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Nos tratan como idiotas porque somos idiotas

26/01/2018 19:49 CET | Actualizado 28/01/2018 12:24 CET
AFP/Getty Images

Lo mínimo que una sociedad que ha alcanzado la madurez democrática debe exigir a sus gobernantes es honestidad. Integridad no sólo en las labores que los políticos desempeñan, sino rectitud moral en sus comportamientos: en los de hoy, en los de ayer y en los de mañana. Es lo que, de forma mucho más de andar por casa, Rajoy desarrolló en forma de promesa: "Decir siempre la verdad, aunque duela, sin adornos y sin excusas: llamar al pan, pan, y al vino, vino".

Llamar al pan, pan, y al vino, vino, significa, como mínimo, reconocer que la corrupción ha carcomido tu partido, que te rodeaste de personas indignas, que han sido tantos los fallos cometidos, que son tan evidentes los presuntos delitos encima de la mesa y tanta la ponzoña que no queda otra salida honesta que presentar la dimisión.

Las novedades del caso Gürtel han levantado una alcantarilla que tapaba aguas putrefactas.​​​​​​

En vez de cumplir esta premisa elemental en política, Rajoy, su Gobierno y su partido llevan años tratando a los españoles como si fueran idiotas. La respuesta a la corrupción que con tanta alegría han ofrecido los tres es el equivalente burdo al "cariño, esto no es lo que parece" cuando tu pareja te descubre en la cama, desnudo, y encima de otra persona. Lo peor no es que utilicen argumentos así de pueriles, sino que millones de votantes compren ese argumento digno de vendedor de crecepelo respondiendo: "No, claro, es que no es lo que a todas luces parece" o "Bueno, en realidad sólo me ha engañado esta vez, otros engañan más".

Las novedades del caso Gürtel reveladas por El Bigotes o Ricardo Costa han levantado una alcantarilla que tapaba aguas putrefactas. El PP de la Comunidad valenciana se financiaba en negro, nada menos, y el cabecilla de la trama, la X de la corrupción, tenía nombres y apellidos: Francisco Camps. El 22 de julio de 2011 Rajoy decía sobre Camps: "En política, hay que tomar muchas decisiones. Cuando se conoce a la gente con grandeza es en los momentos difíciles. Y Camps lo ha hecho con grandeza. Ha estado a la altura de las circunstancias y es una persona que tiene futuro donde quiera".

Dos años antes, el propio Rajoy se expresó incluso de forma más entusiasta sobre Camps: "Creo en ti y en lo que haces; te he visto actuar. La inmensa mayoría de los valencianos y los españoles creen en ti... Siempre estaré detrás de ti, o delante, o a un lado. Gracias Paco".

Lejos de reconocer el error de ese respaldo, de entonar el mea culpa por acción u omisión, de asumir que el PP ha sido (¿es?) un partido corrupto hasta el tuétano, de que un político decente no puede permanecer en el cargo un minuto más si ha alabado, piropeado, aplaudido, alentado, defendido, justificado y encumbrado a dirigentes que financiaban de forma irregular a la formación que presides, lejos de todo eso, esta semana Rajoy se ha limitado a recordar que Camps "ha salido absuelto siempre". Y aún peor, argumentó que "no sé si tiene sentido estar revisando lo que hizo una persona que ya no está en política".

Por su puesto que la tiene, señor Rajoy. Se llama justicia. Se llama democracia.

No está solo el presidente del Gobierno en ese blanqueamiento de la corrupción, en tratar de hacer pasar por hillillos de corrupción lo que en realidad es un chapapote indigno. Siempre jugando con los límites de la indecencia moral, Rafael Hernando, portavoz del PP en el Congreso, no tuvo el más mínimo pudor en repetir la cantinela de que el PP es el partido que más lucha por la corrupción en España e incluso utilizó a la víctima del terrorismo Gregorio Ordoñez para defender la integridad del PP. Sencillamente inmoral.

La mayor responsabilidad de que estos políticos pisoteen la palabra honestidad recae sobre los ciudadanos

Más: Pablo Casado intentó borrar el pasado aduciendo que lo que pasó en Valencia ocurrió hace muchos años; Fernández Maíllo sostuvo que lo que ocurrió en el PP de Valencia no tiene por qué afectar al PP nacional, como si fueran dos compartimentos estancos. Y el Gobierno, por boca de su portavoz Méndez de Vigo, no sólo se negó a emitir una mínima crítica, sino que aprovechó para presumir de que Rajoy es una especie de Mister Proper de los corruptos.

Lo lamentable es que la mayor responsabilidad de que estos políticos pisoteen la palabra honestidad recae sobre los ciudadanos. En vez de indignarnos al constatar que nos tratan como idiotas, respaldamos con nuestros votos a quienes nos deprecian y son incapaces de asumir su cuota de responsabilidad ante los errores cometidos.

Visto lo visto, tal vez deberíamos pensar si nos tratan como idiotas porque es lo que somos: unos simples idiotas.

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