemania es demasiado grande para Europa y demasiado pequeña para el mundo”, reconoce Schulz en su libro. Sin embargo, los críticos con su gestión le recuerdan que a menudo se ha servido de una indisimulada promoción de sus fieles, la mayoría alemanes, para los puesto de responsabilidad en la Eurocámara. Fue polémica su decisión de hace unos meses de promocionar a su histórico colaborador y jefe de gabinete, Markus Winkler, originario también de Würsellen, como secretario general adjunto, en una unidad encabezada a su vez por otro alemán, Klaus Welle. La promoción de Winkler
propició un choque con los socialistas españoles que aspiraban a situar a Marco Aguiriano, un funcionario de larga trayectoria en la casa, para el mismo puesto.

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El ministro de Asuntos Exteriores de España, Alfonso Dastis, con Martin Schulz el pasado lunes

Su prolongado paso por la presidencia de la cámara da una idea del poder que maneja Martin Schulz. La norma no escrita establece que los presidentes ocupan ese cargo por un máximo de media legislatura, es decir dos años y medio. En enero Schulz cumplirá cinco al frente del Parlamento, más que ninguno de sus predecesores, y ha estado muy cerca de continuar por otros dos años y medio. Pero las cuentas parece que no salían.

La elección del presidente de la cámara se realiza por voto secreto (será en Estrasburgo el 17 de enero) y Schulz no ha querido tomar el riesgo de salir derrotado de una institución en la que está acostumbrado a ganar.

La jugada fallida para continuar –que incluyó la promoción del liberal Guy Verhofstadt como negociador del parlamento para el Brexit, un movimiento que de facto le ha neutralizado para aspirar a la presidencia del parlamento– se apoyaba en un argumento que ahora los socialistas seguirán manejando para tratar de poner a uno de los suyos como sucesor de Schulz. Los presidentes del Consejo Europeo y la Comisión Europea son conservadores por lo que se debe mantener un contrapeso socialista en el parlamento, tal y como acordaron los líderes europeos al inicio de legislatura.

Despejados los rumores sobre los planes políticos de Martin Schulz, el runrún favorito de los pasillos del Parlamento durante los últimos dos años, se abre una nueva fase en La política europea. El vacío de poder que dejará el alemán genera algunas cuestiones fundamentales. Dos de ellas. ¿Se repetirá el sistema de candidatos paneuropeos para presidir la Comisión Europea, conocido como Spitzenkandidat, para las próximas elecciones europeas en 2019? ¿Cómo afectará la partida de Schulz a la estabilidad de la Comisión Europea y en especial a la de su presidente, Jean Claude Juncker, frecuentemente cuestionado por algunos gobiernos de la Unión y siempre apoyado por su fiel aliado Martin Schulz para seguir al frente del ejecutivo comunitario?

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