La cuenta atrás para la noche de los cristales rotos

La cuenta atrás para la noche de los cristales rotos

El clásico guión del manual fascista siempre ha sido: primero abusar y demonizar a la comunidad minoritaria, luego aislarla, luego evocar la violencia y por último fomentarla y celebrarla. Puede que no hayamos llegado a esta última fase (afortunadamente), pero ya estamos en la segunda y quizá estemos pasando a la tercera.

Getty

Era una noche fría de noviembre de 1938. Unos tipos duros con mucho odio en el corazón y varios bates en las manos se dispusieron a destrozar locales pertenecientes a judíos. Al final de la noche, había 267 sinagogas destruidas, 7.500 escaparates rotos y varios cementerios judíos profanados. Al menos 91 judíos fueron asesinados en ese caos. Hasta 30.000 fueron enviados a campos de concentración. Los cristales de las ventanas destrozadas que quedaron en las calles pusieron nombre a esa noche infame, que pasó a la historia como "la noche de los cristales rotos".

La noche de los cristales rotos fue un punto de inflexión en la vía hacia los campos de concentración y el Holocausto, donde 6 millones de judíos fueron asesinados, dando lugar a lo que se conoce como uno de los episodios más crueles y sangrientos de la historia.

Hoy en día, parece que nos acercamos de nuevo a ese mismo camino, pero esta vez con los musulmanes en lugar de con los judíos.

Los nazis justificaron la noche de los cristales rotos como respuesta al asesinato de un diplomático alemán en París a manos de un joven judío. Del mismo modo, muchos estadounidenses parecen justificar gran parte del actual grado de islamofobia por los terribles y trágicos asesinatos llevados a cabo por musulmanes en San Bernardino y París. De los asesinatos de San Bernardino se destacó en particular que fueron cometidos supuestamente por un ciudadano nacido en Estados Unidos y su mujer. Consistía, por tanto, en una doble traición: a su propia fe islámica, una religión de paz, y a su país, que los había acogido y les había brindado el sueño americano.

Trump ha dado los primeros pasos, pequeños aunque peligrosos, hacia unas fuerzas descontroladas que pueden desencadenar violencia a gran escala contra la comunidad musulmana.

El clásico guión del manual fascista siempre ha sido: primero abusar y demonizar a la comunidad minoritaria, luego aislarla, luego evocar la violencia y por último fomentarla y celebrarla. Puede que no hayamos llegado a esta última fase (afortunadamente), pero ya estamos en la segunda y quizá estemos pasando a la tercera. A continuación explicamos por qué.

Donald Trump, el precandidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, se ha centrado en proyectar una imagen extremadamente negativa de los musulmanes; cada intervención suya es más extrema que la anterior. Cuando un hombre en uno de sus discursos dijo: "Tenemos un problema en este país. Se llama musulmanes... ¿Cuándo podremos deshacernos de ellos?"; Trump simplemente replicó: "Estaremos pendientes de esto y de muchas otras cosas". El mes pasado, Trump afirmó estar dispuesto a crear una base de datos con los musulmanes estadounidenses o a obligarlos a llevar unos carnets de identidad específicos donde se mencionara su religión. Habló de cerrar las mezquitas en Estados Unidos porque estaban pasando "cosas malas". También aseguró: "Tendremos que hacer cosas que nunca hemos hecho", cosas "que nunca pensamos que ocurrirían en este país en cuestión de información y estudio del enemigo". Hace sólo unos pocos días, de repente dijo que prohibiría a todos los musulmanes la entrada a los Estados Unidos -una afirmación que causó escándalo tanto en el país como en el extranjero, provocando incluso la intervención del primer ministro británico, que no suele comentar las elecciones de Estados Unidos y en este caso se mostró contrario a Trump.

