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La lección de Huchy, una jubilada que enseña a leer a mujeres analfabetas

No pisó una escuela hasta los 11 años, pero ahora enseña a leer a aquellas que no pudieron aprender cuando eran niñas.

11/04/2017 19:07 CEST | Actualizado 16/04/2017 21:44 CEST
Raúl Solís

Es jueves a media mañana. Tres mujeres septuagenarias caminan por una calle empedrada del casco histórico de Córdoba camino de la escuela a la que no pudieron nunca ir o de la que fueron sacadas a la edad de hacer la primera comunión. Con sus manos llenas de surcos de arrugas, sujetan una carpeta con los lápices, libros y cuadernos que les arrebataron para mandarlas a hacer trabajos de adultos, en una España que veía en una mujer a una niñera pero nunca a una persona con derecho a llegar tan lejos como le permitiera su talento.

De aquel pasado cruel con las mujeres, especialmente con las nacidas en estirpes pobres y rurales, son producto estas tres mujeres que llaman al timbre de Huchy, una jubilada que dedica dos mañanas a la semana a ser maestra y enseñar a mujeres de su edad todo lo que ella aprendió en la escuela. Las alumnas han tenido vidas menos agraciadas que la maestra, pero conservan intacta la ilusión por saber.

Paqui, Araceli y María llaman al timbre de Huchy y ésta les abre con un abrazo caluroso: "¡Buenos días, mis niñas guapas!", dice esta maestra particular que aprendió a leer de la mano de su padre, un obrero ferroviario que reunía todas las noches en su casa, después de trabajar, a jornaleros para enseñarles a leer, escribir, sumar, restar, dividir y multiplicar y, sobre todo, a tener los ojos bien abiertos para defenderse de la explotación en una Andalucía de posguerra con superávit de pobreza y analfabetismo.

Huchy enseña a leer a tres mujeres a las que arrebataron sus lápices y cuadernos para mandarlas a hacer trabajos de adultos.

Aquella niña, que antes de llegar los jornaleros a casa ya había recibido la lección de su padre, pensaba que saber leer era un hecho paranormal: "Yo veía llegar a tanta gente a mi casa que pensaba que leer era maravilloso", recuerda Huchy, vitalista, tierna, generosa y entrañable como ella sola.

Esta mujer, que hoy sigue el legado de su padre, enseña a tres mujeres que forman parte de la cifra de 840.000 analfabetos que hay en España, de los cuales el 70% son mujeres. Huchy no pisó una escuela formal hasta que tuvo 11 años debido al trabajo de ferroviario de su padre, quien vivía con toda su familia en una de las muchas casas de obreros de RENFE en medio de las líneas de ferrocarril.

Aquella niña que veía pasar los trenes, pero que nunca era ella la que viajaba, consiguió una beca con 12 años para estudiar bachiller en la ciudad, lo que le permitió sacar un billete para viajar a mundos impensables y abandonar la vida en medio del ferrocarril. Su padre la preparó para hacer un examen de convalidación de los estudios primarios y poder así estudiar bachiller. Huchy estudiaría con éxito bachillerato y se sacaría unas oposiciones para la administración franquista, puesto del que fue expulsada cuando se casó porque la ley no permitía que una mujer estuviera casada y tuviera un puesto de funcionaria.

"Podíamos ser limpiadoras o telefonistas, pero no oficiales", señala Huchy, quien iría años más tarde, ya casada y con hijos, a la universidad a estudiar Derecho y Graduado Social y se sacaría por segunda vez una plaza de funcionaria, esta vez en la Junta de Andalucía, para siempre y compatible con su matrimonio.

Raúl Solís

Jubilada hace dos años y cuando ya había subvertido todas las normas machistas que le intentaron vetar el acceso a un trabajo con el que ha podido ser independiente económicamente y desarrollarse como persona, Huchy se enteró días antes del júbilo de que buscaban a una monitora para alfabetizar a personas mayores, la tarea que su padre ejerció con ella y que le ha valido ser una mujer libre.

Ella, que tanto peleó por estudiar para saltarse todos los muros que Franco levantó contra las mujeres, cuenta que no se hubiera perdonado que una sola mujer se quedara sin aprender a leer si de ella dependía. Sin ser maestra, ahora Huchy enseña sencillos problemas matemáticos, elabora fichas de caligrafía, compra libros de lectura que sus alumnas se van pasando unas a otras y las apunta a actividades culturales que se organizan en la ciudad.

A Huchy le emociona enseñar y no lo disimula. A Aracely, María y Paqui les encanta aprender y también se les nota. Es difícil no emocionarse al verlas abrir sus libretas, sacar sus lápices, escribir dictados, leer poesía en voz alta e intentar resolver problemas matemáticos que ya han resuelto infinidad de veces en la vida real.

