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La apuesta verde de Pascal (un tratado de paz con los escépticos)

04/04/2017 13:11 CEST | Actualizado 05/04/2017 07:25 CEST
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Existen aún entre nosotros personas que no creen en el cambio climático, o en que éste sea antropogénico (notablemente parte de la administración central de los EEUU). Con esto no me refiero sólo a los que rechazan la ciencia de pleno, sino también a los que relativizan las potenciales consecuencias de esta crisis medioambiental, y la necesidad de afrontarla con dureza. El caso es que el 97% de la comunidad científica cree en el cambio climático como consecuencia de la actividad humana, y la mayoría coincide en la urgencia de este asunto. Por otro lado, el 3% restante está en parte financiado por empresas con intereses comerciales en conflicto con la protección medioambiental (¿algo más que un poco sospechoso?). Pero al fin y al cabo, Galileo fue condenado por rechazar el geocentrismo. En tiempos de Galileo, sólo una minoría de la comunidad científica estuvo en lo cierto. Así que, por un momento, concedamos a los escépticos que cabe la posibilidad de que el cambio climático no esté causado por la actividad humana, que no hay nada que podamos hacer para detenerlo, o incluso que no existe.

Al margen de lo absurdo que pueda resultar que se haya convertido un tema puramente científico en un debate público (nótese que el debate público debería ser en torno a las posibles soluciones, no en torno a los hechos; es como si durante la crisis del ébola nos hubiéramos centrado en discutir si existe el ébola en vez de discutir cómo afrontar el problema), está claro que no hay mucho que podamos hacer para convencernos unos a otros en un asunto tan politizado.

El coste de no creer en el cambio climático y no actuar para remediarlo es mayor que el de creer y afrontarlo.

Propongo entonces aplicar al debate del cambio climático la Apuesta de Pascal. El filósofo y matemático francés del siglo XVII, Blaise Pascal, proponía que aunque no se pudiese demostrar la existencia de Dios, salía más a cuenta creer debido a la potencial ganancia de ir al cielo, en comparación con pérdidas nulas al creer erróneamente en su existencia. En el caso del cambio climático ocurre lo mismo. Veamos, a nivel teórico, qué ganaría o perdería cada bando ("fieles" de la ciencia del cambio climático vs. escépticos y objetores):

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  • Opción 1: no creer cuando es falso. Nadie perdería nada, y los escépticos ganarían la satisfacción de tener razón.
  • Opción 2: no creer cuando es cierto. En este caso los fieles ganarían la razón, pero al haber optado por no actuar ante la amenaza del cambio climático, todos perderían en calidad de vida hasta niveles potencialmente extremos (climatología impredecible, hambrunas, guerras por recursos naturales, etc.).
  • Opción 3: creer cuando es falso. Un argumento de peso de los escépticos es que se derrocha mucho dinero en subvenciones a la economía verde, y en particular a las energías renovables. Pero lo cierto es que ambas son industrias que mueven mucho dinero y generan empleo. Bastante más ineficiente es prejubilar mineros o sostener industrias poco competitivas (como por ejemplo la del automóvil, que el año pasado fue motivo de mofa y controversia en el contexto del Brexit, y que tampoco es particularmente competitiva en nuestro país). Por tanto, podemos decir que en este caso los fieles pierden toda la energía invertida en temer a un inexistente cambio climático. Pero los escépticos no perderían nada: lo que se gasta en subvencionar la economía verde se estaría ahorrando de lo que se dejaría de invertir en una economía contaminante; lo comido por lo servido. Por último, aunque el cambio climático no fuera nocivo, un sistema político orientado a una economía verde nos daría un aire más limpio, lo cual es más agradable y saludable para todos.
  • Opción 4: creer cuando es cierto. Como en el caso anterior, las pérdidas son cero ("lo comido por lo servido"), pero todos salvan el pellejo al no morir ahogados en gases tóxicos o tormentas extremas. Además los fieles ganan la razón.

En resumen, el coste de no creer en el cambio climático y no actuar para remediarlo es mayor que el de creer y afrontarlo, porque de ser cierto al final, hay potenciales pérdidas en el caso de no actuar, mientras que no se pierde nada por afrontarlo aunque no sea cierto. ¿Podemos entonces usar la apuesta de Pascal para zanjar nuestras diferencias?

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