Trump estaba ejemplificando y enalteciendo la ya existente islamofobia en los Estados Unidos, que ya había sido alimentada por personajes islamófobos como el político y comentarista Frank Gaffney. De hecho, Trump utilizó la dudosa investigación de Gaffney para justificar su política de bloquear la entrada de todo musulmán a Estados Unidos. El estudio que Trump citó fue publicado por el Center for Security Policy -el think tank de Gaffney-, "uno de los grupos islamófobos más importantes de Estados Unidos" según el Southern Poverty Law Center (SPLC), una organización no gubernamental de defensa de los derechos civiles conocida por sus victorias legales contra grupos supremacistas blancos. El SPLC también señala que los informes del Center for Security Policy sirven para "reforzar los engaños de Gaffney" sobre la toma de Estados Unidos por parte de los musulmanes.

Los resultados de la tan extendida islamofobia son trágicos y aparecen en las noticias a diario. La lista es larga y sólo presentaré algunos ejemplos de las últimas semanas: varios musulmanes han sido físicamente atacados con una frecuencia aterradora, incluso en escuelas y universidades. Un pasajero preguntó a un taxista marroquí si era "un tío de Paquistán" y luego le disparó. Ha habido ataques y fuegos en mezquitas, así como en hogares musulmanes. Numerosas familias han recibido llamadas en las que les prometían que los musulmanes, incluidos los niños y las personas mayores, "serán asesinados". En un centro islámico también aparecieron "milicias" armadas y enmascaradas. Se han lanzado cabezas de cerdos dentro de mezquitas desafiando el rito musulmán que prohíbe comer ese animal. Una preocupante cantidad de mujeres y niños vive con miedo y no quiere salir de casa. Hace poco, un hombre entró a una tienda de Nueva York y golpeó salvajemente al propietario musulmán -al que tuvieron que hospitalizar- al grito de: "Quiero matar a los musulmanes".

Ante esta violencia, el director del Consejo de relaciones islamicoamericanas de Florida comentó preocupado: "La comunidad está buscando en nosotros protección, seguridad y guía. Estos días no podemos dormir". Luego llegó a realizar una comparación directa entre Trump y Hitler, añadiendo que no lo decía "a la ligera".

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Sarkar Haq, que fue golpeado en un presunto delito de odio, en una foto tomada durante una entrevista en su tienda de Nueva York. JEWEL SAMAD/AFP/Getty Images.

La Administración de Obama resulta ineficaz a la hora de controlar la islamofobia y la oposición, ahora encabezada por Trump, está echando leña al fuego. Trump ha puesto tanto combustible que lo único que necesita es una cerilla para hacer saltar por los aires el barril de pólvora.

Aunque no estoy sugiriendo que Trump sea otro Hitler ni que tenga sensibilidades hitlerianas, existen algunas semejanzas interesantes entre los dos. Según su exmujer, Trump está fascinado con Hitler y supuestamente tiene al lado de su cama un libro de sus discursos. Tanto Trump como Hitler son maestros del oportunismo que responden con velocidad y astucia a su entorno político y social. Los dos se identifican de forma apasionada con la nación y tienden a confundir su personalidad con la del país. Ambos son personajes carismáticos que parecen dejar admirados a sus seguidores. El poder de ambos radica en sus discursos públicos y en la histeria generada en sus reuniones. Los dos responden con vaguedad cuando les piden datos y promesas para hacer que la nación "vuelva a ser grande". Los dos surgieron en un momento de crisis económica, incertidumbre política y miedo generalizado en la sociedad. Ambos insisten en que la nación ha sido humillada y en que restaurarán su honor. Ninguno de los dos venía del mundo de la política y de los dos se hacen burlas (especialmente sobre el pelo de ambos y sobre el bigote de Hitler).

