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Enterradas otras 71 víctimas de la matanza de Srebrenica de 1995

"Nosotros no hemos sobrevivido, somos muertos vivientes pero vivos no nos pueden enterrar”.

11/07/2017 21:09 CEST | Actualizado 12/07/2017 08:54 CEST

SREBRENICA (BOSNIA HERZEGOVINA) "Nosotros no hemos sobrevivido, somos muertos vivientes pero vivos no nos pueden enterrar". Son palabras de Zlatka Ridzic, una mujer que vio su vida cambiar para siempre el 11 de julio de 1995, el día en que empezó la mayor masacre cometida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial y el último que vio a su marido y a su hijo.

"Estoy enterrando a mi marido después de 22 años", explica con entereza y con la mirada fija en la traductora y el periodista. Cuando recuerda lo que le sucedió a su hijo, su voz se quiebra: "Hace dos años enterramos a mi hijo pero sin cabeza y mañana enterraremos su cabeza en la tumba".

Ese fatídico 11 de julio de 1995, a su marido y a su hijo se los llevaron los militares serbobosnios liderados por el general Ratko Mladic, el mismo que ahora pide ser liberado en el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY) por motivos de salud.

"Los hemos visto por última vez el día once de julio cuando nos separaron y se los llevaron a los bosques y a nosotros, a los camiones", relata. Este martes, 11 de julio, Zlatka y toda su familia han dado el último adiós a su marido, que descansa ya junto a la tumba de su hijo. Ella querría volver a vivir en Srebrenica pero allí no queda nada de lo que tenía.

"Lo hemos planeado muchas veces pero no tenemos dónde volver. No tenemos casa y nadie nos quiere ayudar", denuncia con voz firme, antes de despedirse para volver a acercarse al féretro de su marido y rezar junto a sus hijas y al resto de familiares. Sobre el ataúd han dejado una rosa blanca que se marchita poco a poco hasta quedar sepultada en la tumba horas después.

BORJA DÍAZ-MERRY

El Memorial de Potocari se ha llenado este martes con decenas de familias y miles de asistentes que han acudido a despedir y rendir homenaje a las 71 víctimas del genocidio que han sido identificadas en los últimos doce meses por las autoridades bosnias con la colaboración de la Comisión Internacional de Personas Desaparecidas (ICMP). El balance oficial del genocidio es de 8.372 muertos y todavía queda por identificar más de un millar de personas.

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La asociación Madres de Srebrenica, un colectivo que lleva más de dos décadas luchando por la memoria de las víctimas, mantiene que el genocidio acabó con la vida de más de 10.000 personas y justifica ese dato por los testimonios que ha recopilado con más de 12.000 familiares que denunciaron la desaparición de los suyos. Sea una cifra u otra, el final del proceso de identificaciones y enterramientos ni siquiera se atisba y la previsión es que el funeral del 11 de julio vuelva a celebrarse durante varios años más.

Perfectamente alineados, numerados e identificados con los datos de los fallecidos, 71 féretros llegaron el pasado 9 de julio a Potocari desde Sarajevo, trasladados en un camión cubierto con la bandera de Bosnia y Herzegovina y a cuyo paso se sucedían los rezos de los ciudadanos musulmanes que rinden homenaje a las víctimas de la matanza.

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Hurija Mehmedovic reza con los suyos junto al féretro de su primo y del hijo de él. "La última vez que los vi era el 10 de julio de 1995. Ya han pasado 22 años. Tenemos unos pocos huesos para ser enterrados", explica. Ella perdió en la guerra a su hijo, que está enterrado en otro cementerio, y sus familiares cercanos todavía esperan a recuperar los restos mortales de varios seres queridos que fueron asesinados por los militares serbobosnios en Srebrenica. No duda al asegurar que querría volver a vivir en Srebrenica pero lo ve imposible. "Estoy sola y no tengo condiciones para poder volver", señala.

Pese a su avanzada edad, Hasna Fejzic ha llegado en los últimos cuatro años andando desde su pueblo, Jezuk, hasta el Memorial de Potocari. "El miedo y el terror que vivimos en esa época es lo que hace que siempre vuelva aquí. Había un bebé de cuatro meses al que mataron cuando estaba en brazos de su madre", relata. Hasna perdió en el genocidio a su marido y la búsqueda de sus restos mortales se prolongó durante ocho años.

"Seguiré viniendo así mientras pueda caminar", asegura. Junto a Hasna decenas de familiares permanecen unidos rezando ante los 71 féretros de las víctimas identificadas este año. Muchos de los cuerpos no están completos porque los militares serbobosnios no solo mataron a más de 8.000 varones musulmanes bosnios sino que también enterraron sus cuerpos en numerosas fosas por toda la región y, posteriormente, sacaron los restos con excavadoras desmembrando los cadáveres.

