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Entrevista a Luis Suárez-Carreño: "Los torturadores querían romperme"

Primera víctima franquista que se querella contra policías de la dictadura

22/06/2017 07:36 CEST | Actualizado 22/06/2017 07:36 CEST
CARLOS PINA
Luis Suárez-Carreño, fotografiado en su casa de Madrid.

Luis Suárez-Carreño (1949) habla con serenidad, sin atisbo de rabia en su voz, sin autocompasión. Lo que empapa cada una de sus palabras es otra cosa: un intenso deseo de justicia, para él mismo, pero sobre todo para la sociedad española que vio pisoteados sus derechos más básicos por el franquismo y que, con la Transición, se dejó algunas deudas importantes por resarcir.

En la mañana del miércoles, Suárez-Carreño se convirtió en la primera víctima de la dictadura que ha presentado una querella individual en España contra tres miembros de la Brigada Político Social creada en tiempos de Francisco Franco, a los que acusa de crímenes de lesa humanidad por las torturas que le infligieron durante las dos detenciones que sufrió en los años 70. Los nombres de aquellos inspectores son Juan Antonio González Pacheco, más conocido por su alias, Billy el Niño, Manuel Gómez Sandoval y Tomás Nieto Berrocal.

Según relata en una entrevista con El HuffPost, fue arrestado en 1970 y en 1973. En ambos casos, por la misma brigada y con un procesamiento posterior en el Tribunal de Orden Público. Su delito era ser miembro de la Liga Comunista Revolucionaria. Fue acusado de asociación ilícita y propaganda ilegal.

Durante su confinamiento inicial, lo tuvieron tres días en la Dirección General de Seguridad, en la madrileña Puerta del Sol, en el mismo edificio del famoso reloj de Nochevieja y donde hoy está la sede del Gobierno regional de Madrid, la Real Casa de Correos. Salió indultado, pero ya con su primera dosis de torturas en el cuerpo, aunque no logró documentación en la que quede claro quién fue quien se encargó de golpearlo y amenazarlo.

De su segundo arresto, en el mismo siniestro lugar, sí tiene documentos, y nombres, los que le han permitido ahora denunciar aquellas 72 horas terribles, el tiempo máximo que se permitía entonces para un arresto ordinario. Suficiente tiempo para sufrir. Le pidieron diez años de pena, lo condenaron a cuatro años y dos meses y acabó cumpliendo tres en la cárcel de Carabanchel.

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Firme, Luis Suárez-Carreño enumera las vejaciones a las que lo sometieron durante ambas detenciones. "En realidad lo que nos hacían a unos y a otros era bastante parecido, por lo que he ido sabiendo con el tiempo. Yo hay cosas que recuerdo, otras que he borrado de mi mente... Usaban muchas técnicas orientadas básicamente a rompernos, querían romperme. Te daban golpes en las plantas de los pies, me las destrozaron, y te obligaban a caminar en cuclillas por la sala de tortura, mucho tiempo. Esto facilitaba que te hundieras por el dolor y el agotamiento. Además, aunque era verano [fue detenido un 30 de junio], te ponían ropa de invierno, gruesa, con lo que pasabas mucho calor, pero a ellos les venía bien porque en el cuerpo te quedaban menos marcas de las palizas", explica.

Te daban golpes en las plantas de los pies, me las destrozaron, y te obligaban a caminar en cuclillas por la sala de tortura, mucho tiempo. Esto facilitaba que te hundieras por el dolor y el agotamiento

Destaca sobre todo la sensación de irrealidad que le generaban los golpes, el "desconcierto". "Llega un momento en el que no tienes claro dónde estás siquiera, no te queda ni el sentido del tiempo. Cuando parecía que se habían ido a por otro detenido o que te iban a dejar dormir un poco en tu calabozo venían y te llevaban otra vez, justo cuando pensabas que ibas a dormir", relata.

A todo eso hay que sumarle la presión psicológica "cuando te decían lo que le iba a pasar a otros compañeros o lo que se supone que habían dicho ellos de ti... Querían hacerte sentir culpable". Lo peor fue que su esposa, con 18 años, "casi una niña", había sido detenida junto a él, por lo que también lo torturaban diciéndole lo que le estaban haciendo a ella. "Cuando me bajaban y mi mujer escuchaba pasos, pensaba que era yo y gritaba. Lo único que podíamos hacer era eso, gritarnos", rememora.

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EFE
Juan Antonio González Pacheco, alias Billy el Niño, uno de los denunciados por torturas.

Eso es lo que le hacía, entre otros, Billy el Niño, ya condenado por ejemplo, en 1974, por los malos tratos y las coacciones a que sometió al periodista Paco Lobatón, otra de sus víctimas. Suárez-Carreño reconoce que era una figura que destacaba entre los que daban palizas, por su "disfrute", no como si fuera simple obediencia debida. "La izquierda de ese momento lo supo bien", resume.

