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Denis Mukwege: "Debe haber un consenso en contra de la violación utilizada como arma de guerra"

El doctor Denis Mukwege es ginecólogo en el Congo y ha visto con sus propios ojos la crueldad de la violencia sexual en la guerra.

06/10/2017 14:54 CEST | Actualizado 06/10/2017 18:05 CEST
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Denis Mukwege es el hombre que arregla a las mujeres. Lleva 24 años curándolas en el Congo. Este ginecólogo congoleño de 62 años dedica su vida a denunciar la violencia contra las mujeres y niños que tiene lugar en su país (y en todo el mundo). Actualmente vive y trata a sus pacientes en el Hospital Panzi, fundado por él mismo. Allí recibe a cientos de víctimas: desde esclavas sexuales torturadas y violadas con todo tipo de objetos hasta bebés de pocos meses que son víctimas de violencia sexual. Mukwege, que recibió el premio Sájarov en 2014 por su trabajo a favor de las mujeres víctimas de violencia y lleva años entres los favoritos para recibir el Nobel de la Paz, tiene la crueldad grabada en la retina de sus ojos.

Al Hospital Panzi han llegado ya más de 50.500 víctimas de violencia sexual. Algunas de ellas llegan desnudas, cubiertas de sangre o embarazadas tras ser violadas. No sólo es importante el sufrimiento físico: muchas de estas mujeres son violadas delante de sus familias y de su comunidad y rechazadas por la misma. Otras llegan con heridas internas producidas por objetos punzantes o con sal dentro de la vagina. "Sus vidas quedan destrozadas", afirma el doctor, que se ha jugado la vida —literalmente— por curar a estas supervivientes (así es como le gusta llamarlas).

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El dr Mukwege en el Hospital Panzi, donde trabaja.

Se ha jugado la vida porque Denis Mukwege ha escapado de varios intentos de secuestro y asesinato. Uno de los más sonados fue en octubre de 2012, cuando varios pistoleros le dispararon a la puerta de su casa, matando al guardia que le acompañaba.

Mukwege se exilió a Bélgica para poner a salvo a su familia. Pero el Congo le necesitaba. Las mujeres congoleñas le necesitaban. Así que no se resignaron y reunieron el dinero para pagarle un billete de vuelta. El doctor supo entonces que su sitio estaba con ellas y volvió. Hasta hoy, que trabaja en su propio hospital, donde trata a las hijas y nietas de las primeras mujeres a las que curó. Su activismo tiene por objetivo, desde hace años, evitar que acuda a sus instalaciones otra generación de mujeres destrozadas.

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Algunas de sus pacientes le llaman "superhéroe", pero parece que no a todos les gusta su trabajo. De hecho, ha logrado escapar de la muerte y el secuestro en varias ocasiones. ¿Cómo es su vida ahora?

Los riesgos siguen siendo muy elevados para mí y para el personal médico del Hospital Panzi y de la Casa Dorcas. Algunos miembros de nuestro personal han sido secuestrados, golpeados y violados. En abril, uno de nuestros colegas —y un amigo muy querido para mí—, el doctor Gildo Byamungu, fue asesinado debido a esta situación.

Estudió medicina y luego se especializó en ginecología. ¿Qué le llevó a escoger este trabajo?

Decidí convertirme en doctor cuando todavía era niño y acompañaba a mi padre, que era pastor pentecostal. A menudo visitábamos y orábamos con los enfermos. Una vez, me llevó con él a visitar a un niño enfermo que tenía mi edad. Cuando nos fuimos, le pregunté por qué él no le había dado la medicina, como lo hacía conmigo. Él me respondió que sólo los médicos pueden recetar medicamentos. Fue entonces cuando le dije a mi padre que sería médico para curar y proporcionar medicina, además de las oraciones.

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El doctor Denis Mukwege inspecciona a una paciente.

Estudió en Europa y pudo haberse quedado allí cuando corría peligro. Pero volvió al Congo. ¿Por qué?

Regresé al Congo pensando en practicar pediatría y me sorprendió encontrar tasas tan brutales de mortalidad materna e infantil. Nuestro primer paciente nada más abrir el Hospital Panzi en 1999 tenía heridas horribles fruto de una violación brutal. Fue entonces cuando nosotros nos dimos cuenta de que era una aberración y de que esta violencia no para de repetirse. Además, la impunidad de los perpetradores y un sistema de justicia roto contribuyen a este sufrimiento.

Por eso volví. Hay muchas víctimas. Algunas de ellas mueren por heridas, infecciones o embarazos y nunca llegan a nuestro hospital. Sufren sin poder llegar a nosotros, quizá porque no saben que hay un lugar donde pueden recibir atención.

