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El votante sin patria

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Foto: EFE

En el fragor de la campaña electoral ha surgido un argumento típicamente idealista que, tal y como es de esperar por el contexto al que pertenece, nace conscientemente distorsionado (o, en el peor de los casos, malentendido inconscientemente) por parte de sus creadores, los partidos políticos: la construcción y la defensa de la patria (la cual es definida en valores y alcance por la visión subjetiva y egotista de cada uno).

Solo escuchar el sonido y recibir la reverberación de todos los significados y usos que ha tenido "la patria" en su larga trayectoria histórica nos empuja a ser algo más que testigos de nuestro tiempo, más bien nos coloca ante el deber de reconocer como falacia el argumento de quienes tratan de convencernos de que ante nuestra realidad social y ante las segundas elecciones del próximo 26 de junio en España, surge como espectáculo inédito el alzamiento de una nación sustancialmente joven que será capitaneada por inexpertos políticos, aunque tiernamente intrépidos. Sin embargo, no queda claro en sus explicaciones, por ninguno de ellos, cuál es el destino o la meta prescrita, ni las consecuencias esperables de alcanzar ese lugar inexacto todavía para fijarlo en un mapa racional. Todo más bien queda reducido al relinchar extenuante que surge al toparse con la adversidad, lo que merece una reflexión porque de lo adverso el fruto es casi siempre extraño.

Entonces, ¿existe en verdad una "patria"? ¿Es esta en sí la representación de un alto ideal que roza el espacio de lo utópico o, por el contrario, es un ideal práctico, bajo y alcanzable hasta por el discurso más mediocre? En suma, ¿es toda la algarabía que rodea su resucitación un engaño vulgar y recurrente para forzar a que nos dejemos llevar por el resentimiento hacia los otros?

Se ha convertido en una convención cultural admitir una equivalencia semántica a la hora de transmitir que Nación=Estado=Patria. Pero solamente es una convención o regla para que sea posteriormente trasgredida por cada parte interesada en sacar una ventaja, entrando en el pasaje del sesgo ideológico para apropiarse de sus fronteras, aislarlas y jugar sentimentalmente con el núcleo de sus significados. Es lo que se denomina en comunicación política la construcción y transmisión de un relato, una historia que sea más épica que dramática, más de mensajes y consignas sacralizadas que de un análisis crítico etnológico o psicológico, siempre con el fin de imantar las identidades sociales dentro de los intereses de una clase o de un grupo (movilizando a los adeptos frente a un adversario difuso pero a la vez extendido por todas partes para que pueda ser reconocido con facilidad, aunque sea arquetípicamente).

Así, tanto los partidos que defienden los intereses de las clases moderadas, generalmente con más recursos materiales y ocupando las posiciones con mayor influencia, poder o estatus, como los partidos que defienden la mejora en la condiciones de las clases humildes, con menos recursos y generalmente marginadas en espacios de poca influencia o sin repercusión, construyen sus respectivos evangelios de fe para retratar el modelo de realidad que desean prometer (unos para poder conservarlo y otros para transformarlo).

A partir de estas mentalidades se ordena el sentido de patria: la tierra donde se nace, primero, y, después, el Estado social al que cada uno queda ligado por vínculos jurídicos e históricos. Por último, caminando con ligereza, casi de lado, se distingue de los otros el atractivo vínculo afectivo, una simpatía insólita que escapa a la lógica racional y que solamente puede explicarse por el sentimiento extático de sentir gratitud por hechos heroicos, por la percepción de que hay presente una actitud artística o moral que es propiciada directamente por ese lugar, al que pertenecemos casualmente, para el goce de nuestra propia existencia. Un lugar vivido por personas que se conceden entre sí el mismo origen y destino, enmarcándolos dentro de la idea de orgullo que no es otra cosa que la forma de aceptar la vida y también de aceptar la muerte.

El votante que no es presa fácil de la codicia, ni de la tacañería ni tampoco de la venganza, sino que se encuentra en una incertidumbre indefinible, se ve abocado a deliberar si lo indicado es hacerse amigo a la fuerza de sus peores enemigos o de pasar a ser adversario casual de quien no debería serlo.

