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Los cuadros imprescindibles del Thyssen para una visita express

La pinacoteca cumple veinticinco años convirtiéndose en Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.

07/10/2017 10:08 CEST | Actualizado 07/10/2017 10:08 CEST

Dalí, Caravaggio, Van Gogh, Monet... La lista de nombres colgados en las salas del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza es interminable. Cerca de mil obras que abarcan desde el siglo XIII hasta el XX y que han convertido a la pinacoteca madrileña en parada obligatoria para residentes y visitantes.

Este domingo ocho de octubre el museo cumple veinticinco años desde su inauguración, una fecha que se está celebrando con multitud de actividades, nuevos recorridos temáticos por la colección y conferencias. Dada la enorme extensión de la colección, decidirse por algunas de sus pinturas puede ser una auténtica carrera de obstáculos. Si tienes poco tiempo pero no quieres dejar de visitar la galería, te proponemos algunos imprescindibles para disfrutar de la colección.

Retrato de Giovanna Tornabuoni, Domenico Ghirlandaio (1488)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
GHIRLANDAIO, Domenico. Retrato de Giovanna Tornabuoni

El ejemplo perfecto de retrato del Quattrocento italiano en el que los pintores volvían a los modelos clásicos. En este caso, Ghirlandaio pinta a Giovanna Tornabuoni, una joven de la nobleza florentina que murió dando a luz en 1488. Precisamente esta fecha aparece dibujada en números romanos en un cartellino en la parte derecha de la pintura. Es una de las joyas renacentistas del museo y se dice que era una de las favoritas del Barón Thyssen. (Sala 5)

Quappi con suéter rosa, Max Beckmann (1932-1934)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Decidida, moderna y segura de sí misma. Así retrata Max Beckmann a su segunda mujer, Matilde von Kaulbach, con la moda que comenzaba a abrirse paso en la época. El pintor, al que se asocia con el movimiento de Nueva Objetividad que rechazaba el Expresionismo Alemán, cambió la sonrisa de su mujer para hacerla más prudente en 1934, tras la llegada de los Nazis al poder. (Sala 39)

Santa Catalina de Alejandría, Caravaggio (1598-1599)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Su turbulenta vida personal hace de Caravaggio una de las figuras más atractivas de la Historia del Arte, pero su legado se sustenta por sí mismo, de hecho algunos expertos han afirmado que con su obra comienza la pintura moderna. Su trabajo de la luz y sus característicos claroscuros se hacen patentes en este retrato de Santa Catalina en el que aparecen todos los elementos relacionados con su sufrimiento: la espada con la que fue decapitada, la palma que representa el abuso de su marido y la rueda de cuchillos donde es atada. (Sala 12)

Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar, Salvador Dalí (1944)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

El artista catalán pintó este cuadro cuando vivía en Estados Unidos. Por entonces no dedicaba mucho tiempo a su faceta como pintor y había dejado de lado el surrealismo más puro. Esta pintura vuelve a abordar el tema de los sueños, en este caso a través de la figura de Gala que está dormida sobre una roca cuando el zumbido de una abeja le provoca un sueño. Los elementos de ese sueño se sitúan en la parte superior del cuadro, donde explota un granada de la que sale un pez, de donde a su vez salen dos tigres y un arma. (Sala 45a)

Bailarina basculando, Edgar Degas (1877-1879)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Degas dedicó gran parte de su carrera artística al ballet, frecuentando asiduamente la Ópera Garnier. Para él, la danza era un vehículo ideal para estudiar la figura humana. En esta pintura, Degas introduce al espectador en una función que el observa desde uno de los palcos laterales. A través de trazos rápidos en tonos verdes se hace hincapié en la acción de la bailarina mientras otras de sus compañeras ataviadas con trajes naranjas esperan en un segundo plano. (Sala 33a)

Mata Mua (Érase una vez), Paul Gauguin (1892)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Esta pintura que plasma el paisaje y la vida que Gauguin pretendía encontrarse al llegar a Tahití en 1891 donde fue en busca inspiración al margen de la civilización occidental. Para recalcar ese pasado glorioso ya perdido el pintor utiliza colores planos y elementos que se reciclan en otras de sus obras como el árbol de copa amarilla o el paisaje del fondo. Gauguin intentó vender el lienzo en una subasta para pagarse su segundo viaje a Oceanía en 1895, pero no encontró comprador. (Sala L1)

