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Por qué te encantaban los libros de 'Los Cinco'... y a tus padres también

Las inolvidables aventuras de Enid Blyton cumplen 75 años: recordamos por qué han conquistado a tantas generaciones.

06/10/2017 16:23 CEST | Actualizado 06/10/2017 16:23 CEST

Los millennials no son la primera generación que leyó en su infancia los libros de Los Cinco, ¡algunos los heredaron incluso de nuestros padres! Ponían a nuestro alcance una Inglaterra de mediados del siglo XX que estaba a años luz de lo que vivíamos... y que nos encantaba. Ahora que se cumplen 75 años desde que se publicó el primer libro aprovechamos para recordar las aventuras de Julián, Dick, Jorge, Ana y Tim.

Todo esto era lo que nos flipaba de ellos (a nosotros y a nuestros padres):

¿Adultos? ¿Eso qué es lo que es?

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No había nadie que les dijera lo que tenían que hacer... Los adultos pasaban tres puñados de los niños de los libros de Blyton y les dejaban hacer cosas que a ti, ni de broma.

El camping

Podían irse a donde San José perdió la zapatilla a hacer camping durante unos días y a sus padres les parecía rebién.

Los veranos eternos

Dos meses nunca serían suficiente para enfrentarse a ladrones, secuestradores, asesinos y gente de mala vida... así que sus veranos pasaban muuuuy lentos, parecían tener vacaciones a todas horas.

Los pasadizos secretos

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Aquí los buscábamos sin parar pero, al parecer, estaban todos en Inglaterra. Eso sí: unos túneles así de lujo total, con anchura, longitud y perfectamente excavados.

La comida

No sabemos como se las ingeniaba la autora, Enid Blyton, para hacer que todo sonara deliciosamente apetecible. Incluso cosas que no tenías ni idea de lo que eran... ¿cerveza de jengibre? ¿Eso qué era?

Los pensionados

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En España no se estilaba mandar a los niños a internados, pero en Inglaterra tenía pinta de ser algo más común. En lugar de verlo como un castigo lo cierto es que los lectores de Enid Blyton nos moríamos por que nos llevasen a cualquiera de sus pensionados (una palabra deliciosamente pasada de moda).

No crecer

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Los niños eran niños. No había preadolescentes tontunos, ni amoríos, ni nada que no fuera infancia a raudales. Ni móviles, claro.

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