Huchy saca de una carpeta marrón de cuero las fichas que ha hecho a mano con caligrafía perfecta y que ha fotocopiado en la papelería de al lado de casa antes de que llegaran sus alumnas. La maestra hace un alto en el camino y avisa: "Falta nuestra Cloty, que no ha podido venir hoy. Tiene 82 años y me gustaría que vieras lo bien que lee", resalta esta maestra voluntaria que coge las manos a sus alumnas para hacerlas sentir seguras cuando leen en voz alta en el salón de su casa convertido en aula.

Yo pasaba por el colegio y lloraba porque no podía entrar.

María tiene 72 años y nunca fue a la escuela. Es menuda, habla bajito como con miedo a molestar, sonríe y se le ilumina la cara cuando Huchy le dice lo bien que ha leído. Con siete años, ya estaba de rodillas fregando los suelos de una casa solariega de un rico de su pueblo. Mientras limpiaba los suelos a mano, cuidaba al primer hijo de la familia adinerada que le pagaba grandes salarios de desprecio y humillación por ser mujer e hija de una familia pobre de solemnidad.

"Yo pasaba por el colegio y lloraba porque no podía entrar", rememora con entonación desgarradora esta señora que se ha tirado toda su vida prometiéndose que algún día aprendería a leer y escribir. "Yo buscaba escuelas para mayores pero no encontraba ninguna", se lamenta.

Es evidente que Huchy tiene predilección por María. Ayer la envió a un recital de poesía a leer delante de un centenar de personas que rompieron emocionados a aplaudir cuando María se confesó: "No he leído nunca en público y sólo sé leer desde hace poquito", avisó antes de leer el poema Fuerzas, montañas, grandezas de la mexicana Nellie Campobello. En la clase de hoy vuelve a leer la poesía y nadie diría que esta mujer hace unos meses no sabía leer absolutamente nada.

María, que ha fregado de rodillas por encima de la salud de sus huesos y que afirma que "me hubiese gustado ser hombre para ser libre y hacer lo que me diera la gana", se ha vengado de quienes la pusieron a fregar cuando tenía edad de aprender a leer y escribir: "Tengo tres hijos y los tres son profesores, uno de Inglés, otro de Filosofía y otra de Historia", apostilla en su precioso andaluz de palabras sencillas, lleno de ternura y con el que relata su dura biografía, que es también la de cientos de mujeres de posguerra que, por no poder, no pudieron ni abrirse una cuenta en el banco sin la firma de su marido, su padre o su tutor.

Raúl Solís

Sentada a la derecha de la maestra está Araceli, a quien pusieron a trabajar a los ocho años en una carpintería, en una fábrica de membrillo y a "coser para la calle", que es la forma que toda la vida han utilizado las mujeres para explicar que eran modistas: sin salario fijo, sin alta en la Seguridad Social, sin días de descanso y sin reconocimiento ninguno.

Araceli saca El libro de las parturientas de Matilde Cabello, del que todos los días se lee unas cinco o seis páginas y que es el primer libro de su vida. Todo un reto para quien hace sólo unos meses no había abierto nunca un libro para otra cosa que no fuera limpiarle el polvo o cambiarlo de estantería. Como la protagonista del libro que está leyendo, Araceli también fue una niña pobre a la que pusieron a 'servir' antes de hacer la primera comunión.

'Servir', en el idioma de las mujeres mayores de 65 años nacidas en cunas poco afortunadas del sur de España, significa fregar de rodillas, que los jefes pongan a prueba su honradez tirando monedas debajo de las camas, cobrar el salario en un trozo de pan duro o no poder mirar a los ojos de quienes cada día le recordaban que el suelo era su techo de cristal.

Paqui, la otra alumna de Huchy, es la rebelde de la clase: "Yo no traigo los deberes", afirma encogiéndose de hombros. "No pasa nada, mujer, ahora leemos lo que no hayas leído en casa", le calma Huchy, que en su método pedagógico usa referencias femeninas para que sus alumnas sepan que el mundo también ha estado protagonizado por mujeres.

Huchy ha decretado el final de la clase por hoy. Las alumnas cierran sus cuadernos, guardan sus lápices en sus estuches de tela y lo meten todo en sus carpetas. Ninguna de ellas, salvo la maestra, ha pronunciado en su vida la palabra "feminismo", pero saben que están ajustando cuentas con quienes, negándoles la oportunidad de ir a la escuela, las condenaron a ser dependientes de un hombre, mujeres pobres, con trabajos informales, pensiones bajas y sin herramientas para ser todo lo libre que les hubiera dado la gana de ser.

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