Les Vessenots en Auvers, Vincent Van Gogh (1890)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Melancolía, soledad y una profunda sensación de libertad. Todas esas emociones se entremezclan en la cabeza de Van Gogh durante los últimos años de su vida y se ven perfectamente plasmadas en esta pintura en la que dibuja una serie de casas en medio de un campo de trigo. Tonos verdes y amarillos y trazos y pinceladas nerviosas que dejan intuir los pensamientos contradictorios que más tarde lo llevarían a acabar con su vida. (Sala 32b)

Metrópolis, George Grosz (1916-1917)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

La imagen de Berlín teñido de un rojo apocalíptico durante la Primera Guerra Mundial. Así plasma Grosz la transformación de la gran ciudad a principios del siglo XX, uno de los temas más tratados por los artistas de la época. La pintura se encuadra dentro del movimiento expresionista, pero encontramos algunos elementos cubistas como el solapamiento planos geométricos y otros propios del futurismo italiano como la capacidad de plasmar la frenética vida en la ciudad. (Sala 39)

Retrato de Enrique VIII de Inglaterra, Hans Holbein el Joven (hacia 1537)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Regio y fuerte. Así retrata Holbein al monarca Enrique VII durante una época convulsa para la monarquía británica y en un momento en el que el retrato era prácticamente el único género al que podrían dedicarse los artistas. La pintura es un claro ejemplo de cómo captar la psicología del sujeto y una muestra del estilo de Holbein, que dota a sus modelos de una gran monumentalidad. (Sala 5)

Habitación de hotel, Edward Hopper (1931)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

El aislamiento en las sociedades modernas y la soledad. Una temática recurrente en la obra de Hopper y la reflexión clave de esta pintura en la que el espectador observa a través de una ventana entreabierta. La luz artificial que ilumina la escena y la habitación sencilla y fría contrastan con la melancolía de la mujer mientras lee los horarios para el tren del día siguiente, lo que aporta un mayor dramatismo a la escena. Una escena en la que gracias a esa interacción con el espectador nos permite imaginar qué pasa después de subirse a ese tren. (Sala 40)

Fränzi ante una silla tallada, Ernst Ludwig Kirchner (1910)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

La utilización del color, las formas simples y la deformación del moviento DIe Brücke —grupo de artistas dentro del Expresionismo Alemán— encuentran uno de sus mejores ejemplos en esta obra de Kirchner. La niña protagonista del cuadro, Fränzi, mira fijamente al espectador mientras se apoya en una silla en la que aparece tallada una mujer pintada en tonos muy naturales que contrastan con el verde y el rojo, predominantes en el rostro de la joven. (Sala 36b)

Mujer en el baño, Roy Lichtenstein (1963)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Uno de los máximos exponentes del movimiento pop y responsable de convertir imágenes banales en obras de arte. Para Mujer en el baño, Lichtenstein emplea colores primarios utilizados con la técnica benday, la red de puntos esparcidos que se utilizaba anteriormente para imprimir los comics. (Sala 48b)

Amazona de frente, Édouard Manet (hacia 1882)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Esta pintura inacabada de Manet forma parte de una serie para representar las cuatro estaciones y fue expuesta por primera vez en la École des Beaux-Arts tras la muerte del pintor. En Amazona de Frente, la ropa de la modelo representa la modernidad, y el negro del traje contrasta con la luminosidad del fondo. Una búsqueda con la que Manet comienza a abrazar el impresionismo y a trasmitir lo esencial en un retrato que se piensa que quería representar el verano. (Sala 32b)

El puente de Charing Cross, Claude Monet (1899)

Cortesía del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Esta pintura es una de las treinta y siete vistas desde el Hotel Savoy de Londres desde el que Monet pretendía captar la luz a través de la niebla. Al fondo se intuye la silueta de las Casas del Parlamento, que se alzan en medio del río Támesis. La escena es de una tarde de invierno, en el momento del crepúsculo, y las luces se reflejan en el agua como si fuera un espejo. (Sala K)