Cinco viajes que dejan huella

Cinco viajes que dejan huella

Por si todavía no te has ido… o por si has vuelto pero ya estás pensando en el siguiente.

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No siempre el descanso tiene que ser el único objetivo de los días libres. ¿Y si en un viaje de verano pudiéramos cambiar nuestras vidas? Vivir experiencias en vacaciones se ha convertido en todo un fenómeno: a través de excursiones que dejan huella se consigue ir un paso más allá, tanto a la hora de adentrarse en la cultura y estilo de vida de otros países y gentes como en la forma de entender y disfrutar la nuestra.

Son momentos que no tienen por qué durar mucho más de unas horas pero que, al regresar a casa, nos han marcado para siempre. ¿Por cuál quieres empezar?

UNOS DÍAS INCOMUNICADO CON LOS ORANGUTANES DE BORNEO

En la isla de Borneo (Asia) se encuentra una de las dos únicas zonas del planeta donde todavía quedan orangutanes en libertad. La visita es imprescindible si se va a Indonesia, pues el Parque Nacional de Tanjung Puting es único. Allí nos espera una experiencia en la que estaremos literalmente incomunicados durante unos días en la más absoluta y frondosa selva. Los estímulos llegarán a bocanadas y sin necesidad de mirar el móvil: los desplazamientos se hacen en barcos de madera (klotok) en los que se come y se duerme (en colchones y con mosquitera).

VIAJAR EN EL TRANSIBERIANO

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El Transiberiano no es un tren más. Recorrer Rusia de un extremo al otro es toda una aventura en la que, además de entender las dimensiones del país más grande del mundo, tendremos la oportunidad de ver paisajes que jamás podríamos contemplar de otra forma. Permite el contacto con la nada, la estepa siberiana y sus alrededores, en ciudades que parecen adormecidas hasta que llega el tren. Si no se quiere acabar en Vladivostok, se puede hacer la última parada en Pekín (el Transmongoliano y el Transmanchuriano salen también de Moscú). Conoceremos viajeros de todo tipo y regresaremos sintiéndonos Miguel Strogoff.

ESCALAR UNA MONTAÑA POR PRIMERA VEZ

No es necesario irse al Kilimanjaro, porque lo que cambia la vida no es qué montaña subamos, sino el mismo hecho de hacerlo. Como prueba contra los desafíos, como experiencia y como logro que nos permitirá afrontar nuevos retos, pocas excursiones son tan simbólicas como ésta. Permite detenerse en diferentes puntos del ascenso para respirar aire puro, ver el mundo a nuestros pies, paisajes impresionantes... y no oírnos más que a nosotros. Cualquier viaje que nos ponga a prueba tiene un aprendizaje, pero no hay metáfora más impactante de superación que ésta. Y vale la sierra del pueblo, esa que llevamos viendo toda la vida a lo lejos. Ha llegado el momento.

ATRAVESAR UN PAÍS CAMINANDO

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Por ejemplo, Islandia. El contraste de paisajes es fascinante y precisamente en verano es cuando mejor se disfruta, porque buena parte del país permanece impenetrable durante el largo invierno y los caminos se vuelven muy peligrosos para muchas actividades. Sin embargo, ahora se puede atravesar buena parte de la isla caminando por valles de belleza espectacular, con lagos únicos, picos imposibles, playas de arena negra y acantilados que no tienen nada que envidiar a los más famosos de Irlanda. Si se quiere algo más de exotismo agreste es mejor decantarse por Groenlandia; por el contrario, si se busca algo más relajado se puede optar por el Camino de Santiago. No hay peregrino que no vuelva cambiado, con nuevos amigos, mil historias... y una forma diferente de afrontar el día a día, más centrado en lo que realmente importa. ¡Hay tanto tiempo para pensar durante el camino!

DORMIR EN EL DESIERTO

Dormir en una jaima en mitad del desierto marroquí es de las opciones más cercanas y sencillas. La nada más absoluta, el contraste de temperaturas, la sensación de fragilidad y, al mismo tiempo, de plenitud espiritual suponen una mezcla única que dejará la puerta abierta a encontrarnos con nosotros mismos, a aprender a disfrutar plenamente de todo lo inmaterial. El pequeño botecito de arena que nos traeremos seguramente con nosotros será el ancla al que volver para encontrar esa serenidad que experimentamos a la caída de la noche, cuando buscamos un poco de abrigo para que todo sea perfecto.

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