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La abuela Carmen Balcells

22/01/2016 07:03 CET | Actualizado 21/01/2017 11:12 CET

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Foto: EFE

La escalera del Palau, con su balaustrada de vidrio que le da ese toque tan especial entre genial y kitsch, está llena a reventar. Abundan los escritores, que en persona aparentan muchos más años que en las fotos que ilustran sus artículos periodísticos o las solapas de sus libros, pero también hay muchos editores y otros representantes culturales. Al contemplar esa escalera no puedo evitar recordar la escena de la serie televisiva La saga de los Rius, en la que las perlas del collar de Mariona Rebull van saltando por los peldaños, mientras Joaquín Rius asciende por la escalera del Liceu llevando el cadáver de su mujer en los brazos. Aunque lo que me ha llevado al Palau es también una muerte, el acto al que asisto es festivo, es una celebración de la literatura, de la música y de los sentimientos. En suma, de la vida.

Como escritora de la Agencia literaria Carmen Balcells fui invitada al acto celebrado el día 12 de enero en el Palau de la Música en memoria de una Carmen catalana tan famosa en el mundo de las letras, como lo es la Carmen sevillana en el de la ópera. En este memorial, literatura y música magistralmente entretejidas pusieron de manifiesto el cariño que supo inspirar esta mujer singular. Mario Vargas Llosa, Carme Riera, Nélida Piñón, Eduardo Mendoza y Juan Goytisolo nos emocionaron con sus textos, pero los momentos álgidos del acto fueron los protagonizados por dos canciones muy diferentes My way y Paraules d'amor. La primera, elegida por el tenor Antonio Comas para abrir el acto, fue toda una declaración de intenciones, porque Carmen lo hizo todo a su manera. Cerró el acto Joan Manuel Serrat, demostrando que no hace falta tener voz para hacer una interpretación magistral: la potencia que le faltó a su voz fue suplida con creces por un auditorio que cantó junto con su autor la canción de amor catalana más emotiva.

No obstante, no fue la música, la literatura, la emoción o el cariño lo que causó el mayor revuelo mediático, sino la persona que acompañaba a Mario Vargas Llosa, Isabel Preysler. Repasando las trayectorias de las dos protagonistas de la noche, Carmen e Isabel, encontré una semejanza a pesar de sus notables diferencias: ambas eran abuelas, aunque su protagonismo esa noche nada tuvo que ver con el hecho de serlo. Si ambas afirmaciones son aparentemente contradictorias es porque tenemos mala memoria y olvidamos que hasta hace muy poco -¿diez o veinte años?- el papel que se esperaba de las mujeres por encima de los sesenta se limitaba al de abuelas, a excepción de actrices de largas trayectorias, encargadas muy a menudo de hacer de abuelas, o de escritoras consagradas. De ahí que el término cincuentona o sesentona tuviera un marcado carácter peyorativo, por no hablar del casi insultante "menopaúsica".

Pero esa situación está cambiando y en los últimos años están surgiendo por doquier cincuentonas o sesentonas que desempeñan roles de lo más variopinto. ¿Quién piensa en el adjetivo menopaúsica cuando ve a Madonna, de 57, en lo alto de un escenario, a Angela Merkel, de 61, dirigiendo los destinos de Europa, o a la alcaldesa Manuela Carmena, de 71, rompiendo todos los tabúes políticos?

Carmen e Isabel son excelentes ejemplos de ese cambio tan estimulante como silencioso. Carmen no se ajustó nunca a ningún molde y por decisión propia se convirtió en agente literaria, papel inexistente en España hasta que ella decidió desempeñarlo. A esta tarea consagró no sólo su carrera, sino su vida entera, obteniendo notables éxitos, como recordaron emocionadamente los protagonistas del acto celebrado en su memoria. Con una gran intuición a la hora de identificar una buena novela, los escritores por ella representados, fueron mucho más que amigos, fueron "clientes", en palabras de la propia Carmen.

No obstante, puede que sea Isabel la que simbolice mejor esta revolución protagonizada por las abuelas, porque al lado de Mario ella representa un papel que hasta hace muy poco estaba reservado a jovencitas por debajo de los treinta.

Las mujeres de una cierta edad estamos de enhorabuena porque cumplir los sesenta está empezando a dejar de ser sinónimo de desaparición de la vida activa. Y no solo por nosotras, sino porque un mundo que no ignore la experiencia y sabiduría de más de la mitad de su población más madura será sin duda mejor que el actual.

Aunque Carmen fue una abuela que tuvo proyectos ambiciosos hasta el final de sus ochenta y cinco años, su forma de entender y vivir la vida es su principal legado. Como decía su amiga Nélida Piñón: "Con su espíritu poroso, Carmen escuchaba los ruidos del mundo. No temía la ferocidad del arte, porque lo amaba".

Amante del arte y de la vida. Descansa en paz, Carmen.

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