La España del patetismo quietista de Mariano Rajoy, el patriotismo hortera de Albert Rivera, la patria popular y desvencijada de Pablo Iglesias, el orgullo histórico de una patria dimanada de un partido que reivindica Pedro Sánchez.... Cada uno, al explicar lo que nos tienen preparado para dirigir la aventura colectiva del porvenir, a mi modo de ver, coinciden implícitamente en aquella desgarradora premisa que documentó Tucídides en el discurso del esforzado político siracusano Hermócrates tratando de convencer a unos descohesionados compatriotas de lo urgente de unirse para alcanzar la paz con Atenas (dentro de los desarrollos de la guerra del Peloponeso) si querían seguir siendo ciudades libres: la naturaleza humana, reducida en su contexto social a lo puramente práctico, se mueve por un imperativo que precede a todos los demás, el de "dominar siempre sobre el débil y defenderse de quien ataca".

Fue tan listo en su análisis aquel siciliano del siglo V a. C. que dejó bien aclarado ante todo su pueblo cuál era la motivación para el expansionismo ateniense. No radicaba en una cuestión de hostilidades étnicas o románticas, pues no era el odio ni tampoco el cumplimiento de supersticiosas profecías lo que impulsaba a que su imponente flota atravesara el Mediterráneo, sino que tan solo estaban atraídos por las riquezas de Sicilia, por robar las propiedades comunes que sus habitantes habían cultivado con tanto esfuerzo. Y el asombro de sus víctimas se amplificaba aún más por el hecho de que la ciudad de Atenas ya era bien conocida tanto por su prosperidad sin parangón como por una sugerente democracia. Aquella motivación, acumular sin límites para no morir, es tan evidente para cualquiera de nuestros contemporáneos como la pureza y transparencia del agua.

No obstante, aunque a primera vista pueda parecernos muy lejos la coyuntura de aquel momento de la Antigüedad en relación con nuestro presente, lo cierto es que la opinión pública y sociedad españolas, al ser observadas, aparecen tan divididas por luchas intestinas como lo estaba la isla italiana en aquellos oscuros días, donde ciudades y pueblos, políticos y gentes de todos los estatus, eran incapaces de reconciliarse, de ponerse de acuerdo sobre lo que era mejor para el interés y la supervivencia de todos, apostando con sorprendente tozudez por el enfrentamiento sanguinario si era preciso y al precio que fuera. ¡Cuánto miedo, cuántas dudas!

El votante que no es presa fácil de la codicia, ni de la tacañería ni tampoco de la venganza, sino que se encuentra en una incertidumbre indefinible, se ve abocado a deliberar si lo indicado es hacerse amigo a la fuerza de sus peores enemigos o de pasar a ser adversario casual de quien no debería serlo. El votante que no encuentra su patria en ninguna de las descripciones con las que los líderes políticos de esta época se deleitan (adalides sin escrúpulos para traicionarse si la situación lo exigiera, volubles hasta la insensatez hasta que al fin creen acertar con sus propuestas y mensajes aplicando como máxima aquella de que "lo correcto será únicamente aquello que me hace ganar más o ser más fuerte") se encuentra extremadamente agobiado porque es consciente de que la ruina del país en el que vive no está lejos, y como cualquier ciudadano comprometido aspira a disfrutar del máximo esplendor que una sociedad como la española sería capaz de construir para sí.

Me imagino idealmente a este tipo de votante en la misma disyuntiva que practicó Ludwig Feuerbach en su célebre obra La esencia del cristianismo. Un ateo como él no tuvo remilgos para presentar en su tesis que el contenido y el objeto de la religión se encuentran sublimados como características de lo que es netamente humano, prescribiendo que la teología ha de ser sustituida por la etnología y la antropología, retratando como entidades equivalentes "el ser divino" y "el mismo hombre". Pese a todo ello, tal como advirtió la escritora Marilynne Robinson, al diseccionar las contradicciones que el protestantismo virtuoso siembra en lo más profundo de la personalidad, Feuerbach quedó fascinado por el milagro de la belleza que encierra el lenguaje religioso. Ciertamente, el gozo que encuentra el hombre al unir la naturaleza con una inteligencia inalcanzable es lo que le permite aproximarse a sentir compasión por el mundo, lo que estaría negando la inequívoca naturaleza humana demostrada por Tucídides, identificándose el "milagro" como aquello que hace inteligible la presencia de una realidad ("suprema" para unos, "ética" para otros) que da sentido a la totalización.

