¿Por qué son tan diferentes los hermanos?

21/06/2017 14:06 CEST | Actualizado 26/06/2017 09:58 CEST

Tienes tu primer hijo. Todo es aprendizaje durante el primer año de vida, cuando tienen lugar todos los grandes cambios: las revueltas primeras semanas, los dientes, las noches que no duermes y aprendes a vivir como un zombie sin problema, el pañal, las primeras palabras, cuando comienza a andar... Todo va generando una "experiencia" que como padre primerizo te hace crecerte de orgullo, creerte que te has llenado de sabiduría y decir: "Ya sé qué hay que hacer si tengo más".

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¡Error! Es una gran trampa pensar que "ya sabes". Porque no, no sabes. Conoces lo que hacer con ese primer hijo que te ha llenado de vivencias de las que has aprendido pero... qué lejos estás de saber lo que hacer con el siguiente.

Cuando llega el segundo, lo recibes con esa crecida experiencia y comienzas a hacer las mismas cosas que hacías y que aprendiste muy bien con el primero. Y de repente, nada funciona. Mi hija mayor durmió al mes y medio toda la noche; mi hijo tardó tres años en dormir seguido. Mi hija comía estupendamente; mi hijo no toleraba mi leche y le costaba comer. Mi hija era revuelta y movida, alegre y rápida; mi hijo es tranquilo, pausado, concienzudo. Mi hija es creativa y desordenada; mi hijo es organizado, metódico y pensador. A mi hija le gusta salir, relacionarse, hacer cosas nuevas; a mi hijo le gusta estar con grupos pequeños de gente, estar en casa, a veces jugar solo. Y así podría seguir hasta el infinito. Y no es que una cosa sea mejor que otra, es que simplemente es diferente y la diferencia ¡se nota! Porque te habías acostumbrado a unas cosas y no hay cosa que dé más tranquilidad a nuestra cabeza que lo conocido.

Y es entonces cuando te preguntas: "¿Por qué son tan diferentes? ¡Ahhhhhhh!"

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Entre las pocas cosas que tienen mis hijos en común, hay una que sí comparten, a pesar de lo dispares que son sus gustos y preferencias. Ambos tienen entre sus personajes preferidos a los Minions, esas graciosas criaturas amarillas que forman parte de su niñez desde que tienen uso de razón. Precisamente, las nuevas aventuras de los Minions, las de la tercera entrega de Gru, mi villano favorito que se estrena el próximo día 30, me sirven para ilustrar las diferencias entre mis hijos.

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Desde que se proyectó la primera de las películas, hemos visto crecer a las tres encantadoras hijas de Gru: Margo, Agnes y Edith —qué tanto me recuerdan en ocasiones a mi hija—. A pesar de ser hermanas, nada tienen que ver entre ellas. Una es madura y lógica; la otra es valiente y fantasiosa; y la pequeña es inocente y cariñosa. Pero las tres forman un genial equipo, y se complementan y apoyan unas a otras. Las tres se hacen querer y las tres son capaces de encantar al espectador.

Y esto, efectivamente, es lo que les pasa a mis hijos. Porque entonces, igual que con las niñas de Gru, ocurre lo que no esperabas: los ves juntos y compruebas que se llevan estupendamente, a pesar de ser tan distintos. Juntos hacen cosas extraordinarias entre momentos de explosiva alegría y movimiento, y juegos más tranquilos y frikis. Uno se muere de risa con la creatividad y locura de su hermana. Y la otra es feliz con la capacidad de solucionar problemas, montar construcciones imposibles y descubrir cómo funcionan todos los aparatos electrónicos de su hermano.

Por cierto, que en la nueva película también Gru descubre que tiene un hermano gemelo, Dru. Y no pueden ser más dispares entre ellos. Gru es cascarrabias, torpe, egoista... Y su hermano es un hombre de éxito, extrovertido, rico y alegre. Y de nuevo, comprobaremos qué cierta es la ley física que dice que los polos opuestos se atraen...

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Cuando veáis la película, además de pasar un rato de lo más divertido, entenderéis que no está tan mal ser diferentes, ¿verdad?