Cómo nuestras elecciones a la hora de comer impactan en el medioambiente

De la granja a la mesa.

21/03/2017 09:23 CET | Actualizado 23/03/2017 10:15 CET

Fuera la carne. Fuera los lácteos. Durante años, las Naciones Unidas han alzado la voz y sugerido el abandono total de la carne y los lácteos. Todo para salvar el planeta. Pero para los amantes de estos alimentos no es tan sencillo.

A medida que la población crece, el cambio climático y la degradación ambiental continúan incrementándose; cambiar nuestras prácticas ganaderas podría ser la respuesta a estos problemas. Según el Food Ethics Council, la agricultura es responsable del 30% de las emisiones globales de dióxido de carbono, siendo la carne de vacuno (41%) y la cabaña lechera (19%) las que inciden de forma mayoritaria. Y no son solo los animales. El ratio de crecimiento de las cosechas está disminuyendo —especialmente el de trigo—, por lo que están surgiendo preguntas sobre si la producción alimentaria será capaz de satisfacer la demanda.

Además, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha declarado que las otras principales fuentes de emisiones son la producción y el tratamiento de piensos, la fermentación entérica de rumiantes y la descomposición de fertilizante.

Así que la gran pregunta es: ¿Cómo podemos producir de forma sostenible una cantidad suficiente de comida para una población que podría alcanzar los 9 billones en 2050? Algunos científicos predicen que necesitaremos alrededor de entre un 70% y un 100% más de comida llegados a ese punto.

Parece que la respuesta reside en los avances tecnológicos y en la reducción del consumo.

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No es un secreto que la producción de carne genera una altísima huella de carbono. A escala global, la gente consume alrededor de 34 kilos de carne por persona al año, según una investigación de la Organización para la cooperación y el desarrollo económicos. Con una población en expansión, puede que la utilización de terrenos masivos para la actividad agrícola no sean una opción. Por eso la agricultura vertical está al alza. La primera granja vertical con propósitos comerciales se puso en marcha en 2012 en Singapur, permitiendo la producción interior de verduras de tallo corto durante todo el año. El Reino Unido está siguiendo este ejemplo.

Growing Underground transformó recientemente un refugio de la Segunda Guerra Mundial en Londres en una granja hidropónica (utilizar disoluciones minerales en lugar de suelo agrícola), produciendo una amplia variedad de plantas consumibles. En lo que se refiere a la carne, actualmente se están desarrollando alternativas como productos en los que los vegetales son el componente principal o células animales y tejidos cultivados. Después de debutar en Estados Unidos este año a través de la compañía Impossible Foods, no tardarán en llegar a las tiendas europeas.

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Otra de las alternativas es la agricultura orgánica. El exceso de utilización de fertilizantes es una de las mayores causas de contaminación en nuestros océanos. A día de hoy, alrededor de un 1% del campo de cultivo global se destina a la práctica orgánica, mientras que el 94% de la agricultura en Europa es convencional.

Muchos agricultures se muestran reacios ante los tres años que son necesarios para mostrar resultados después de cambiar el uso de pesticidas y dudan que valga la pena la inversión económica. Sin embargo, la investigación confirma que la agricultura orgánica genera más beneficios y cosechas producidas de una forma más sana.

Para que la sostenibilidad triunfe se necesita estabilidad. Según la Comisión Europea, existen más de 186.000 granjas ecológicas en toda la UE. Un informe reciente titulado Agricultura orgánica en el siglo XXI confirmó que este método de producción genera menos contaminación, tanto terrestre como en el agua, y produce menos emisiones de dióxido de carbono; además es más eficiente energéticamente. A día de hoy Francia es el mayor productor agrícola de la Unión Europea, por lo que se han propuesto duplicar su número de granjas orgánicas en 2017.

Los consumidores continúan reclamando cambios. El gasto en productos responsables —incluyendo orgánicos, de comercio justo, de cría en libertad y alimentos libres— contabilizó 8,4 billones de libras en Reino Unido en 2013, lo que supone el 8,5% del gasto total de los hogares en comida.

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La comunidad científica ha predecido que los cambios en la temperatura global y en el patrón de las precipitaciones podrían traducirse en un aumento del precio de la comida entre un 3% y un 84% en 2050.

Así que, ¿cómo podemos nosotros pensar seriamente en alimentación sostenible en 2017? Intenta limitar tu consumo de carne y lácteos a la semana. Con las múltiples alternativas que ofrece el mercado como leche de almendra o soja, no debería ser una tarea difícil. Además, intenta comprar productos como fruta fresca y verduras en el mercado, o lo que es mejor, intenta cosechar tus propios vegetales.

Es importante recordar que nuestras elecciones alimentarias son parte de una fotografía mayor y todos necesitamos asumir responsabilidades, empezando ya.

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