La perturbación para el votante sin patria es descubrir que la pura inocencia ha quedado sepultada, y que cualquier interpretación simple y literal de lo que debe ser una política que desea estar orientada hacia el igualitarismo no es creída por nadie.

En este contexto, el milagro de la democracia, en su partícula más humilde y sencilla pero con más peso específico, consiste en creer que los partidos políticos, y en especial que las personas que los lideran y en las que confiamos el orden del Estado social, son capaces de hacer sobrevivir la fe o, dicho de otro modo, son los milagros que pueden prometernos los que permiten que continuemos conformándonos con un sistema (o una patria) que, a pesar de que ha dejado de proponernos un camino hacia la salvación o hacia la utopía, ofrece el único edificio en el que todavía es reconocible que la naturaleza humana debe luchar por unas cualidades inmaculadas de justicia y libertad.

El votante sin patria no tendrá dilemas morales para movilizarse y defender este edificio con olor a quemado y cuyo suelo cede cuando uno camina por su pasillo central al encuentro de su altar. Por lo tanto, no es neutral, al contrario, pues expresa bien a las claras su rotundo "no" como una afirmación constructiva que se niega a consentir como males necesarios la mentira cruel, el engaño más íntimo, el abuso del débil y la persistencia de la ignorancia. La perturbación seria para este votante es descubrir que la pura inocencia ha quedado sepultada, y que cualquier interpretación simple y literal de lo que debe ser una política que desea estar orientada hacia el igualitarismo no es creída por nadie. Algunos soplan con entusiasmo vengativo los vientos del colapso de la socialdemocracia. Otros muchos se escandalizan, alarmados por el rumbo que tomarán los acontecimientos. Todos ellos olvidan que renegaron por igual del mandamiento principal e impaciente que consiste en "dar al que lo necesita", sobre todas las cosas.

Regresando a Siracusa, Hermócrates persuadió a su pueblo y se firmó la paz con los atenienses. Paradójicamente, los líderes de Atenas que aceptaron el acuerdo fueron luego desterrados por sus conciudadanos, acusados con o sin razón de aceptar los sobornos sicilianos para evitar la guerra. Pericles, uno de los estrategos de aquella "moderna" democracia griega, discernió sin fisuras ideológicas que el sentido de la patria para el ateniense de su época había quedado trasformado en lo que hoy entendemos con la sentencia "hacer dinero para ganar dinero", atribulado por una fe sin límites para superar las adversidades y subestimar las consecuencias de sus actos. Desde este punto de vista, se entiende que la defensa de la comunidad se presente, aun hoy en día, como un objetivo compatible con la protección a los intereses más ambiciosos.

Si usted elige que no tiene patria en las elecciones del próximo 26 de junio, no debería dejar de creer en que el milagro humano es un esfuerzo perpetuo por atribuir poderes extraordinarios que exceden a los atributos y efectos que poseen las cosas en su misma esencia natural.

El rostro humano es hermoso y enigmático, así como el rostro de la democracia, compuesto por todas esas personas hinchadas que se exponen ante nosotros, también arrastra la misma forma de trascendencia. Mas por fiero que sea en mis juicios hacia nuestros líderes políticos, y no es para menos, he aprendido que solo al examinarlos con compasión podré llegar al lugar en el que deseo vivir y al que me gustaría pertenecer (encontrando ese solitario camino de vuelta al huerto de los primeros hombres que evocaba el profeta Ezequiel). Detrás de cada líder existe un rostro colectivo cortado por los profundos surcos de las contradicciones y si no es así aparece uno en el que enseguida se delata la inminente irrupción de un sinfín de arrugas desfiguradoras.

¿Podríamos hacer el ejercicio de imaginarlos viejos a los nuevos políticos? Quizás deberíamos plantearnos usar la papeleta que introduciremos en la urna no como un arma para premiar o castigar fortalezas y flaquezas respectivamente, sino como un mensaje de esperanza y un paso adelante en nuestro aprendizaje más íntimo. Tomarlo como una prueba del coraje de quienes confían en que la bondad abunda tanto para sí como para el prójimo. Es en la praxis de esta premisa donde se inicia el reencuentro con la patria soñada (chica o inconmensurable).