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Buenas noticias y demasiadas excusas

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Getty Images.

Mientras algunos intentan convencerse de que la gravedad del huracán Matthew es una farsa para apoyar la "conspiración" del cambio climático (siempre me pregunto para qué creen los escépticos que iba ningún político a conspirar de esta forma, si está claro que para sacarnos dinero ya no hace falta ni que nos mientan), el 97% de la comunidad científica se toma en serio las consecuencias de la actividad humana sobre el clima. Y con ella, la comunidad internacional. La semana pasada en el plano de la protección medioambiental nos dieron tres buenas noticias:
  1. El Acuerdo de París entró en vigor, al ser ratificado por la Unión Europea. Para entrar en vigor, el acuerdo requería que al menos 55 países, sumando al menos el 55% de las emisiones globales de efecto invernadero, ratificaran el acuerdo.
  2. La 17ª Conferencia de las Partes de la Convención sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestres (CITES, uno de los acuerdos de derecho medioambiental internacional más exitosos) acordó las medidas más fuertes de protección de especies amenazadas de la historia, al revisar los anexos de la Convención.
  3. 191 países acordaron en la ONU la reducción de emisiones producidas por el transporte aéreo (de personas y mercancías). O, más bien, un sistema de compensación de las emisiones, por el cual las compañías aéreas deberán destinar un 2% de los beneficios de la industria a la financiación de áreas forestales y otras actividades de reducción de emisiones.

Sin embargo, el principal reto en la lucha por el clima sigue residiendo, desde mi punto de vista, en la dificultad de cambiar actitudes individuales. Quizá no merezca la pena detenerse a convencer a unos pocos de que el cambio climático no es un complot internacional contra el ciudadano de a pie. Más bien, hay que centrarse en romper con la mentalidad del "yo ya separo mi basura, pero esto lo tienen que resolver los políticos" (entre otras cosas porque, como explico arriba, los políticos ya están en ello, aunque no sea noticia de portada).

Los ciudadanos tenemos mucho peso en la protección del medio ambiente; por ejemplo, en el ámbito de la reducción y reutilización de residuos (ya habréis visto la cantidad de comida que tiramos). Desde luego que, como ya he argumentado repetidas veces en este blog, los políticos pueden, mediante la regulación, influir mucho en las decisiones que tomamos (recientemente, por ejemplo, el gobierno sueco ha introducido ventajas fiscales sobre reparaciones con este fin).

Pero tenemos que entender que vivir en democracia no es un asunto de 20 minutos cada 4 años. Es momento de que los ciudadanos admitamos que es responsabilidad de todos (incluido uno mismo) cumplir con los compromisos establecidos en el Acuerdo de París, y reflexionar sobre el impacto de nuestras rutinas sobre el bienestar de las generaciones futuras. Para esto, quizá a alguno le sea de utilidad el libro How bad are bananas o seguir en Instagram a _wastelandrebel_. Basta de excusas.