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La ridícula muerte del sastre austriaco que se creyó Batman

Franz Reichelt trató de demostrar desde la Torre Eiffel que había inventado el paracaídas perfecto... y no.

10/04/2017 14:46 CEST | Actualizado 13/04/2017 11:17 CEST

Son 40 segundos angustiosos. Un hombre se sube a una frágil banqueta, da un paso y se queda apoyado sobre una barandilla. Al fondo, un vacío de 52 metros. Un abismo. Posa los pies sobre la estructura, se para y mira hacia abajo. Lleva gorra, luce un frondoso mostacho y, adosada a su espalda, porta una estructura imposible cubierta de tela. El espectador supone —quiere creer— que ese armatoste es una suerte de paracaídas que se abrirá milagrosamente cuando el arrojado personaje se precipite al vacío. Pero para llegar al desenlace deben pasar esos 40 segundos: el hombre da pequeños pasos, desesperadamente indeciso. Por fin se lanza.

Su nombre era Franz Reichelt, tenía 33 años y su salto figura en las tristes listas que recogen las muertes más absurdas de la historia. No es para menos. El 4 de febrero de 1912, este sastre de origen austriaco se empeñó en demostrar al mundo que su paracaídas con forma de murciélago permitiría, según su desatinado juicio, tocar tierra de forma suave tras lanzarse desde desde los 52 metros de altura a los que estaba situado el primer módulo de la Torre Eiffel.

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Reichelt aspiraba a ser el Leonardo Da Vinci del siglo XX y se quedó más cerca del poeta chino Li Po, quien murió ahogado en el río Yangt-ze al intentar abrazar el reflejo de la luna en el agua. Antes de protagonizar el salto, el sastre austriaco hizo unas pruebas con maniquí. El experimento debería haber servido de advertencia: el muñeco se estampó contra el suelo. Lejos de amedrentarse, Reichelt se aferró a la excusa de que el maniquí no había podido abrir los brazos durante la caída. Con un hombre hubiera ido todo de maravilla, defendió.

Lanzarse desde la primera plataforma de la Torre Eiffel no fue sencillo. La Policía de París ya estaba acostumbrada a que el edificio más popular de la capital francesa ejerciese de imán para los suicidas. Pruebas como las que proponía el austriaco estaban terminantemente prohibidas.

Pero no hay nada que no solucione una mentira: el sastre aseguró que realizaría el ensayo con un muñeco. Recibió el visto bueno de las autoridades parisinas, que se quedaron perplejas cuando se percataron de que en la plataforma no había ningún muñeco, sino el propio Reichelt.

De nada valieron los intentos de los espectadores, amigos y periodistas allí congregados para hacer cambiar de opinión al austriaco. "Quiero probar el experimento yo mismo, sin engaños. Tengo la intención de demostrar lo valioso de mi invención", comentó con absoluta confianza.

Una cámara de vídeo lo registró todo: cómo Reichelt se coloca su invento, transformándose en una Batman de principios de siglo. Cómo el austriaco subió a la plataforma sin demasiada confianza. Cómo en los segundos previos se queda bloqueado, pensando tal vez que su gran invento podía fallar. Cómo se lanza al vacío. Cómo el cuerpo cae a plomo y revienta, literalmente, sobre el suelo.

La crónica publicada por Le Petit Parisien detalló que la pierna y el brazo derecho de Franz Reichelt quedaron destrozados por el impacto. Se rompió el cráneo y la columna vertebral y, al ir a socorrerlo, los espectadores comprobaron cómo sangraba profusamente por la boca, la nariz y los oídos. Le Figaro relató cómo los ojos de Reichelt estaban "muy abiertos, dilatados por el terror".

El impacto dejó un agujero en el suelo de 15 centímetros de profundidad. La distancia entre el éxito y el más mortal de los fracasos.

Le Petit Parisien

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