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Retratos del futuro: en torno a los refugiados climáticos

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Foto de una mujer llevando a su hijo y unas bolsas de leche tras por una calle inundada de Chennai, India. ANINDITO MUKHERJEE/REUTERS

A mediados de octubre, los kobmendenses celebramos el equivalente de la Noche en Blanco madrileña (Kulturnatten). Y yo, casi irremediablemente, me decanté por acudir a una charla-debate sobre cambio climático. En concreto, sobre The Visual Politics of Climate Refugees (algo así como "la política visual de refugiados climáticos"), impartida por T.J. Demos, de la Universidad de California en Santa Cruz. Reconozco que no salí de la charla suficientemente inspirada por Demos como para comprar alguno de sus libros, pero nunca había pensado demasiado en la "política visual" de nada, menos aún del cambio climático o de los refugiados climáticos, así que en ese sentido la velada fue muy estimulante.

Lo primero que hay que aclarar es qué es un refugiado climático. La Convención de Ginebra sobre el estatuto de los refugiados no define este término, pero se entiende que son personas que se han visto obligadas a abandonar su lugar de residencia a la fuerza como consecuencia de catástrofes naturales debidas al cambio climático, sin la posibilidad de regresar en condiciones seguras. ACNUR estima que entre 2008 y 2009 unos 22,5 millones de personas se vieron desplazadas de media cada año por eventos relacionados con la climatología y el cambio climático. Hasta la fecha, la mayoría se quedan dentro de su territorio nacional, pero los científicos estiman que para 2050 la cifra de desplazados será de al menos 50 millones, con lo cual sería previsible que esta condición cambie, convirtiéndose este en un fenómeno de migraciones transnacionales (con la problemática añadida de que su condición pudiera seguir sin estar definida por la Convención de Ginebra, al menos en primera instancia).

Los mayores riesgos en este sentido son el aumento del nivel del mar (que amenazan por ejemplo a Bangladesh, Venecia, o Kiribati, país que se vio obligado en 2014 a comprar tierras en Fiji por si hubiera que evacuar a la población), y el agravamiento de las sequías, que ya causan hambrunas, especialmente en el Cuerno de África. De hecho, algunos medios se han referido a la guerra de Siria como un conflicto de origen medioambiental, ya que las tensiones sociales empezaron a gestarse durante la sequía de 2006 a 2011 (más acusada de lo que se puede explicar por variaciones naturales del clima), que arruinó cosechas, empujando a cerca de un millón de personas a buscar un nuevo medio de vida en las ciudades (lo que consecuentemente generó una crisis de suministro de agua y crisis sociales y laborales en las zonas urbanas). La ilustración de los orígenes del conflicto sirio de "Years of Living Dangerously" es precisamente uno de los ejemplos que usó Demos, hablando de la política visual de los refugiados climáticos.

¿Nos volvemos insensibles ante el horror y el drama al convertirse en cotidiana la presencia de imágenes devastadoras en los medios, como cuestionaba Susan Sontag en Ante el dolor de los demás?

Respecto al mensaje de Demos, quiero dejar claro que lo que sigue es, en el mejor de los casos, una reproducción fidedigna de su mensaje y, en el peor, mi interpretación del mismo. La política visual es, esencialmente, el uso de imágenes (fotografías, dibujos, etc.) para retratar realidades políticas, como por ejemplo, la impactante fotografía del cuerpo inerte del pequeño Aylan Kurdi aparecido en una playa tras un naufragio en el Mediterráneo. La postura de Demos, sin embargo, es que retratar a los refugiados como víctimas (tristes, resignados, traumatizados) alimenta un hambre voyerista, casi pornográfica, que podemos decir típica de la sociedad de consumo. En su opinión, sería preferible retratarles en los momentos donde toman poder de la situación, momentos de actividad, donde tratan de luchar (no necesariamente en un sentido literal) por su vida y sus derechos. Por ejemplo, imágenes de manifestaciones o activistas en acción.

Desde mi punto de vista, es posible que imágenes menos estáticas pudieran rebajar el tono de acusaciones del tipo "vienen a aprovecharse del Estado de bienestar y vivir del cuento", al comunicar una voluntad activa de revertir su situación para poder permanecer en sus lugares de origen. Sin embargo, entre el público de la charla surgió una preocupación que comparto: ¿no se asustarán muchos conservadores al ver a un grupo de personas tan empoderado? ¿No podrían ciertas imágenes dar aliento a los que piensan que la llegada de refugiados y migrantes dispara las tasas de criminalidad? ¿No es más fácil lograr un ambiente de tolerancia cuando se llega al corazón de la gente (con imágenes más sentimentales, se entiende)? De camino a casa, sin embargo, mi debate interno se centraba en una duda adicional: ¿qué tipo de imagen es mejor desde el punto de vista moral?

Sin duda, la política visual de esta crisis de refugiados que aún vivimos en Europa, fuera cual fuera, ha sido un auténtico fracaso. Seguimos sin soluciones, en una situación ya de por sí vergonzosa, pero que con el paso del tiempo se hace sencillamente inexplicable. Quizá sea porque la política visual es menos relevante de lo que los académicos del ramo quisieran reconocer (una última duda: ¿nos volvemos insensibles ante el horror y el drama al convertirse en cotidiana la presencia de imágenes devastadoras en los medios, como cuestionaba Susan Sontag en Ante el dolor de los demás?); o quizá sea porque no hemos dado con la fórmula correcta. De ser éste el caso, está claro que es necesario ampliar este debate ante los retos que se avecinan (el cambio climático entre ellos), para que los retratos del futuro no nos vuelvan a dejar sin palabras ante nuestros nietos.