¿Y cómo se vive con lo que pasó en esa Puerta del Sol? "Pues uno lo mete en el cajón y trata de no removerlo mucho, como esas fotos viejas que no miras para no ponerte melancólico. Prácticamente nunca he hablado de lo que me pasó, ni con mis hijos casi". ¿Quedaron secuelas? "Físicas, no sé, hay alguna cosa que podría venir de allá, pero es difícil saber a estas alturas de mi vida. Psíquicas... No creo que esté traumatizado, pero sí he estado todo este tiempo frustrado por la falta de justicia, eso es un lastre. Pero sí, hay cosas que no las puedo olvidar".

EL CARPETAZO DE LA TRANSICIÓN

Luis se sabe afortunado por haber estado pocos años en la cárcel. Escapó de la pesadilla y la vida siguió. Arquitecto, urbanista, ha dado clases en la universidad, se ha dedicado a tareas de cooperación internacional y ha trabajado en países como Nicaragua o Palestina, reconoce que en el contexto de una España mutante sentía una "gran esperanza" por el fin del franquismo. "Había mucha energía, mucha movilización, mucha ilusión, pero la Transición al final fue una frustración, ese anhelo de cambio profundo y de libertades se truncó por unos pactos que mantuvieron el aparato del Estado", se duele.

Esa estructura aún viva, que fue mudando el piel, conservó mucho tiempo a quien cometió o aceptó una serie de crímenes que hoy "siguen latentes". "Se creó un agujero de impunidad", sostiene. No se siguió el ejemplo del vecino Portugal. "Aquí hasta los partidos antifranquistas, como el comunista o el socialista, consolidaron el estado de injusticia y olvido y los que no estábamos de acuerdo, los que sabemos porque sufrimos, nos quedamos en el ostracismo, en un pequeño refugio".

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Sin embargo, décadas después y tras una "travesía del desierto" en la que parecía que los golpes estaban curados y los delitos, perdonados, ha resurgido en los tribunales la causa de aquellas víctimas. Hay, apunta este madrileño, gente joven que empuja desde el movimiento de la recuperación de la memoria histórica y que no se siente "hipotecada" por aquellos pactos posfranquistas. Gracias a ese empuje y a su propia insistencia ha surgido su denuncia, "se ha removido ese silencio tácito", en sus palabras.

El objetivo es doble: ganar en los tribunales contra quienes lo torturaron y, a la vez, dejar un testimonio vivo, en palabras calientes, de lo que pasó. Porque hay que hablar, repite, cuando todavía, hace apenas unas semanas, se dan casos como el de uno de sus compañeros, muerto a consecuencia de las lesiones que las palizas le acarrearon de por vida. "Es casi la última oportunidad que tenemos", insiste.

LAS DENUNCIAS, EN PLURAL

El caso de Suárez-Carreño es el primero que se formaliza como denuncia, pero vendrán más, "una decena más o menos", afina, que están ya siendo preparadas. Todo, con el respaldo de la Coordinadora Estatal de Apoyo a la Querella Argentina contra los Crímenes del Franquismo (CEAQUA). La decisión de ir a la justicia, que nunca descartó, se reavivó hace seis años a causa de la llamada querella argentina: después de que en nuestro país las víctimas del franquismo se encontrasen con todas las puertas cerradas, se abrió esta vía con la que, aplicando la jurisdicción universal y las leyes contra delitos de lesa humanidad, se podía perseguir a quienes mataron, torturaron y vejaron a tantos españoles.

"Cuando vimos que el proceso en Argentina avanzaba, pensamos que era el momento de tocar otra vez la puerta aquí", explica el primer querellante. El "nuevo clima de memoria", entiende, está ayudando a que resurjan estas violaciones de derechos, que deberían estar protegidas internacionalmente y que, en España, quedaron sepultadas por la Ley de Amnistía de 1977. La pelea de sus abogados es que se demuestre el delito de tortura (artículo 607 bis del Código Penal) que, según el derecho internacional, no prescribe. Si se catalogan sus malos tratos como crimen de lesa humanidad, la amnistía no protegería a los tres inspectores denunciados, no sería válida, dicen sus letrados. "Es la jurisdicción universal que se implantó en los juicios de Núremberg", abunda Luis. Ahora hay que esperar a que el juez de instrucción reparta el caso, que un juez titular asuma la denuncia, que la tramite...

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La pelea no sólo está en los juzgados, sino en el Congreso: las víctimas están batallando para que los grupos parlamentarios anulen la ley de amnistía o para que, al menos, se añada una matización en el Código Penal que diga que no es aplicable a los delitos contra la humanidad. Además, ayuntamientos del cambio como los de Pamplona y Vitoria ya han emprendido, por su cuenta, iniciativas penales contra crímenes del franquismo.

El lugar de la bilis lo ocupa en Suárez-Carreño la esperanza con que afronta todo este proceso. Porque, remarca, no es sólo su denuncia, "que ojalá sirva para que se paguen los delitos", sino la limpieza figurada que supone, necesaria para "que haya una democracia saludable, plena, que reconozca su historia, en la que se dialogue de lo ocurrido como se ha hecho en Alemania. No puede quedar gente viviendo en la impunidad como no puede avanzar un país que no reconoce abiertamente su peor pasado para no repetirlo". Como dice, al fin enfático, "queremos inocular a la sociedad la necesidad de la memoria".

La suya aún se subleva, casi 50 años después. Y su grito pide justicia.

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