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El doctor Mukwege en el Hospital Panzi

En mi trabajo, he tenido pacientes que se despiertan de un coma o de una anestesia preguntando de inmediato si sus hijos han comido algo o han ido a la escuela. Para las mujeres, la prioridad son sus hijos, no ellas.

Para que nos hagamos a la idea, ¿cuántas víctimas de violencia sexual ha recibido el Hospital de Panzi en su historia? O, si es más fácil, ¿cuántas llegan al día?

Entre el Hospital Panzi, nuestras instalaciones rurales y las clínicas móviles, hemos tratado a más de 50.680 supervivientes de violencia sexual, desde 1999 hasta finales de 2016. Además, hemos tratado a muchas otras pacientes que han llegado con lesiones ginecológicas complejas a causa del embarazo o de otras cuestiones. Aunque la necesidad de mejorar el acceso a la atención de salud materna sigue siendo urgente, ya que cada día llegan nuevas víctimas.

¿Qué les dice a esas mujeres destrozadas? ¿De qué habla con ellas?

Lo que nosotros hacemos es crear un ambiente que les ayude a reclamar su dignidad, restaurar su salud física y mental y ayudarles a comprender que poseen el poder de ser agentes de cambio en sus propias vidas, familias y comunidades. El estigma y la vergüenza deberían ser transferidos a los perpetradores de estos ataques.

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El dr Mukwege recibe el premio Sájarov

¿Quienes son los atacantes? ¿Cuáles son las penas por estas agresiones?

Algunos de los soldados actuales tienen antecedentes de niños soldados. Fueron capturados en su niñez, entrenados y obligados a saquear y a cometer atrocidades indescriptibles contra civiles inocentes, e incluso a sus familias, amigos y miembros de sus comunidades. A menudo, la línea entre el perpetrador y la víctima es muy delgada.

Aunque ha habido algunos criminales traídos a juicio, muy pocos comandantes y altos líderes se enfrentan a la justicia por las atrocidades que se cometen bajo su vigilancia, ya sea porque lo ordenan o por su silenciosa complicidad.

Ha denunciado que la violencia sexual también recae sobre los menores. ¿Qué casos de este tipo ha llegado a encontrarse? ¿Cómo es el proceso de curación?

Cuando abrimos el hospital en 1999, tratamos a una generación de mujeres que sufrieron heridas brutales. Nos preocupamos por ellas y sus hijos. Hoy, tratamos a sus hijas y nietas, que están sufriendo el mismo destino: estar embarazadas por violación. Esto no es justicia.

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El dr Mukwege con sus pacientes en el Hospital Panzi

El modelo que hemos desarrollado para la curación integra todas sus necesidades para sanar física y psicológicamente. Al mismo tiempo, abordamos una curación psicosocial. Las supervivientes más jóvenes, reanudan su educación. A las mujeres mayores, les proporcionamos formación profesional y apoyo socioeconómico para ayudarlas a cuidarse, a alimentar a sus hijos y a poner un techo sobre sus cabezas. Tenemos programas destinados a curar el trauma. En un contexto de respuesta humanitaria, la sanación física y emocional de las mujeres también está relacionada con su capacidad para reintegrarse y prosperar en sus familias y comunidades.

Ha tachado de "epidemia" estas violaciones sistemáticas. ¿Son una estrategia de guerra? ¿Es el cuerpo de estas víctimas otro campo de batalla?

Igual que existe un consenso internacional contra el uso de armas nucleares, contra las armas químicas y biológicas y contra la tortura, también debe haber un consenso en contra de la violación utilizada como arma de guerra.

La violación en la guerra es barata, es eficaz y paraliza y desactiva a las mujeres. También a los niños. Hemos tratado incluso a bebés que han sufrido violencia sexual. Pero también paraliza a familias y comunidades enteras, permitiendo a los perpetradores tomar recursos y territorio.

Esta es una crisis de toda la humanidad.

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Lleva muchos años trabajando con estas víctimas ¿Llega uno a acostumbrarse? ¿A qué no se ha acostumbrado?

Es una pregunta difícil de responder cuando uno ve cómo las mujeres sufren durante toda su vida, cuando nunca he conocido a una mujer que haya sido violada y, después, haya sido normal. Sus vidas han sido destruidas y tu lo ves. Ves lo difícil que es ayudarles. Y ya si le ha pasado a niños es aún peor. Cuando las niñas son incontinentes y tienen heridas hechas con una violencia inimaginable... Y me preguntan: "Doctor, ¿cuál será mi futuro? ¿Alguna vez podré ir al baño? ¿Podré casarme alguna vez?". Eso es traumático. Tú estás haciendo tu trabajo, pero es un trauma.

Aún así el trabajo debe continuar. Esta injusticia no puede existir ni ser aguantada siempre.

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