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El dolor de las familias de Srebrenica no merma con el paso de los años, el recuerdo de los suyos y su deseo de enterrarlos dignamente mantiene a muchas familias marcadas durante años y décadas. Las familias se unen en el Memorial de Potocari el 11 de julio para rezar ante sus féretros y para reivindicar su memoria, la memoria del genocidio. Ese el término utilizado por el Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPY) y por la Corte Internacional de Justicia (ICJ), pero sigue siendo una palabra maldita para las autoridades serbobosnias y serbias.

En los últimos años, Camil Durakovic, superviviente del genocidio y alcalde de Srebrenica hasta 2016, participaba en la organización del funeral del 11 de julio. Desde el año pasado, el Ayuntamiento de la ciudad cuenta con un nuevo regidor, Mladen Grujicic, un político serbobosnio que se niega a reconocer que la masacre de Srebrenica fue un genocidio y que no ha asistido a la ceremonia fúnebre de este martes.

SREBRENICA, GOBERNADA POR UN ALCALDE QUE NIEGA EL GENOCIDIO

La asociación Madres de Srebrenica asegura que, poco después de ser elegido, Grujicic se paseó por delante de su sede, cercana a Potocari, y les dijo que iba a beber para celebrar su victoria con los bosnios que están enterrados en el Memorial. En los pocos meses que lleva de mandato, el nuevo alcalde ya ha causado un hondo malestar y rechazo entre las víctimas y los supervivientes de la masacre de julio de 1995.

Su última ocurrencia polémica fue convocar para este 11 de julio, coincidiendo con el funeral de Potocari, un acto en el Centro Cultural de Srebrenica para que una periodista que fue portavoz del general Ratko Mladic presentara su libro sobre el mando militar que ordenó la matanza y que pactó con los cascos azules holandeses su retirada de este enclave del este de Srebrenica para poder matar a todos los varones bosniacos (musulmanes bosnios).

Pocos musulmanes bosnios sobrevivieron a la masacre cometida por los militares serbobosnios en los primeros días de julio de 1995. Muzafir Muratovic tenía 16 años y llevaba dos viviendo con su familia en Potocari por el asedio de las tropas serbobosnias durante la guerra. Logró salvarse huyendo con su padre por los frondosos bosques que rodean Srebrenica.

"Con esa edad, yo solo no habría sobrevivido porque estuvimos huyendo durante siete días con hambre y con sed hasta que alcanzamos Tuzla", relata. Él y su padre escaparon, pero el padre y el hermano pequeño de su mujer no sobrevivieron. "Solo tenía tres años", añade.

El funeral queda marcado por el dolor de las familias y por la reivindicación de la memoria de los que se fueron. Tras la llegada de las autoridades y la interpretación del himno, el rezo del imán da paso al traslado de los féretros hasta sus tumbas. Los hombres son los encargados de llevar en volandas los ataúdes hasta el lugar en el que los sepultan en unos pocos minutos.

Con el féretro ya enterrado, cada familia vuelve a unirse en la oración por los muertos por el genocidio. Es el último adiós de las familias para las víctimas de un genocidio que deja ya más de 22 años de duelo, más de dos décadas de espera para poder enterrar a los que fueron asesinados por ser musulmanes bosnios.

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El oficio concluye pasadas las dos de la tarde y Srebrenica ve marcharse a miles de personas que han llegado a la ciudad desde diversos puntos de Bosnia y Herzegovina y desde otros países. Cuando se habla con las familias durante el funeral, la respuesta mayoritaria es que todos quieren volver a su ciudad pero que no pueden hacerlo porque sus casas ya no existen y nadie les ayuda. La ciudad parece quedarse casi vacía y en su plaza se pueden ver carteles en los que los serbobosnios agradecen al presidente de Rusia, Vladimir Putin, y al que fuera su embajador ante la ONU, Vitali Churkin, que impidieran que en 2015 el Consejo de Seguridad xaprobara una resolución de condena del genocidio.

El duelo por el genocidio sigue vigente en Srebrenica, con un millar de muertos todavía por sepultar, mientras las autoridades serbias y serbobosnias siguen sin reconocer lo ocurrido y su responsabilidad. Las Madres de Srebrenica dicen que nunca los serbios les han pedido perdón por matar a los suyos. Aseguran que tampoco lo ha hecho el Gobierno holandés, a pesar de que sus tribunales lo han considerado responsable "moral", ni Naciones Unidas. Srebrenica cayó en manos de los militares serbobosnios en julio de 1995, dos años después de que fuera declarada como zona segura por Naciones Unidas bajo la protección de un destacamento de cascos azules holandeses.

De esa zona segura solo queda en pie el emblema de la entrada del Dutchbat, el batallón holandés que se marchó tras acordarlo con el general Mladic.

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