Tanto Hitler como Trump se dieron cuenta de que manteniendo el foco de hostilidad sobre una minoría impopular como fuente de todos los males de la sociedad, podían reunir a las masas y alardear de liderazgo cuando la gente buscara desesperadamente un "líder fuerte". Ambos han sido capaces de explotar con cinismo la aversión hacia las minorías y de dirigirla en base a lo que ellos creen que quiere oír su público. Ambos han culpado a la minoría de amenazar el equilibrio de la sociedad: Hitler culpó a los judíos de traicionar a Alemania tras la Primera Guerra Mundial y a menudo citaba los ficticios y antisemitas Protocolos de los sabios de Sión, y Trump culpa a los musulmanes de simpatizar con los terroristas que quieren dañar al país. Ambos urden mentiras para promover su chovinismo: Hitler inventaba constantemente datos sobre los judíos y a Trump se le ha puesto en entredicho por afirmar cosas como que vio a miles de musulmanes celebrar el 11-S en Nueva Jersey.

Pero a pesar de sus muchas semejanzas, también hay diferencias entre ellos: mientras que Hitler estaba obsesionado con los judíos -Mein Kamp está repleto de antisemitismo y así lo demostró con su último deseo en el búnker antes de pegarse un tiro-, Trump ha mantenido buena relación con musulmanes y a menudo hace negocios con ellos (el año pasado estuvo en Dubai promocionando sus nuevas inversiones y alabando a los líderes locales).

Parece que Trump no entiende el peligro que tiene la retórica que está utilizando. Aunque quede muy lejos de la noche de los cristales rotos, cabe destacar lo que llevó a Alemania por ese camino aquella fatídica noche. Si Trump se convierte en presidente -para ello se necesitan dos condiciones: que sea candidato por su partido y que gane las elecciones-, el tema de este artículo dejará de ser hipotético. Trump ya ha dado los primeros pasos, pequeños aunque peligrosos, hacia unas fuerzas descontroladas que pueden desencadenar violencia a gran escala contra la comunidad musulmana.

La visión pluralista estadounidense debe defenderse tanto de ISIS en el exterior como de los Trumps en el interior y, en esta batalla, de la forma más profunda posible, los musulmanes tienen que ser aliados clave.

Por suerte, muchos estadounidenses han respondido a Trump siguiendo el verdadero espíritu de su identidad plural. Los candidatos demócratas a la presidencia Hillary Clinton y Bernie Sanders le han criticado de forma clara. Lo que es más, otros candidatos republicanos que han hecho comentarios islamófobos se han sentido, sin embargo, en la necesidad de condenar a Trump -Jeb Bush calificó de "desquiciada" su propuesta de bloqueo a los musulmanes y Lindsey Graham mandó a Trump "al infierno".

Los Estados Unidos de 2015 no es la Alemania de 1938. Es importante recordar que se trata de dos sociedades muy diferentes en puntos muy diferentes de su historia. Estados Unidos tiene una fuerte identidad plural que procede de la visión de los Padres Fundadores y que está reproducida en la Declaración de Independencia y la Constitución de Estados Unidos. Esta idea de América es la que impedirá que hombres como Trump siembren su mensaje de odio -que pone en peligro la pluralidad que reside en el corazón de la identidad americana- y que este dé sus frutos. La visión pluralista estadounidense debe defenderse tanto de ISIS en el exterior como de los Trumps en el interior y, en esta batalla, de la forma más profunda posible, los musulmanes tienen que ser aliados clave.

Como podría confirmar cualquier científico social, en la sociedad existe el principio de causa y efecto. Significa que si se hace algo, ese algo dará lugar a algo más. En nuestro caso, la demonización y la persecución de los judíos en Alemania llevó a la tragedia del Holocausto. Por eso necesitamos entender las consecuencias de demonizar y perseguir a la comunidad musulmana en la actualidad. Hay un par de lecciones por aprender de la noche de los cristales rotos.

Akbar Ahmed es titular de la cátedra Ibn Jaldún de Estudios Islámicos en la American University de Washington y acaba de presentar el documental 'Journey into Europe' [Viaje a Europa], que acompaña al libro del mismo título (Brookings Institution Press). También es autor de un proyecto a mayor escala sobre el Islam que engloba una película y un libro titulados 'Journey into America' [Viaje a América].

Este post fue publicado originalmente en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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