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Todas hemos sufrido a algún Harvey Weinstein en nuestra vida

15/10/2017 10:01 CEST | Actualizado 15/10/2017 13:56 CEST
AFP

De ahora en adelante le denominaremos "él".

Eres joven. Tienes ganas de comerte el mundo. Darías cualquier cosa porque "él", ese hombre que ya está en el lugar al que tú quieres llegar, te diga que eres especial, que tienes muchísimo talento y te va a ayudar. Un día, "él" te dice que te pases por su despacho y esas palabras resuenan en tu cabeza como un "Ábrete Sésamo". ¡Aquí está! es tu GRAN OPORTUNIDAD. "Él" se ha percatado de que eres un diamante en bruto y te dispones a prepararlo todo como quien prepara un examen: recreas la conversación que mantendréis, apuntas las preguntas que le harás, reúnes los trabajos que le mostrarás. Llega el día D. "Él" te abre la puerta con una sonrisa de oreja a oreja y te invita a pasar. "Él" te dice que estás muy guapa, te pregunta cosas personales y te ofrece algo de beber... y de repente un tic nervioso en tu ojo derecho te advierte que "él" no tiene ninguna intención de analizar tu trabajo, el cual se ha quedado haciendo de atrezzo junto al ficus de la entrada. Empiezas a sospechar que estás ahí por otros motivos.

Pero una vocecita inocente dentro de ti intenta acallar a tu tic nervioso. Te dice que eres una mal pensada, que estás ahí porque tú lo vales y que "él" es un hombre respetable. Insistes en reconducir la conversación hacia el tema laboral pero empiezas a desconfiar del slogan de L'Oreal... Tú te empeñas en meter los balones y "él" en sacarlos fuera. Concentras tu mirada en un punto fijo de la sala e intentas repetir en tu interior que los Reyes Magos existen hasta que "él", cansado ya de perder su precioso tiempo, te suelta: "yo puedo ayudarte... si tú quieres". Y para que no te quepa ninguna duda de a qué se refiere exactamente, acerca su boca a la tuya y pone su mano en tu culo... Así, sin rodeos. En este punto de la película sólo tienes dos opciones. Si haces lo que realmente te apetece, darle una patada en los huevos y abandonar el despacho dando un portazo, ve a la página 32. Si sigues empeñada en no escuchar que los reyes son los padres, ve a la página 112.

Él te dice que estás muy guapa, te pregunta cosas personales y te ofrece algo de beber... y de repente un tic nervioso en tu ojo derecho te advierte que "él" no tiene ninguna intención de analizar tu trabajo

Si has decidido seguir tus instintos y mandarle a la mierda con demostración física incluida, ¡enhorabuena!, acabas de cerrarte de un plumazo todas las puertas profesionales. Ese tío tan influyente se encargará de pedir a todos sus amigotes (que también parten el bacalao en tu sector) que no te cojan ni las llamadas, que eres una calientabraguetas y que encima no acabaste la faena. Lo de la patada en los huevos jamás lo admitirá. No vuelves a trabajar. FIN DE LA AVENTURA. Si has elegido la opción de esperar al final Disney con fuegos artificiales, sentimos comunicarte que también te espera un funesto desenlace. "Él" interpreta la ausencia de señales negativas como un "sí" y salta a tu yugular. Intentas resistirte con un forcejeo. "Él", atrofiado por ver tanto porno, piensa que lo estás disfrutando y te viola. FIN DE LA AVENTURA. A ver qué haces ahora.

La primera parte de esta historia es muy dura, pero no lo es menos lo que viene después. Ahora toca elegir entre denunciar o cerrar la boquita y tragar. Hacer público un abuso supone cantar a los cuatro vientos que eres una loser y estás en el bando de las fracasadas. Si haces esto serás cuestionada, juzgada y sentenciada por el resto de la humanidad. Será tu palabra contra la suya y lo tendrás que demostrar. ¿Acaso no llevabas la cámara camuflada en el boli? Esto tampoco te abrirá ninguna puerta, ya que te colocarán la etiqueta de persona conflictiva con la que nadie quiere trabajar. Si por el contrario te callas es como si asumieras la culpa. Seguirás considerándote igual de loser pero decides llevar esa carga tú solita por los siglos de los siglos, amén. "Él" campará a sus anchas abusando de más mujeres y tú intentarás digerir lo sucedido durante toda la vida. Por las noches tendrás pesadillas y ya puedes rezar para que nadie se entere y acabe poniendo en tela de juicio tu carrera y tu valía.

La realidad es que ninguno de los escenarios de esta historia es deseable ni justo. La realidad es que todas hemos vivido alguna vez una situación similar. Unas han salido más airosas y otras lo han sufrido hasta el final. La realidad es que todos los trabajos, sean del sector que sean, están plagados de personajes como "él" porque la mayoría de puestos de responsabilidad siguen siendo masculinos. "Él" pueden ser nuestros jefes, nuestros profesores, nuestros entrenadores y todos aquellos hombres que por su situación de privilegio nos pueden dar trabajo y visibilidad. Algunos están tan acostumbrados a hacerlo que lo perciben como algo "normal". Algunas estamos tan acostumbradas a padecerlo que ni se nos pasa por la cabeza la idea de denunciar. Casos como el de Harvey Weinstein suceden cada día y a todas horas. Unos saltan a la luz por tratarse de alguien famoso, otros permanecen silenciados tras las puertas de los despachos.

Si has decidido seguir tus instintos y mandarle a la mierda con demostración física incluida, ¡enhorabuena!, acabas de cerrarte de un plumazo todas las puertas profesionales

Hay que agradecer a todas las mujeres valientes que no se han callado sino que han alzado su voz ante un abuso de poder. Soportar una agresión es muy doloroso, pero también lo es ser cuestionada y señalada por todo el entorno. Ellas han hecho posible que otras reúnan el valor suficiente para destapar más casos y para que la sociedad entera empiece a rechazar a este tipo de personajes. Quién sabe a cuántas mujeres más habrán librado de tener que enfrentarse a situaciones similares.

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