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Insumisos de la posverdad

14/03/2017 11:53 CET | Actualizado 19/03/2017 09:46 CET
Getty Images

"La vida contemporánea es tan insustancial que puedo atravesarla con un dedo"

Cero K, Don Delillo

La reciente inclusión en el diccionario de Oxford de la expresión post truth (posverdad) y los argumentos con los que la declaró palabra del año ("Word of the Year") en 2016 ha acelerado, aún más, el debate en torno a sus consecuencias. "El concepto de posverdad existe desde la última década pero –argumenta Oxford Dictionaries- ha alcanzado un pico de frecuencia de uso este año con motivo del referéndum sobre el Brexit en Reino Unido y de las últimas elecciones en Estados Unidos". La posverdad, como adjetivo, describe aquellas informaciones (comentarios, noticias y afirmaciones) en las que los hechos objetivos pesan menos en la formación de la opinión pública que las creencias/intereses de quien las emite. Sin duda, en este momento, la posverdad, un concepto iluminado en la Grecia clásica por las habilidades oratorias de los sofistas, tiene en las nuevas plataformas de comunicación social (la sociedad digital) el mayor altavoz que nunca antes había alcanzado.

La posverdad cuenta con tantos seguidores, con tanta audiencia, como capacidad de llegada tienen sus creadores en el ecosistema digital (Facebook, Twitter, Instagram,...) Trasímaco, uno de los sofistas más convincentes a los que se enfrentó Sócrates, defendía, a falta de otras referencias, la ley del más fuerte. La justicia era para él, a falta de otras referencias, el interés del más fuerte.

Los sujetos de la posverdad son todos los que actualmente tienen al alcance de su mano contar lo que quieren contar para, sin límites persuasivos, alinear a la gente con sus propósitos. La posverdad es impulsada, con la ayuda de todos los aparatos y sofisticaciones que hay en la industria del periodismo y de la comunicación, por grupos de interés y eso, en los tiempos actuales, lo puede ser cualquiera: los gobiernos, un candidato presidencial, las empresas, las organizaciones sociales, los estados, las ONG, los partidos políticos,... Todos los actores que con su capacidad de llegada a la sociedad tienen capacidad para construir historias y relatarlas. Darles emoción y, desde luego, apariencia de convicción.

Pero evidentemente la posverdad no nace en esta época (digital). Simplemente, se ha instalado, se ha aceptado como una regla del juego de la comunicación pública y, en lugar de condenar su uso, de rechazar que la difamación y la opinión ocupen por sí mismas el papel de la verdad, lo hemos incorporado al diccionario social multilingüe de nuestro tiempo. Como si le hubiéramos dado un pasaporte a la mentira para que viaje sin fronteras, transversalmente, de una lengua a otra. De una cultura a otra. Sin fatiga y sin vergüenza. Quizá podríamos haberle llamado la verdad inversa o la verdad fingida (fake truth). Pero estamos aceptando, con leves excepciones, que detrás del interés que trata de emocionalizar lo que se dice hay legitimidad suficiente para construir relatos, diga lo que se diga, en torno a la política, al mundo de la empresa, a la diplomacia, a la guerra, a la cooperación internacional,...

La verdad puede ser negada, por imposible o irreal. Pero convertirla en conveniencia es tanto como darle la palabra a los que más gritan, a los que mejor hablan, a los que ... por ser más fuertes, más ricos o más habilidosos tienen mayor capacidad de llegada e influencia social. El viejo Trasímaco, como Donald Trump, Vladimir Putin o Boris Johnson, consideraba que la verdad depende del sujeto que la experimente y, en consecuencia, que la cuente. De su interés. La posverdad fue predicha por Nietzsche.

La resistencia ciudadana a la posverdad consiste en exigir transparencia y claridad a quien cuenta lo que cuenta y en denunciar lo que haya de mentira y manipulación.

Su aceptación, no semántica, sino desde un punto de vista democrático, ciudadano, ético, supondría consentir que la comunicación es para siempre del más fuerte. El talento con financiación tiene siempre más alcance que la financiación sin talento. Es fácil marcar los límites de la verdad sobre la posverdad. Los hechos ciertos y contrastados frente a las afirmaciones interesadas y retorcidas para moldear la actitud de la gente. Ante tantas fuentes como ciudadanos alfabetizados lingüística y tecnológicamente hablando, la repetición y la cualificación aparente de la posverdad hará creíble lo que se diga (digan los hechos lo que digan).

Hay mucho de posverdad en lo que ha conducido a los medios a reducirse. En muchas ocasiones, han recurrido a la posverdad para sostener la legitimidad de sus intereses, de sus cuentas de resultados, de sus cotizaciones bursátiles, de su endeudamiento,... Quizá la prensa no ha puesto demasiado interés y esfuerzo en evitar que la posverdad de los emisores se colara en sus espacios editoriales y en sus ondas. Ninguna emoción, interés o convicción debería anteponerse a los hechos contrastados. A las pruebas. En esta época, los medios son también cómplices de la posverdad. De las consecuencias que trae consigo que le sigamos dando cabida en nuestros diccionarios ciudadanos como si fuera otra forma de verdad... El New York Times y Washington Post mantienen actualmente un pulso ciego con la posverdad de la Administración Trump. Como bien le advirtió en un editorial el diario neoyorquino "el problema es que lo que funciona en el camino hacia la Casa Blanca no siempre funciona cuando un candidato llega allí".

El periodismo tiene en este momento una gran oportunidad de reconciliarse con la ciudadanía si en lugar de condenar al resto de medios y soportes que son utilizados para difundir la posverdad reflexionara en torno a su papel crítico y explicitara sus verdaderas convicciones e intereses. La posverdad convierte lo utilitario en totalitario. Achica la pluralidad y la limita.

The Economist advertía recientemente en un artículo titulado "Yes, I'd lie to you": "la deshonestidad en política no es nada Nuevo; pero la manera en la que algunos políticos mienten ahora, y el caos que siembran, es verdaderamente preocupante". Lo que les exigimos a los políticos como representantes del interés general no debería ser distinto a lo que demandamos del resto de los agentes sociales que participan en el debate público: las empresas, los grupos de interés, las sociedades,... La aceptación de la posverdad amenaza el derecho a conocer lo que hay detrás de quien habla y trata de persuadirnos con su relato de la realidad.

La resistencia ciudadana a la posverdad consiste en exigir transparencia y claridad a quien cuenta lo que cuenta y en denunciar lo que haya de mentira y manipulación en sus argumentaciones y en sus campañas. Lo que hay en la posverdad es lo que en su obra El payaso de las bofetadas decía León Felipe: "Retórica sólo, hecha para adornar el sermón melifluo y dominical de los predicadores elegantes". Sólo que en esta ocasión, como advirtió Hannah Arendt hace más de cincuenta años, la fuerza nos puede llevar al totalitarismo.

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