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Bosque y democracia

30/06/2017 07:19 CEST | Actualizado 30/06/2017 13:37 CEST

EFE

Se estima que alrededor del mundo hay cerca de 800 definiciones de "bosque" diferentes. Esta diversidad en las definiciones se debe, entre otras cosas, a la relación entre las poblaciones locales y su entorno, cómo y para qué usan sus bosques. No hay consenso sobre qué es un bosque, pero lo que está claro es que son complejos ecosistemas fundamentales para la existencia humana.

Llevo días despertándome con mensajes y noticias sobre el insoportable calor en Madrid. También sobre los dramáticos incendios forestales en la Península (lo que los ibéricos definimos como bosques, vaya). Los científicos no han determinado aún la relación entre estos eventos y el cambio climático, con lo cual, de momento, sólo podemos decir que es probable que exista un vínculo. La mera posibilidad, es de suponer, debería llevarnos a apresurarnos a implementar medidas preventivas y/o adaptivas, tanto en la vida privada (nuestros hábitos de consumo en particular) como en la vida pública (sobre todo, nuestras demandas políticas). Sin embargo, desde un lluvioso y templado Copenhague, observo con frustración una España inmóvil, abatida por el calor.

Si Nigel Farage (sin ánimo de enaltecer su causa), que se sentaba solo en el Parlamento Europeo representando a UKIP afrontando burlas de todos sus compañeros (y muchísimos ciudadanos), que le tomaban por un lunático, fue capaz de instigar el Brexit, la actitud generalizada de suponer que, como individuos, no podemos hacer nada, es insostenible. Es hora de accionar nuestro sentido de agencia.

Tras el incendio de Doñana, según los indicios, está la mano del hombre. Ha habido también quien ha observado la coincidencia del foco del incendio con un área de interés comercial para Gas Natural. Por el contrario, otros han tratado de aclarar que Doñana se rige por la Ley de Parques Nacionales (no por la de Montes) y que no se puede recalificar terreno quemado tampoco según la Ley de Montes (al menos no antes de un plazo de 30 años). En este debate tan afectado aún por el shock del incendio, merece la pena echar la vista atrás y remitirse a la cobertura mediática de la reforma de la Ley de Montes en su día. En 2015, los grandes grupos ecologistas ya se quejaron de que la reforma abría la posibilidad de recalificar en un plazo inferior a 30 años (nos lo contaron, entre otros, El País, El Mundoy Ecologistas en Acción). Es cierto que las estadísticas disponibles sobre incendios forestales desde 2015 no muestran una tendencia (respecto a 2014 y 2015, hubo menos incendios en 2016 y más en lo que va de 2017), pero siendo estadísticamente rigurosos, aún es excesivamente pronto para hablar de tendencias.

Por tanto, lo sano y razonable, de momento, es no posicionarse. Es posible que algunos estén sacado tajada de los incendios, pero también es posible que no. Sin embargo, los incendios no son el único crimen medioambiental que sirve un interés económico.

Como ciudadanos, podemos resignarnos ante este incendio y este calor que nos hace y aceptarlos como otro de los eventos que conjuntamente nos empujan al abismo climático; aceptar que pronto hará tanto calor siempre que ya nunca podremos salir a defender nuestro planeta o nuestros derechos; aceptar que el poder económico, motivado por intereses comerciales, seguirá destruyendo impunemente espacios naturales que nos pertenecen a todos; y observar cómo el calor incendia consecuentemente también nuestra democracia. O podemos reaccionar y empezar a convertirnos en agentes de un movimiento para empujar a mercados y políticos a que se unan a nosotros en una lucha seria por proteger el medio ambiente. Como Farage, sólo hace falta creer que podemos. Desde gestos como cambiar de forma sostenida nuestros hábitos (y magnitudes) de consumo, a llamar la atención a quien sea ante un derroche de recursos, o a protestar en las calles, hay miles de cosas que todos podemos hacer en cierta medida, y que nos devuelven la parte de poder (y propiedad) que nos roba la economía extractiva a base de excesos.

Una reacción ciudadana inmediata es urgente: la inacción no sólo cierra los ojos ante un crimen contra nuestros bosques que, a su vez, atenta contra un pilar fundamental para nuestra existencia, sino que disminuye a golpe de calor nuestra capacidad de participar en la vida democrática.