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Cuando me dicen que soy 'una mujer difícil'

19/09/2017 07:20 CEST | Actualizado 19/09/2017 11:57 CEST

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Cuando eres una mujer de mi edad  — unos treinta y pocos —  debes convivir con al menos dos estereotipos: el de la mujer ideal  — o lo que la cultura en la que naciste espera de ti —  y, por supuesto, la mujer que deberías ser y no eres. Puede parecer un juego de palabras tramposo, pero en realidad se trata de una idea básica: nadie parece saber muy bien qué hacer con la mujer que no encaja en ninguna parte.

Lo pensé hace unos días, cuando un amigo me llamó "una mujer difícil". Lo hizo en un tono burlón y supongo que le sorprendió que no sonriera, sino que le mirara fijamente, no exactamente disgustada, aunque sí un poco incómoda. El término no me parece exactamente ofensivo, pero sí que describe un tipo de prejuicio lo bastante complejo  — y confuso —  como para que amerite uno que otro análisis. Cuando se lo dije, se encogió de hombros.

— No es un insulto  —me aclaró.

— No dije que lo sea.

— ¿Entonces por qué te molesta?

— No entiendo bien qué significa para ti el calificativo "difícil".

Suspiró y por su expresión deduje que mis preguntas le preocupaban. Tal vez pensaba que se había metido  — sin comerla ni beberla — en una de esas interminables diatribas sobre patriarcado, feminismo o incluso, en una de esas discusiones sobre lo que es políticamente correcto que nadie encaja muy bien. Pero en realidad no se trataba de eso. Mi pregunta era sencilla y directa: quería saber por qué le parecía que yo era una mujer difícil.

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—No lo sé, no se te complace con facilidad  — dijo por último —  contigo todo es un poco sinuoso, como si debieras cuidar qué dices o qué asumes, porque cualquier arista puede herirte o enfurecerte. Eres... complicada de entender.

No respondí. Mentalmente, me pregunté si mi amigo se refería a mi afición a la argumentación, a la discusión y el debate o algo más profundo, más enrevesado y como él mismo había dicho, difícil. Aunque en realidad, pensé con cierta sorpresa, nunca me he considerado especialmente agresiva o polémica. Pero, ¿eso me hace difícil? Lo que describe mi amigo se asemeja mucho más a un concepto más duro, indefinido que no logro precisar. ¿De qué hablamos en realidad?

— Es decir, que al parecer soy... ¿discutidora?  — pregunto. Mi amigo se encoge de hombros.

— Sí, pero no se trata de eso.

— ¿De qué se trata entonces?

— No es nada tan sencillo de explicar. Pero eres alguien que siempre tendrá algo que decir, objetar y opinar con respecto a cualquier cosa. Siempre habrá que debatir cualquier idea contigo, cualquier...

Silencio. De pronto noto que él se encuentra tan incómodo como yo, como si expresar en voz alta toda una serie de ideas le hiciera más consciente de su significado, o lo que es aún más desconcertante, esa lógica singular que parece bordear el simple prejuicio hacia algo más turbio.

— Quizás solo se deba a la costumbre  — me explica —  la mujer casi siempre es más flexible, amable y poco agresiva.

— O sea que serlo, ¿te hace difícil?

— Al menos inusual.

Ya vamos avanzando, me digo. Hay un terreno desconocido y muy árido en toda esa serie de definiciones un poco resquebrajadas sobre la mujer, lo que se asume como "real" y lo que es aún más preocupante, lo que se supone es lo femenino. No es una idea nueva: en el siglo XIX comenzó a hablarse sobre "la cuestión de la mujer". En otras palabras, la mujer  — como identidad y personalidad —  comenzó a ser entendida como "problema social". Hasta entonces, lo femenino se reducía a una interpretación borrosa de una especie de criatura desordenada y sin voluntad sometida al varón. Eso a pesar de los avances logrados durante la Revolución Francesa con los "Clubes de Mujeres", que no eran otras cosas que lugares de reunión exclusivamente para damas, donde se debatía con la misma ferocidad del hombre sobre política y cultura.

Nadie parece saber muy bien qué hacer con la mujer que no encaja en ninguna parte.

No obstante con la muerte de uno de los auspiciadores, el admirable filósofo Condorcet, esos pequeños avances con respecto a la identidad femenina se difuminaron de nuevo en la historia natural y general. Otra vez la mujer  — o su existencia, mejor dicho —  se supeditó a la razón masculina y lo que resultó más doloroso, la visión elemental de su papel secundario dentro de la crónica de los siglos y las décadas.

Pero con el resurgimiento de ciertos temas sobre la igualdad tocados durante el siglo XIX, la "cuestión de la mujer" demostró que la identidad femenina necesitaba ser reformulada. Tal vez se debió a que la Revolución Industrial destruyó la vida familiar tradicional, sacando a la mujer de las cocinas y cuartos de costuras y permitiéndole prosperar como individualidad. O al hecho simple de que la pobreza orilló a la cultura a una reconstrucción pragmática. De esa visión renacida sobre la mujer surgió, quizás, la mujer "difícil".

Se trata de una visión sobre la mujer que está en todas partes y que heredamos de esas grandes discusiones. Que se hace real cuando miras a tu alrededor y descubres que lo femenino se ha transformado en muchas cosas: en la mujer poderosa, la emprendedora, la sorprendente, la intelectual. Una visión de quiénes somos, como parte de todas las ideas sociales que se entrecruzan y se combinan para dar sentido a algo mucho más vital, sentido y real.

Quizás la palabra sea solo "mujer". Bastante sencillo, ¿verdad?

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Este artículo fue publicado originalmente en el HuffPost México.